martes, 12 de diciembre de 2017

MEDALLA FRANCESA PARA ANTONIO MORAL


De rebote me llega la noticia de que Antonio Moral (Puebla de Almenara, 1956) recibió hace unos días en Madrid, de manos del embajador de Francia en España, Yves Saint-Geours, la medalla de Officier des Arts et des Lettres francesa. Con esta distinción, el ministerio de Cultura y Comunicación del país galo reconoce y destaca la continuada labor de difusión de la música francesa que Antonio Moral ha venido realizando a lo largo de sus tres décadas de carrera como gestor cultural en diferentes instituciones, tanto públicas como privadas.
En la actualidad, el especialista musical conquense es director del Centro Nacional de Difusión Musical, que gestiona el Auditorio Nacional, tras haber sido director artístico del Teatro Real, al que llegó tras haber dejado la Semana de Música Religiosa de Cuenca en la que, sin duda alguna, fue la etapa más brillante de la ya veterana cita musical conquense. Y ello sin mencionar otras etapas anteriores, como su gestión cultural en la Fundación Caja Madrid o la fundación y desarrollo, casi espectacular, de la revista Scherzo.

Más allá de la escueta y casi protocolaria mención de este reconocimiento oficial que el gobierno francés le concede, quienes hemos tenido el irrepetible regalo de trabajar junto a él, valoramos en Antonio Moral su profundo conocimiento del medio musical al que se viene dedicando desde la juventud, su incorregible entusiasmo incluso en situaciones críticas y ello sin disminuir un ápice un sabio regusto irónico a través de la crítica inteligente, la seriedad de un trabajo metódico, riguroso y su escogida habilidad para no participar innecesariamente en la consabida ceremonia de las vanidades fútiles que son marca de la cultura española al uso.

lunes, 27 de noviembre de 2017

LA PIEL DE LA TIERRA, SEGÚN GUSTAVO TORNER



Casi del fondo de las sombras, o de los recuerdos más asentados en el olvido, Gustavo Torner (Cuenca, 1925) recupera ahora una colección de fotografías realizadas más de medio siglo atrás, cuando para él salir a la calle, a la naturaleza, llevando en las manos una cámara fotográfica, formaba parte de su misma esencia personal. Podría decirse, y algunos sin duda lo pensarán, que esa figura de un Torner fotógrafo era algo inimaginable. No lo pensamos así quienes, en su propio estudio, hemos podido ver la impresionante colección de cajas en las que cuidadosamente archivados y ordenados, reposan fotografías y diapositivas. Y tampoco lo podemos pensar quienes sabemos que hubo una época, cuando se preparaban documentos vinculads a planificaciones del casco antiguo de Cuenca que él mismo, en solitario, con su cámara, fotografió uno detrás de otro absolutamente todos los inmuebles del espacio arquitectónico al que llamados así, casco antiguo o casco histórico de esta ciudad.
Para su comparencia, insólita quizá, inesperada también, en esta singular exposición que ahora (y hasta el próximo 28 de enero) puede verse en la recuperada Casa Zavala, el propio artista ha elegido una serie de imágenes dedicada a la tierra, a la naturaleza. Con ojos de artista, más aún, con la mirada de un artista que entonces se encontraba en los albores del descubrimiento del arte abstracto, Torner se acerca a los elementos de la naturaleza, las rocas, los árboles, la atmósfera misma que los rodea y usando no solo los mecanismos sofisticados de unos objetivos de extrema sensibilidad sino sobre todo su mirada inquisitiva, que va más allá de la epidermis de los objetos, penetra en la esencia misma para descubrir lo que seguramente no podría captar el ojo apresurado de un espectador cualquiera.
Uno se puede imaginar al artista situado ante estos elementos, la cámara en las manos, la mirada tensa, el ojo atento para delimitar el contorno de la figura deseada, con un objetivo 6x6 o 9x9, con el que captar en blanco y negro, un fragmento mínimo del objeto enfocado, unos centímetros de roca, del tronco de un árbol (sorprendente y expresivo ese Álamo con inscripciones) , seres presuntamente inanimados, pero que en la visión de Gustavo Torner se transforman en elementos dotados de una mágica expresividad, con carácter propio.
Se entiende perfectamente que el inicialmente artista figurativo, al hilo de estas visiones cosmogónicas, diera el paso hacia la abstracción, que está ya latente en esas fotografía, sabiamente tituladas La piel de la tierra que, entre otras muchas cosas, sirven para poner de relieve la maravillosa vitalidad de este creador singular.



domingo, 26 de noviembre de 2017

LA BIBLIOTECA DEL PARQUE DE SAN JULIÁN



       Hay una publicación sencilla, sin las alharacas de diseño que ahora están tan de moda y que, en muchos casos, se imponen a los contenidos, en curiosa aplicación del viejo dicho de que los árboles no dejan ver el bosque. Se llama Entre líneas y la publica la Biblioteca Municipal de Cuenca. Ahí, en esas páginas, entre noticias bibliográficas, novedades, comentarios de libros y de autores, dicho todo con funcionalidad amable y atractiva, se deslizan de vez en cuando algunos artículos de interés, como este, que lleva la firma de Olga Muñoz y nos trae al presente el recuerdo de la Biblioteca que existió en el parque de San Julián, en el interior del quiosco de la música y que, como se dice en el inicio del artículo, aún recuerdan con cariño las personas mayores que la conocieron
       Esta biblioteca popular fue organizada por el profesor de la Escuela Normal y concejal del Ayuntamiento don José Niño, quien se planteó preparar una propuesta alejada de la aridez para que en ella primara el carácter ameno, ligero e instructivo que tienen en todas partes estas especiales bibliotecas de jardines públicos. Con esta idea, el señor Niño suscribió al Ayuntamiento a la “Biblioteca Popular Cervantes”. También  había comprado al librero de la ciudad, Vicente Escobar varias obras entre las que se encontraban novelas de Clarín y Blasco Ibáñez, poesía de Rubén Darío o la obra de Fermín Caballero “Conquenses Ilustres”. El presupuesto ascendió a 500 pts., y recibió el visto bueno del órgano municipal.
      Con paciencia y mucha voluntad, recurriendo a donaciones de diversas fuentes, consiguió inaugurar la biblioteca en este pequeño local situado en el centro del jardín, con un millar de libros, el 15 de junio de 1928. Al día siguiente de la inauguración, José Niño enviaba un entusiasta artículo al periódico, en el que explicaba que había intentado crear una biblioteca municipal en la ciudad pero al no recibir apoyo optó por una empresa “más modesta”, conocedor de otros proyectos similares en parques y jardines españoles, y convencido de que estas bibliotecas son “una de las creaciones más delicadas de nuestra generación, y la manifestación más hermosa de la educación y la cultura modernas”. Un año más tarde, ya habían pasado más de 9.000 lectores por la biblioteca, considerada todo un éxito en la prensa local. La guerra civil  interrumpió su funcionamiento, aunque volvió a ponerse en marcha de manera intermitente. Muchos conquenses recuerdan aún con nostalgia aquella biblioteca del parque, como Nicasio Guardia, en su libro El Parque de San Julián: “...la antigua biblioteca, que funcionaba en la parte baja del kiosco, en la que los niños de entonces leíamos las novelas de Emilio Salgari y nos encandilábamos con las aventuras de Yáñez y Sandokán; mi vicio por la lectura lo debo en gran parte a aquella biblioteca”. 
      Dice Olga Muñoz que también muchos de los usuarios habituales, los que van a diario a la Biblioteca del Centro Cultural Aguirre, conservan un cariñoso recuerdo de la biblioteca popular “Fray Luis de León”. Los libros que han sobrevivido al paso de los años se encuentran ahora en esta biblioteca, heredera de aquélla iniciativa que abrió camino para llevar la lectura a todos los conquenses ofreciendo libros entretenidos, variados, accesibles, en una ubicación céntrica y en un entorno querido por todos.
      Desde el recuerdo y, por qué no, desde la nostalgia, pienso que sería una buena idea, una idea excelente, recuperar también en Cuenca las bibliotecas en los jardines y en otros espacios públicos similares, como en la ribera del Júcar.

LOS CARTELES DE IVÁN ZULUETA



Iván Zulueta (1943-2009) es una personalidad irrepetible. Nacido en una familia burguesa de San Sebastián, estudió decoración, pintura y cine. Autor de una corta filmografía, en la que figuran Un, dos, tres, al escondite inglés (1969) y Arrebato (1979), dos títulos rompedores y vanguardistas, fue también el artista que dio a luz una irrepetible colección de carteles de cine, de películas españolas y americanas, cuando hacer tales cosas era verdaderamente un arte. Ochenta de esos carteles forman la exposición singularísima que ha montado el Cine Club Chaplin coincidiendo con la 20ª Semana de Cine de Cuenca.
Como ha escrito Pablo Pérez Rubio el folleto que acompaña la exposición, “Zulueta es referente como propulsor de una estética en España y como maldito consciente”, no solo en su forma de concebir el cine (el arte, en general; la vida como totalidad) sino en su actitud ante el mundo que le rodeaba, en lucha permanente con la industria, la administración, la crítica y el público, situación que desemboca abruptamente en esa película insólita, increíble, que sólo ahora, varias décadas después de haber sido realizada, empieza a ser comprendida y valorada, Arrebato, paradigma de la personalidad arrebata y extrema de su autor.
Pero en la exposición, naturalmente, no se habla de esa película, que hubo ocasión de ver en la sala del Centro Cultural Aguirre el día inaugural (para sorpresa e incomodo de un público que no esperaba tal cosa) sino de la actividad de Iván Zulueta como autor de carteles de cine, gremio artesanal generalmente no conocido ni reconocido, en el que solo muy pocos nombres han conseguido desbordar los estrechos límites del anonimato. Zulueta pertenece al grupo de quienes, a finales de la década de los ochenta del siglo pasado, viven y conocen la decadencia del género, cuando los artistas creadores van siendo sustituidos paulatinamente por la irrupción de la tecnología digital que sustituye a los creadores de tinta, papel y colores, autores además de su propia tipografía igualmente imaginativa.
En el mismo folleto de la exposición, otro experto, Pepe Alfaro, escribe que “son obras que, en general, rezuman una tremenda fuerza expresiva, manejada con toda libertad creativa, como hasta la fecha no se había visto en los trabajos de los cartelistas, permanentemente sujetos a las indicaciones y directrices de las distribuidoras, casi siempre encaminadas a dar brillo y colorido a fotogramas de los actores”. Zulueta desborda esos límites, trasciende lo inmediato y busca en el fondo del argumento el motivo en que se inspira para trazar los dibujos de sus carteles, en los que destacan, con fuerza propia, los títulos, todos ellos inspirados en diseños gráficos absolutamente originales y que terminan por dar personalidad no solo al propio cartel, sino a la misma película. Véase si no la tremenda expresividad de carteles como los de Furtivos, Laberinto de pasiones, ¿Qué he hecho yo para merecer esto?, Viridiana, Al escondite inglés, o, entre los títulos americanos, La jungla de asfalto, El tercer hombre, Gilda o La señora Míniver.
No son solo carteles de cine, no son solo películas. Es arte en estado puro, maravilla creativa, pulsión expresiva, imágenes conmovedoras surgidas de una mente tan atormentada como delirante. Una ocasión única, irrepetible, que merece la pena disfrutar en la sala de exposiciones del Centro Cultural Aguirre. Y que se completa con una deliciosa pequeña colección de artilugios de la prehistoria del cine, en forma de proyectores que estuvieron en vigor durante muchos años, aunque ahora sean piezas de museo.



viernes, 24 de noviembre de 2017

YA SOLO FALTA EL DÍA DE ACCIÓN DE GRACIAS



Se podría simplificar el caso aludiendo a la habitual generalizada estupidez de la ciudadanía española aunque también sería posible elaborar todo un tratado sociológico-económico en torno a la inestimable habilidad de la industria americana para vender con suma facilidad y eficacia todo lo que producen, desde la coca cola hasta el infame repertorio de películas que dominan ya todas las salas de nuestro país, pasando por el pollo frito de Kentucky, las hamburguesas de nadie sabe qué tipo de carne o la odiosa personalidad de Donald Trump, cuestiones todas que no deberían hacernos olvidar a otros ejemplares valiosos de aquel pais, como Walt Whitman, Marilyn Monroe o Elvis Presley, por decir algunos.
Entre la habilidad de ellos y la tontería de los demás llega el Black Friday y se nos mete hasta en la sopa. Probablemente casi nadie sabe qué significa exactamente, más allá de que en estos días se pueden obtener baratijas de saldo a precios de ganga. Viernes negro es el que sigue al jueves de Acción de Gracias, con la diferencia de que esta última fecha tiene un carácter tradicional, mientras que lo del viernes es una invención moderna, que se ha ido extendiendo en el tramo final del siglo XX. Inicialmente, tenía un carácter simbólico, porque era la fecha en que se abrían las ventas de Navidad, lo que motivaba un gran desplazamiento de personas y vehículos. Se cuenta que fueron los policías de Filadelfia quienes, en un arrebato de ingenio, llamaron así, viernes negro, a la considerable dificultad que se les presentaba para regular el tráfico. Otros teóricos de la comunicación han querido encontrar una explicación diferente: negro significa números positivos, en contraposición a rojo, que son cuentas negativas.
Y aquí lo tenemos también, con multitud de comercios implicados intentando vender todo lo vendible, a precios superrebajados. Lo que no entiendo es por qué se mantiene activo el término anglófilo, Black Friday, lo que origina algunas dificultades entre locutores radiofónicos y gentes de a pie cuyo dominio del inglés deja algo que desear, en vez de llamarlo directamente Viernes Negro, que suena mucho mejor.

Ya solo nos falta celebrar también el Día de Acción de Gracias, ese sí, dicho y escrito en castellano. Seguro que alguna mente preclara, de las mismas que denigran el Día de la Fiesta Nacional o silban al himno, en las pocas ocasiones en que suena, ya está acariciando la idea. Por lo pronto, aquí mismo, en Cuenca, 35 comercios estarán hoy ofreciendo descuentos con el fin de atraer a la clientela. En el montaje colabora el Ayuntamiento que, la verdad, no se qué pinta en este asunto estrictamente comercial.

miércoles, 8 de noviembre de 2017

DAÑOS COLATERALES


            El espectáculo, inenarrable, que nos ofrece diariamente el caso de Cataluña, se presta a tal cúmulo de comentarios que se comprende la práctica ocupación de todas las parrillas habidas y por haber, en prensa, radio y televisión. A estas alturas, el factor que predomina es la comicidad, porque no hay manera de enfrentarse ya en serio a las circunstancias de este sainete esperpéntico, que movería a risa constante si no fuera porque, realmente, en el fondo, la cosa es muy seria aunque para mí que todo ese tenderete va a decaer en las próximas semanas, tan pronto unos y otros se dediquen al sabroso entretenimiento de preparar las elecciones.
            Uno de esos componente es el de las peñas futbolísticas creadas durante década en torno al Barça. Como por estas sencillas y acogedoras tierras de Cuenca no ha habido, al menos hasta ahora (en adelante ya veremos) prejuicios raciales ni nacionalistas, esas peñas fueron creciendo a mucha mayor velocidad que las de cualquier otro equipo, Real Madrid incluido, lo que debería dar pie a algún sesudo estudio sociológico que explique la naturaleza de ese fenómeno. Ahora, dicen, algunas de esas peñas están renegando de su filiación blaugrana; no creo que sean muchas, pero cuando pasan cosas como esta, el personal pierde la razón, el sentido común y el del equilibrio, vuelan ceses y dimisiones, crecen los divorcios y se multiplican los insultos y descalificaciones.

            Trasteando por los senderos provinciales me encontré un día con esta imagen, la Peña Barcelonista de Casasimarro, asentada en un vistoso local situado en las afueras del casco urbano, donde proclama a los cuatro vientos su deportiva filiación. No se si esta es una de las peñas que ha renunciado a su amor filial hacia el club de Mesi, pero aquí queda constancia de su dedicación.

domingo, 5 de noviembre de 2017

LAS MARAVILLAS DE NOHEDA


            No son frecuentes las citas a cosas de Cuenca en las páginas de las más importantes revistas que corren por los quioscos. Estuve muchos años suscrito al más que prestigioso (y valioso) National Geographic y no recuerdo haber encontrado nunca algún artículo o reportaje referido a algunas de las cuestiones que tenemos por aquí y circulan, con mejor o peor suerte, por libros y periódicos. Quizá es que no lo merecen, o quizá es que sobrevaloramos lo que tenemos y eso no es así desde otra óptica.
            Ahora sí, en las páginas del National, pero no en el básico sino en la edición dedicada a Historia, aparece una mención a uno de los aspectos más interesantes que últimamente corren por aquí, el mosaico de la villa romana de Noheda. Lo firma un experto, el responsable de la excavación que allí se está realizando, Miguel Ángel Valero que, aunque sujeto al poco espacio que le han dejado (seis páginas solamente) lo utiliza sabiamente para trazar un panorama muy eficaz de lo que allí hay, con una aproximación histórica al origen y utilización del lugar y una expresiva explicación del mosaico que, a través de estas palabras y de la brillante ilustración gráfica que lo acompaña, adquiere ante nuestros ojos una dimensión aún más importante y valiosa.
            La información que nos proporciona Valero es extraordinariamente útil y nos permite reconstruir un tiempo brillante, ya ido, adormecido durante siglos y ahora felizmente recuperado. La habitación principal de la villa, nos dice, que mide casi 300 metros cuadrados y a la que se accedía por un espacio porticado, probablemente era el comedor, “donde el rico propietario habría organizado sofisticados banquetes”. Es ahí donde se encuentran los mosaicos, de tipo figurativo, casi todos de tema mitológico, incluyendo una escena que reproduce una representación teatral.
            “Por numerosas razones –dice el arqueólogo comentarista- el mosaico de Noheda es excepcional y no se conoce en el territorio de Hispania ningún otro pavimento figurativo con estas dimensiones. Además, en todo el Imperio no se encuentran ejemplos de mosaicos con unas características análogas a éste, es decir, que cuenten con su gran profusión iconográfica y con una estructura tan compleja y variada. A todo esto se suma su excelente estado de conservación”.
            Y esta maravilla, situada a dos pasos de la ciudad de Cuenca (18 kilómetros exactamente) ¿la podemos conocer, ver, admirar? Pues no señor, porque la Junta de Comunidades, la Diputación y el Ayuntamiento de Villar de Domingo García consideran que es mucho más útil discutir si son galgos o podencos y mientras no se aclare tan ardua cuestión, el yacimiento está cerrado a cal y canto, bloqueado, cubierto, invisible. ¿Algún día lo podremos ver? Al paso que vamos, ad calendas graecas. Y nunca mejor dicho el latinajo que con este motivo.



martes, 10 de octubre de 2017

BANDERAS AL VIENTO


Las calles de casi todas las ciudades españolas (ya sabemos cuales forman parte del “casi”) se cubren estos días con centenares, miles, de banderas con las tres conocidas franjas horizontales, rojas dos y amarilla la de en medio, rojigualda que se decía en los colegios cuando en los colegios se hablaba de estas cosas. Incluso en un lugar tan apático como Cuenca hay balcones que lucen tímidamente algunas de esas banderas con las que se quiere simbolizar, de manera un tanto difusa, un sentimiento que, en buena justicia, debería tener tanta fuerza como ese otro sentimiento que se esgrime como razón de peso suficiente para que una parte importante del territorio emprenda el camino de la separación.
Ha costado mucho que salgan las banderas españolas a la calle y más aún que salgan también los ciudadanos, sobre todo los de Cataluña, apabullados todos, y más estos últimos, por la tremenda presión social, popular y mediática que ha repartido a diestro y siniestro, durante varios años, los más disparatados tópicos y las más delirantes fantasías en torno a la idea de que una presunta independencia trae consigo, sin más, por las buenas, todos los manás celestiales imaginables, además de la liberación de la horrorosa tiranía española, gracias a la cual Cataluña es la región más rica, más próspera, más avanzada, más industrial, con más autopistas y turistas, con el mayor índice cultural y educativo y con el más amplio y potente tejido editorial en lengua española, que también tiene narices en un lugar donde se pretende acabar con este idioma para dejar subsistente solo el propio.
No creo que este tímido despliegue de banderas españolas sea suficiente para detener el llamado proceso, aunque a estas alturas, mientras escribo, no hay todavía señales suficientes de que en va a derivar todo este alboroto, incluyendo la incógnita sobre la misteriosa solución que haya preparado el gobierno central. Pero quizá esta situación sirva para que un montón de despistados deje de brujulear por los vericuetos laberínticos del desconcierto y encuentren las sendas que conducen hacia el camino correcto. Viene la izquierda, desde hace tiempo, jugando con lo que no se debería jugar, que son los símbolos, intocables y respetados en la práctica totalidad de países que, a la vez que cultos, son democráticos. Aquí se han hecho astillas de las banderas nacionales, arrinconadas por las autonómicas, y se pita el himno cada vez que suena, como si fueran cosas de broma, demostración de alegre progresía militante o sea, de estupidez. A lo mejor cuando termine el alboroto independentista catalán algunos insensatos se paran a meditar y llegan a la conclusión de que, a lo mejor, han estado cometiendo torpezas continuadas. Aunque el propósito de la enmienda no figura en el repertorio de los políticos que tenemos al alcance de la vista.




jueves, 5 de octubre de 2017

UN LEGADO IMPORTANTE


            Faltan pocos días para que eche el cierre la exposición Legado, con la que la Casa Zavala ha reabierto sus puertas tras haber estado dos años cerrada, como consecuencia de la crisis administrativa y económica sufrida por la Fundación Saura que hasta entonces la estaba ocupando. La liquidación, ciertamente vergonzosa de esta instalación que Antonio Saura concibió con los mejores deseos pero que nunca llegó a desarrollarse de una manera adecuada, ha hecho posible que el Ayuntamiento recupere el pleno dominio y control (que nunca debió perder) de la Casa Zavala, que así entra en una (ojalá) nueva dimensión. De hecho, en los planes municipales figura, tras la primera exposición, una más que en noviembre, con el título ‘La piel de la tierra', ofrecerá una muestra de fotografías de Gustavo Torner.
            Pero hablamos de la primera, la de la reinauguración. Legado se podrá ver hasta el 18 de octubre. Se trata de una recopilación de 75 obras procedentes, en su mayoría, de la viuda de Zavala, Antonia Gallardo Galindo, y del Patrimonio municipal, que atesora más de mil piezas entre cuadros, esculturas o documentos. La exposición se divide en cuatro espacios. El primero, ‘Tiempo y lugar', alberga obras de artistas de la talla de Marco Pérez, Fausto Culebras, Wilfredo Lam o Virgilio Vera. En el segundo, “Rostros, miradas, retratos”, se puede encontrar una colección de retratos de los siglos XVIII al XX. El tercer espacio, "El universo conciso", se forma con paisajes y bodegones. El último, "Lo trascendente imaginario" cuenta con obras religiosas, entre las que se encuentran un retrato de San Julián cedido por la Diputación y una copia de Ribera, procedente de la casa anterior a Zavala, la de los  Cerdán de Landa, patrimonio actual de la Catedral.
No faltó, en el arranque de la exposición, un conato de polémica cuando la Asociación de la Memoria histórica hizo pública una censura porque en la muestra se estaba exponiendo una placa cerámica realizada por Marco Pérez al final de la guerra civil recogiendo los nombres de los concejales que había sido asesinados “por Dios y por España”, que había estado situada en el salón de plenos del Ayuntamiento hasta la llegada de la democracia y que, al ser retirada, ha pasado a formar parte del patrimonio histórico-artístico de la ciudad. A pesar de ese valor reconocido, los portavoces de la citada asociación creen que se exposición pública es una falta de sensibilidad hacia quienes fueron derrotados en la guerra civil. Se trata, una ocasión más, de confundir las churras con las merinas. Esas apelaciones no tienen nada que ver con el hecho de que la placa en cuestión es una magnífica obra de arte que, además, Marco Pérez trata con un delicado respeto la temática recogida y que, finalmente, esa memoria histórica a la que se apela significa recoger todos los elementos que la integran, no destruir unos para que solo prosperen otros. Eso es lo que hacen los talibanes integristas cuando destruyen en sus países monumentos artísticos procedentes de la antigüedad.

Pero a lo que voy: quedan pocos días para visitar la exposición y no hay que perderlos.

lunes, 4 de septiembre de 2017

LA CULTURA DEL JAMÓN VOLANDERO

           
           Algunos ciudadanos asistimos, con una cierta sensación de disgusto, a ciertos espectáculos que el pueblo jacarandoso tiene tendencia a promover en las ocasiones más variadas, pero sobre todo en periodos festivos. Por lo común, esas actividades aparecen vinculadas al maltrato de animales, desde el brutal Toro de la Vega (aparentemente suprimido) hasta los que lanzan cabras desde la altura de un campanario o retuercen gallos o patos o se divierten muchísimo jaleando vaquillas a la orilla del mar hasta conseguir que el pobre animal se de un baño que probablemente no desea. Así se divierte este inocente pueblo nuestro. Pero hay también otros pretextos, como la asquerosa tomatina de Buñol (acaba de celebrarse) cuyas circunstancias repugnantes son jaleadas masivamente e incluso merecen los honores de salir de manera destacada en el telediario de La Primera, para así aumentar el oprobio y la vergüenza.
            En un bonito y poco conocido lugar de la Serranía de Cuenca, Carrascosa, quieren también entrar en el libro donde se recogen los récords más estúpidos que imaginarse pueda. Aquí no utilizan inocentes animales, ni vegetales, sino comida carnosa y sabrosa, en forma de jamones. Pues hace años (20 para ser exactos) un astuto habitante del lugar concibió una curiosa competición: el lanzamiento de jamones, a lo que se vienen ejercitando con singular entusiasmo y del que acaban de celebrar la última edición con tan general contento que ya aspiran a organizar, para el año que viene, toda una competición mundial.
            Dejo a la consideración de cada cual valorar debidamente el espectáculo que, sin duda, como todas las barbaridades, tiene seguidores entusiastas. Allá cada cual con sus gustos. Pero lo que me ha irritado es leer que semejante suceso se inscribe en la Semana Cultural de Carrascosa, organizada y patrocinada por una asociación que se titula Isabel de Cervantes y que comenzó con la disputa del V Memoria Javote, una prueba pedestre y concluyó con el susodicho lanzamiento de jamón.
            Vamos a ver si nos entendemos. La palabra, el término, el concepto “Cultura” está siendo vapuleado y vilipendiado a diestro y siniestro. Desde la “cultura” del pelotazo a la “cultura” del vino pasando por infinitos movimientos culturales a los que ahora se une la “cultura” del jamón volandero y podrían sumarse la “cultura” de una carrera de quesos rodando cuesta abajo o la “cultura” de la caza y captura de las mariposas ribereñas. O cualquier otro disparate que se le ocurre a algún paisano con dotes inventivas. Los buenos habitantes de Carrascosa están en su derecho de invertir tiempo y esfuerzo en lanzar jamones al aire con toda la abundancia posible, en un derroche de riqueza que es, al menos, insultante para quienes tienen problemas para comer todos los días. Pero, por favor, no digan que eso forma parte de la Cultura del lugar. La Cultura, en serio y de verdad, es otra cosa.
            Y asumo y comparto el comentario escrito en un digital por un comunicante anónimo, añadiendo a la noticia: “Grandes poetas nos promete este sutil pueblo”. Pues eso.


viernes, 1 de septiembre de 2017

EL PRIVILEGIO DE SER ARA MALIKIAN



            Si yo fuera mal pensado (lo soy, aunque solo un poco) insinuaría aquí que el famosísimo violinista armenio-libanés Ara Malikian tiene algún mecanismo de influencia en el sector cultural de Cuenca, única forma de entender e interpretar que este año haya actuado dos veces en la ciudad y una más el año pasado, frecuencia insólita en una ciudad por la que no pasa la inmensa mayoría de artistas de todo tipo que andan pululando por ahí. Frente a tantas ausencias, llama la atención esta repetitiva presencia.
            Pero es más llamativo aún que, en todas esas ocasiones, Ara Malikian haya repetido el mismo repertorio musical e incluso el mismo catálogo de gracietas verbales con las que ilustra de manera muy animada sus intervenciones. De manera que en cada una de esas ocasiones (las dos primeras en el Auditorio, la última en la plaza de toros durante las fiestas) por las manos y la lengua del artista pasaron alternativamente Paganini, Bach, Vivaldi,  Paco de Lucía, Jimmy Hendrix, Led Zeppelin, David Bowie y, por supuesto, sus propias composiciones, acompañadas de esos relatos sobre su primer hijo, el genocidio armenio o las lindezas del jamón ibérico.
            De manera que ya van tres actuaciones seguidas y me temo que no tardando mucho llegará una cuarta porque, como digo, insinuándolo, Ara Malikian debe tener un representante con manga influyendo en algún punto de la gestión cultural conquense.


CHEMA MADOZ EN LA SALA ANGÉLICAS



            Tener mala memoria es una característica de nuestro tiempo. En unos casos porque, realmente, se ha perdido y en otro porque es más cómodo no hacer ningún esfuerzo por recordar. Me planto en medio de la sala de exposiciones de la Escuela Cruz Novillo, antigua iglesia del convento de las angélicas, rodeado de las fotografías de Chema Madoz que forman la única muestra de Photo España que viene este año a Cuenca y me pregunto si alguien recuerda aquellos tiempos en que venían varias, tantas que era preciso habilitar todas las salas disponibles en la ciudad. A lo mejor, me digo, tampoco hace falta recordar nada, ni sentirse nostálgicos o cosas por el estilo. Quizá con estas migajas tenemos suficiente.
            Meditaciones inútiles al margen, volvemos a la realidad y esto es lo que hay. Chema Madoz es premio nacional de Fotografía y, según dicen los que entienden de estas cosas, uno de los más importantes fotógrafos españoles del momento. Para quienes no entendemos, nos espera la sorpresa ante una propuesta en la que destacan, claramente, la calidad y la novedad. Son imágenes en el siempre agradecido blanco y negro, englobadas en una temática general apenas interrumpida por un par de excepciones. La naturaleza de las cosas es el título de la exposición y, fiel a lo que ahí se dice, nos encontramos ante una colección que, si fueran pintura, calificaríamos como bodegones o naturalezas muertas. Aunque en las más antiguas aparece la sombra difusa de algún personaje, el resto, la mayoría, son imágenes de objetos inanimados: una hoja seca, una vela encendida, una mariposa clavada con una pluma, un carta del cinco de corazones enlazados con ramas y así hasta 40 versiones de ese mundo personal que Chema Madoz ha ido elaborando de una manera consciente, buscando la forma sutil de dar vida plástica a elementos de la naturaleza, ramas, maderas, piedras, objetos en fin, envueltos todos en un aura de frialdad creativa de la que, sin embargo, sobresale la maestría técnica de quien sabe investigar en los misterios de la luz y del encuadre para ofrecer el resultado de un elegante panel de imágenes.

            La exposición de Chema Madoz debería haber terminado ya, según las fechas anunciadas pero he podido comprobar que aún sigue abierta. Cuando concluya de manera definitiva, con ella se cancela un año más la presencia de Photo España en Cuenca, pero yo quiero dejar aquí constancia de ella siquiera para compensar simbólicamente el pavoroso silencio (habitual ya, por otro lado) de los medios de información locales, tanto los convencionales como los digitales. 

jueves, 10 de agosto de 2017

RECUERDO DE RAFAEL ALFARO



            “Al sur de nuestra provincia, en la comarca de La Mancha, atravesado por el río Córcoles y acurrucado a los pies del cerro del Castillejo, sobre el que emergen las ruinas de un antiguo castillo, se encuentra uno de esos pequeños pueblos blancos y silenciosos que hacen de la nuestra una tierra no solo a destacar por sus contrastes paisajísticos o sus eternas puestas de sol”.
            Así comienza el relato que, en forma de nota de prensa, informaba del acto celebrado en el pueblo en cuestión, El Cañavate, en recuerdo y homenaje del sacerdote poeta Rafael Alfaro. Un acto al que me hubiera gustado poder acudir, y lo hubiera hecho, de haber estado en Cuenca esos días, pero ya que la lejanía lo impidió en su momento, sí quiero hacerlo ahora, en este rincón donde anidan estos comentarios sobre la actividad cultural en Cuenca, compensando así, espero, aunque levemente, la total ausencia de esta noticia en los medios de información locales, siempre muy ocupados con otras cosas de mayor fuste.
            Rafael Alfaro había nacido en El Cañavate en 1930 y murió en Granada en 2014, con una etapa intermedia en que ejerció tareas pastorales en Centroamérica. Era sacerdote salesiano y escritor, con marcada tendencia hacia la poesía más que hacia la prosa; varios premios literarios reconocieron el mérito de su obra poética, alejada de estridencias, de corte clásico y tendencias hacia el intimismo y la mística, lo que le vinculó a una corriente muy específica dentro de las letras españolas, en las décadas del tramo final del siglo XX.
            En el homenaje ofrecido en su pueblo, en presencia de algunos familiares, Juan Clemente Gómez pronunció una conferencia titulada “Rafael Alfaro, vida y obra literaria” y se colocó una placa recordatoria en la cada en que nació. El Instituto de Estudios Conquenses impulsó esta iniciativa que forma parte de las meritorias y no muy frecuentes, en el fondo y en la forma. Mírese, por ejemplo, a la capital de la provincia, donde se cuentan con los dedos de una mano los edificios señalados con una placa que de fe de alguien que nació o vivió allí.


LA RUTA DEL BARROCO POR CUENCA


           Hace unos meses tuve la oportunidad de participar en una buena idea. La idea hubiera sigo igualmente buena aún sin contar conmigo, pero como me invitaron a formar parte de ella, lo digo. La invención se llama “Ruta Barroca” y lleva un subtítulo explicativo: “Música y Arquitectura”. Fue uno de los actos paralelos inscritos en el programa de la Semana de Música Religiosa, que este año cumplía su edición número 56 y que se desarrolló con toda normalidad, a pesar de los agoreros que preveían los males del infierno a causa de las dificultades surgidas en la transición entre el grupo directivo cesado y el que ha llegado nuevo.
         Aparte esa cuestión, la idea consiste en recorrer una serie de iglesias marcadas por el periodo barroco y singularmente por la activísima presencia del gran José Martín de Aldehuela. La ruta barroca, gratuita para los asistentes, dicho sea de paso, se inició el miércoles en la iglesia de la Virgen de la Luz, continuó con la capilla del Hospital de Santiago (donde hice yo la oportuna explicación) y concluyó ese día en la iglesia del monasterio de la Concepción franciscana, en la Puerta de Valencia. En cada caso había una intervención sobre las características históricas y artísticas del edificio elegido y un breve concierto con obras de Haendel, los dos primeros con intervenciones vocales y el último exclusivamente musical. Por cierto, las tres interpretaciones, magníficas.
         Un amistoso grupo formado por unas cincuenta personas participó animosamente en la excursión urbana, caminando por las calles de Cuenca de edificio en edificio, una experiencia que considero ha sido del máximo interés. En el grupo había por lo menos tres ciudadanos de Cuenca, cifra considerable si tenemos en cuenta la apretada agenda que los conquenses tenemos esos días, entre procesiones, preparativos para las procesiones, visita a las terrazas de los bares, paseos por los centros comerciales y otras actividades similares. Que tres personas tengan interés por visitar los edificios monumentales de su ciudad es verdaderamente un caso muy meritorio.
          Con ese gesto se ha puesto el germen para el desarrollo de un proyecto más ambicioso, que ya se insinuó hace tiempo sin cuajar en nada y que ahora parece querer volver a estimularse: una ruta cultural y turística por el barroco conquense, algo que no está contemplado para nada en los tópicos recorridos que los guías convencionales ofrecen a los visitantes de esta ciudad pero que, además, sería de enorme utilidad para los propios conquenses, empezando por los grupos de menor edad y más desconocedores de en qué tipo de ciudad vivimos.
         Esperaremos a ver si se trata de una cortina de humo más de las que con tanta frecuencia surgen entre nosotros o si realmente es un proyecto llamado a tomar forma real y efectiva.

EL DISCURSO POLÍTICO EN VERSIÓN LOCAL



Siempre me gusta leer, cada domingo, la columna que firma Álex Grijelmo en el suplemento Ideas que publica El País, con sus muy atinadas observaciones sobre el lenguaje que maltratamos cotidianamente, sobre todo en grupos sociales muy determinados, como los charlistas de radio y TV, los políticos y los deportistas, amén de algunos otros. A los políticos y su peculiar jerga se refería Grijelmo en su última entrega dominical que, además de ilustrativa e interesante, resulta divertida.
Es verdad que casi todos hemos asumido, con mansa aquiescencia, que los políticos tienen unos códigos expresivos que no son los que utilizamos el común de las gentes de a pie, pero como nos hemos acostumbrado a esa palabrería, ya no nos sorprende. Sí nos resultaría chocante que, en una conversación normal, entre personas no signadas por el aura de la política, nos dijéramos algunos a otros las cosas que ellos se dicen.
Y así, saliendo el ámbito generalista en que se mueve Grijelmo y entrando en el nuestro, provinciano y conquense, les oímos decir, una vez y otra, que tal cosa ocurre “como no puede ser de otra manera”, dando así un grado de firmeza a lo que, desde luego, sí puede ser de otra manera, todo puede ser de otra manera y nada está sujeto al fatalismo de lo inamovible.
O tienen siempre a mano lo de “ser referente”, que aplican con alegre displicencia a cualquier cosa. Que se abre un museo, será referente en su especialidad; que hay un curso de manipulación de hojarasca, “servirá de referencia”, que se les ocurre pintar las paredes de violeta, eso “será referente en el sector” y así hasta el infinito. Claro que, más eficaz aún, es lo de “poner en valor”, que viene a cuento en todo momento, sea o no de aplicación al caso. Y, por supuesto, no puede faltar distinguir claramente en el discurso entre “ciudadanos y ciudadanas”, sandez idiomática en mala hora puesta en vigor por uno de ellos y rastreramente aceptada por todos los demás, temerosos de que si usan el lenguaje con la corrección debida (“ciudadanos” basta y sobre para incluir en ese genérico a todos, no solo hombres, sino también mujeres y homosexuales) serán acusados de machistas o cosas peores, riesgo que sí asumimos libre y conscientemente quienes nos dedicamos al oficio de escribir y procurados, con la humildad necesaria, ser respetuoso con el idioma que manejamos.
Pero ajenos a todo eso y a cosas más profundas, los políticos, a todos los niveles, seguirán castigándonos con una forma de hablar ciertamente peculiar, casi exclusiva para ellos y que los demás, ciudadanos de a pie, seguimos con el mejor humor posible, sabiendo lo que quieren decir, aunque lo digan mal.
Porque si hablaran bien, en un idioma inteligible, sin tópicos, mentiras o medias verdades, llamando a las cosas por su nombre, a lo mejor saldríamos todos corriendo.
(Como ilustración he encontrado en Google esta imagen de un grupo de políticos discutiendo sobre el calentamiento global, escultura de Isaac Cordal, que existe en Berlín).



LA MIRADA DE ZÓBEL SOBRE CUENCA



            
El inicio del mes de junio suele estar marcado cada año por el nombre (su recuerdo) de Fernando Zóbel. Murió el día 2, en Roma, en 1984; tres años antes, el 5 de junio de 1981, entregó su colección, la del Museo de Arte Abstracto, a la Fundación Juan March, en lo que fue una decisión que disgustó a los políticos locales de entonces pero que fue de una clarividencia asombrosa, porque con ese gesto garantizó la pervivencia de su legado que, de haber caído en manos municipales, estaría en el mismo sitio en que hoy se encuentran los de Juan Zavala o Raúl Chávarri o Manuel Real Alarcón o Pedro Mercedes, o sea, almacenados en oscuros depósitos, invisibles para todo el mundo.
           


Han pasado ya 33 años y sin embargo la figura de Zóbel sigue planeando con total vigencia sobre el arte español (su obra se revaloriza por días) pero, sobre todo, en cuanto interesa a nuestra visión localista, en torno a Cuenca. Esto no es frecuente. Soy consciente de que los seres humanos, una vez que cumplen con su periodo vital, pasan casi de inmediato al olvido. Podemos constatarlo intentado recordar a figuras de más o menos relieve, escritores o artistas, muertos hace apenas unos meses o un par de años, cuya memoria se ha diluido por completo, arrastrada por esa corriente impetuosa que solo da vigencia a lo más inmediato, a lo que está de moda. No es el caso de Zóbel y eso me parece verdaderamente notable.
            Una muestra de la vigencia de Zóbel y de su mirada sobre Cuenca la encontramos en un hecho reciente, casi anecdótico. Hace unas semanas apareció en el escaparate de una librería de Cuenca un título rescatado de las sombras difusas del tiempo: Cuenca. Sketchbook of a Spanish Hill Town, sin identificación de autor aunque el delicioso trazo del dibujo incluido en la portada permite adivinar fácilmente a quien se debe la obra. Entre mis pequeños tesoros bibliográficos está la dedicatoria que me firmó Zóbel en la edición original: “Para José Luis en el estudio el 12 de enero 1976”. Lo había editado la Harvard College Library en 1970 y ahora reaparece en edición facsímil impulsada por la Fundación March. No tengo la menor idea de cuántos habitantes de esta ciudad conocían este libro, una auténtica joya, pero imagino que pocos, por lo que no me importa recomendar calurosamente a quienes no lo tengan que busquen ahora esta reedición (la original se agotó hace lustros) y disfruten con ella.
            El texto introductor, breve, está en un inglés muy asequible, pero lo realmente valioso e interesante son los deliciosos dibujos de Zóbel, la mayoría en suave línea negra pero algunos de ellos coloreados y acompañados todos de un breve comentario personal que no solo ayuda a entender a la persona sino también su visión de la ciudad que voluntariamente eligió para vivir. Observa las calles, los rincones, las personas. Su imagen de la plaza entonces de Cánovas, sin el Nazareno pero con el Pastor de las Huesas del Vasallo, le merece este comentario: “La plaza, con el monumento al pastor, y encima, el hospital de Santiago. Lo verdaderamente característico son los conquenses paseándose por el centro de la calle Carretería”. Dibuja Zóbel, sobre todo, los rincones de la parte alta, y con su trazo nos devuelve las imágenes de una ciudad perdida, adormecida ya en la memoria, desconocida para quienes han venido después: “La casa de Antonio Saura en la calle de San Pedro. A la izquierda el estudio (con una raja de arriba hasta abajo que ahora la está arreglando Emilio), en medio el patio con jardín, y a la derecha, la casa propiamente dicha. La que sigue es la de Ángeles Gasset”.
            Están también los interiores de algunas casas, de la suya propia, o de los sitios que frecuentaba y lo describe no solo con la minuciosidad del dibujo sino también de la palabra, tan querida y tan bien tratada por el artista. “Nuestro comedor en el restaurante Baviera. Antes esto era un almacén de botellas que tenía Pepe. Le pintamos las paredes de chocolate, el suelo de naranja tostado y las puertas blancas. Y luego colgamos carteles de exposiciones. Yo le regalé unos tarros de farmacia para las flores y le pintamos las sillas de negro. El teléfono sobra, pero qué le vamos a hacer?”.

            Entrañable Fernando Zóbel e inmensa su capacidad, para con tan limpios y sencillos elementos (unos dibujos, unas palabras)  ofrecernos un considerable contenido descriptivo, urbanístico y sentimental de esta ciudad.

ÓSCAR PINAR EN EL PAISAJE URBANO DE CUENCA


            Todas las muertes llevan consigo un sentimiento de pesar, más acentuado en la medida en que el fallecido ha estado acompañado de cierta notoriedad pública (artista, escritor, deportista, político), pero hay además un grupo, no muy amplio, que produce una cierta orfandad visual, porque su figura estaba tan presente en la vida cotidiana que, por decirlo de algún modo, formaba parte del paisaje urbano. Óscar Pinar estaba en ese grupo. Durante años, su figura estaba vinculada a cualquiera de los rincones de la parte antigua de Cuenca. De hecho, la última vez que lo ví fue un par de semanas antes de morir, cargado con su caballete y maleta, cubierto con su inevitable sombrero de paja, en las inmediaciones del puente de la Puerta de Valencia. Antes, hace unos años, le dediqué un comentario cuando estaba pintando en el puente de los Descalzos. Porque a Óscar Pinar lo podíamos encontrar en cualquier momento, en horas en que le podía acompañar la luz solar, para dedicarse, de manera incansable, a lo que era para él no sólo un oficio profesional sino una vocación insustituible, un fervor natural permanente hacia la habilidad de combinar en la paleta aquellos colores tan personales que nos permitían a todos, de inmediato, reconocer su obra.
            No fue un pintor exclusivo de Cuenca pero sí la ciudad estuvo presente de forma mayoritaria en sus objetivos. Pintó también en abundancia los campos alcarreños y manchegos e incluso de otros territorios más alejados a los que viajó para presentar exposiciones. Era, estoy seguro, uno de los últimos paisajistas conquenses y, desde luego, muy seguramente, el último en pintar en vivo y en directo; si hay más, yo no los he visto pero puede que los haya.
            De las diversas cualidades humanas de un siempre bondadoso Óscar Pinar, a la vez siempre también severamente crítico hacia los factores negativos (que los hay, y no son pocos) envolventes en esta ciudad de nuestros dolores, hay una que me pareció muy respetable: su presencia constante en cualquier cita de carácter cultural, a las que acudía puntualmente, en la mayoría de los casos acompañado de su mujer.

            Vuelvo al comienzo. No sólo hemos perdido un ser humano, un artista, sino un elemento sustancial del paisaje urbano de Cuenca.

domingo, 9 de julio de 2017

CUENCA EN LA MIRADA DE LÓPEZ TOFIÑO



Paseo silencioso y solitario, acompañado de yo mismo y mis ideas, entre las paredes que en la Fundación Antonio Pérez acogen las fotografías de Vicente López Tofiño (Cuenca, 1949), alternando la mirada de mis ojos hacia esas imágenes y algún vistazo a la hoja de papel que, con la firma de Publio López Mondéjar, intenta decir algo, comentar, orientar al espectador sobre lo que tiene delante. No dice nada nuevo, pero sí lo hace con convicción y sabiduría, resumiendo acertadamente la personalidad de ese fotógrafo que nos habla desde las paredes de la Fundación, lisas las de una sala, pétrea las de la otra. Estas fotografías, dice Publio, “son el resultado de su portentosa intuición, de su innato talento para acotar los ámbitos más relevantes de lo real, de su capacidad para fijar el mundo que le rodea en la memoria eterna de la cámara”. Ese mundo envolvente es el de Cuenca, la ciudad y sus gentes, momentos concretos, instantes vitales captados a la velocidad de un click nada espontáneo. Eso queda solo para los aficionados irredentos que vamos con la cámara en la mano, disparando a diestro y siniestro según los impulsos que nos provoca el ánimo tornadizo.
Está claro que López Tofiño no improvisa, aunque parezca que esas imágenes surgen también de un arrebato instantáneo. Antes de eso, el fotógrafo-artista ha estudiado la situación, ha situado los elementos que le interesan, busca el encuadre, fuerza el objetivo, selecciona el momento y luego dispara, pacíficamente. Porque, y vuelto al texto de López Mondéjar, “Tofiño atesora tres virtudes esenciales para realizar su trabajo: la penetración de su mirada, la intuición y el corazón”.

Sigo paseando, silencioso y solitario, recreándome en ese mundo nada mágico, sino totalmente real, que transmite la mirada de un artista con cámara, paseante por la ciudad, buscador de momentos. Se puede ver hasta el día 16 de julio. Merece la pena darse un paseo por la parte alta de Cuenca, entrar en la Fundación, y disfrutar de esta inmersión fotográfica.

sábado, 8 de julio de 2017

UNA ESCULTURA DE REDONDO BADÍA


Lorenzo Redondo Badía acaba de instalar en una calle de Cuenca, la de Colón, en el jardincillo que hay delante de la UNED, una escultura dedicada a la Familia, así, en general, formada por las imágenes de una pareja (hombre y mujer) acompañadas de varias otras infantiles, sus hijos, sin duda alguna. En una ciudad que no es muy proclive a la estatutaria urbana, esta aportación tiene mucho de singular, tanto por su mérito intrínseco como por lo que significa de tomar conciencia de que, entre sus artistas, hay uno que viene trabajando con absoluta constancia, desde hace muchos años, sin alharacas ni vanaglorias de las que con tanta fruición se reparten a veces alegremente.
Lorenzo Redondo (Cuenca, 1947) lleva una vida austera que se refleja en su escasa presencia pública, aunque es fácil verlo como atento espectador en la mayoría de los actos culturales que se celebran por aquí. Su actividad es tan silenciosa que el último dato que encuentro sobre él se refiere a una exposición del año 2014, en la Sala La Carbonería, donde presentó no sólo figuras escultóricas sino también dibujos. Antes de eso, no había participado tampoco excesivamente en exposiciones, alguna en las salas existentes antiguamente en la ciudad y poco más. Parece que tiene el propósito, no se si firme o solo en teoría, de ofrecer una muestra retrospectiva, general, de su trabajo y sería bueno que esa intención llegara a transformarse en un hecho tangible.
La escultura que desde hace unos días se encuentra incorporada al paisaje urbano de Cuenca se inscribe, según lo define el propio artista, en un estilo ‘nuevo figurativo’ y quiere representar a unos padres con cinco hijos, a semejanza de las fotos de los antiguos libros de familia numerosa. Pesa unos 3.500 kilos de peso y ha sido trabajada en una piedra caliza blanca de Novelda de 4.600 kilos, con unas dimensiones respetables, puesto que mide unos 3 metros de anchura, 1,35m de altura y 0,65 m de grosor.
            Por cierto: sería interesante que al lado de la escultura se colocara una placa identificadora, con el título y el nombre del artista. Y ya puestos, eso mismo podría hacerse con todas las demás esculturas que hay en la ciudad. No son muchas, pero sus autores merecen ser conocidos.


jueves, 6 de julio de 2017

EL CARRO DE LA BASURA



Formo parte de una generación que se educó en unos valores que para nosotros tenían cierta consistencia, y no solo porque así lo establecía un catecismo que repetíamos con verdadera reverencia sino porque asumíamos aquellos principios con auténtica convicción. De todas aquellas ideas vinculadas con la ética, la moral, el respeto, la educación y otras cosas parecidas, las relacionadas con la verdad y la mentira formaban parte con absoluto rigor del código de principios que integraban nuestra vida desde los primeros años. A pesar del deterioro del tiempo y de los bandazos que va dando la existencia cotidiana, quienes además entramos en el oficio del Periodismo teníamos un motivo añadido para considerar que la búsqueda de la verdad era un principio insoslayable de nuestra trabajo, que debía ser expuesto a la opinión pública con absoluta honradez y transparencia, seguros de que habíamos hecho todo lo posible para aproximarnos a ese valor intangible, conscientes de las dificultades pero apoyados en la tranquilidad de haberlo intentado, con profesionalidad y rigor.
            Como lector que sigo siendo de periódicos (incluidos los que forman ese especia amorfa y manipulable a la que llamamos digitales) compruebo, ya sin estupor, que todo eso ha desaparecido. Raúl del Pozo lo acaba de escribir de forma contundente: “En el fragor político, da igual mentir que decir la verdad” y pone el ejemplo de cómo “el apogeo de la ficción y la calumnia se da en Cataluña”. Es claro que el caso catalán viene a ser el paradigma de la inmersión de todo un colectivo amplio en la más disparatada rueda de invenciones, falacias y mentidas jamás imaginables, pero no sólo hay que referirse a ese caso extremo. A mí me gusta mirar sobre todo al ambiente más próximo, el que mejor conozco y tengo al alcance. Miremos, oigamos y leamos a los integrantes de la clase dirigente conquense. Resulta ya verdaderamente pavoroso comprobar con qué impune alegría mienten (o distorsionan la verdad, que es otra cosa similar) un día sí y otro también. Entre todos ellos, hay un personaje singular que carece absolutamente de cualquier reparo a la hora de difundir falacias varias, hasta el punto que uno ya no sabe si en verdad está mintiendo, o se vive en un mundo de fantasía de donde extrae las más peregrinas invenciones, sin sustento alguno en la realidad.
            Ante eso nos encontramos con una población desprotegida, carente de los mecanismos necesarios para discernir entre la verdad y la mentira y ese es, finalmente, el más triste de los pensamientos, la más amarga de las conclusiones.
            O, si prefiere, podemos poner el broche con una lapidaria, demoledora, frase final de Manuel Vicent a uno de sus artículos semanales: Salgan a ver el cortejo: es el carro de la basura cargado de políticos y periodistas que van hacia el vertedero”.



lunes, 3 de julio de 2017

PREMIO A LA DINAMIZACIÓN CULTURAL


            Alguna vez, en el pasado, escribí algún comentario crítico sobre la inexistencia de galardones regionales llamados a reconocer el mérito de los creadores y trabajadores de la cultura, como ya los hay a otros niveles, estatal y de la mayoría de las regiones y como también aquí, en la nuestra, se dan (y en abundancia, por cierto) a quienes practican deporte. Ya se ha subsanado el déficit y desde ahora hay premios a la Excelencia cultural en Castilla-La Mancha. Según la versión oficial que explicó su creación, vienen a premiar la capacidad cultural en la actividad realizada, la representatividad que pueda tener entre los castellano-manchegos hacia el exterior de nuestra región y la calidad de los trabajos.
            Las categorías implantadas han sido:
            Medalla al mérito cultural extraordinario.
            Medalla al mérito cultural en el Patrimonio Cultural
Medalla al mérito cultural en las Artes Plásticas.
Medalla al mérito cultural en las Artes Escénicas y la Música
Medalla al mérito cultural en la Creación Literaria, Edición y Fomento de la Lectura.
Como suele suceder en estos casos, leo la relación de premiados buscando entre ellos los nombres más cercanos, los que, según yo, deberían haber sido incluidos, reconocidos, pensando, iluso de mí, que entre nosotros hay algunos, quizá no muchos, que podrían haber recibido algunas de esas distinciones. Me quedo con un palmo de narices. Salvo una, de tipo genérico, dirigida al colectivo de ciudades Patrimonio de la Humanidad (al parecer, en algunos otros sitios se hacen cosas culturales de mérito) solo encuentro una institución digna de recibir la medalla al Mérito Cultural en las Artes Plásticas: la facultad de Bellas Artes de Cuenca, por ser dinamizadora del mundo de las artes plásticas tanto en Cuenca como en toda la región.
No quiero ocultar mi desconcierto. Para empezar, una facultad universitaria es un ente académico, no cultural, aunque la administración se empeñe en unificar ambos conceptos, pero son cosas distintas. No concibo yo que a una institución educativa se le de un premio como institución cultural, pero menos aún en el caso concreto, porque la presunta dinamización que ejerce la facultad de Bellas Artes se queda para ella misma, de puertas adentro, sin reflejo alguno ni trascendencia en la ciudad, con la que viene manteniendo, desde sus primeros pasos, una absoluta desconexión.

Con lo que tenemos motivos suficientes para quedarnos, literalmente, pasmados, con esta primera remesa de premios culturales.

DISFRUTANDO CON ESTIVAL CUENCA


            Verdaderamente, es aleccionador, muy aleccionador, el impulso privado que hizo nacer Estival y que lo mantiene, seis años ya, en activo, con una programación en creciente desarrollo, ampliando objetivos, diversificando propuestas. Destaco el hecho de que el proyecto surgiera en un ciudadano que con sus propias fuerzas, imaginación e iniciativas puso en marcha lo que ninguna institución había conseguido: un auténtico festival de verano que traiga a la ciudad de Cuenca, durante unos días, una semana y pico, un variado panorama musical centrado en sugerencias modernas, especialmente en torno al jazz, pero también, como ocurre este año, con aportaciones del flamenco y de la música ética o folklórica. Y que, como digo al principio, va incorporando atractivas sugerencias, como talleres de música para personas con discapacidad, para niños, guías de lectura, una dimensión gastronómica y otra científica, en fin, como digo, un amplísimo panorama que entre el 29 de junio y el 7 de julio impregnan la vida cultural de esta ciudad, sin olvidar la frustrada lectura poética prevista para la mañana del domingo pasado y que se evaporó sin más explicaciones.
            Detrás de todo está Marco Antonio de la Ossa, musicólogo y profesor universitario, inquieto sujeto desde sus años jóvenes (lo sigue siendo, pero ya menos, como es natural), dotado de una capacidad innata para mover voluntades e inventar situaciones de riesgo, pero atractivas, como se demuestra por la amplia respuesta popular a los contenidos de un programa que este año incluye grupos como Trinidad Montero & Juan Antonio Sánchez, The Harto a reir, Pin Pan Pun y Los Cencerros, José Enrique Morente, el grupo flamento de la conquense Virginia García Vicente, Miguel Iroshi, Cristina de la Ossa, Juanfe Pérez, Miguel Olivera Group, Foxy Jam, Jazzodrom, la banda conquense The Teacher’s Band, Rozalén, Anna Jiménez & The Band, el gran grupo folklórico gallego Luar Na lubre precedido por Zas!!candil Folk, Mariola Membrives, Jazz Clazz, Aurora & The Betrayers, Le Petit Swing y Zarandea, a los que se añaden las otras propuestas mencionadas antes.
            Con un considerable esfuerzo personal, Estival Cuenca se está configurando como el auténtico y verdadero festival de verano que Cuenca necesitaba desde hace muchos años, que algunos hemos pedido de manera insistente, creyendo que una iniciativa institucional sería capaz de promover semejante cosa, sin que nunca se haya conseguido, en unos casos por falta de medios y en otros, la mayoría, por falta de ganas. El problema está resuelto mediante un encomiable impulso privado, sorprendente en cierta medida en un lugar en el que casi todo el mundo recurre a lo público como vía para solucionar cualquier tema. En este caso, hay colaboraciones, bastantes colaboraciones, públicas y privadas, la mayoría en especie, pero lo que predomina, por encima de todo, es la voluntad de llevar adelante este propósito y ello merece, desde luego, un cálido apoyo, con la esperanza de que no se tuerza y pueda prolongarse durante mucho tiempo. Falta hace.



domingo, 2 de julio de 2017

LA JONDE, EN CUENCA


Busco en los medios, impresos y digitales, algún comentario (crítica es mucho decir) sobre el que posiblemente ha sido el mayor acontecimiento musical de la temporada que ahora termino y, como me temía, no encuentro ni una palabra. Ni una foto siquiera, que era el recurso empleado hasta no hace mucho para dar, al menos, fe de lo sucedido. Pero nada hay sobre el que ha sido, como me cuentan, memorable concierto de la Joven Orquesta Nacional de España, el pasado día 26, en el Teatro-Auditorio de Cuenca.
            Me lo cuentan porque, desdichadamente, yo estaba esos días fuera de la ciudad y, por tanto, me lo he perdido y lo siento, no solo por la JONDE, que ya es mucho, sino porque en esta ocasión venía nada menos que con la Novena Sinfonía de Mahler, una de las obras que marcan las cumbres de la música moderna, equiparable en grandeza, profundidad y sentimiento a los momentos culminantes de Beethoven o Bach. Así que doble sentimiento, derivado de las limitaciones humanas que nos impiden poder estar en dos sitios a la vez, salvo en las historias de ciencia-ficción.
            Cuando yo entré en el mundo de la música, como programador, Mahler era una especie de monstruo temible, con el que muy pocas orquestas españolas se atrevían, por la complejidad de sus estructuras y las exigencias de formaciones capaces de acometer el impresionante mundo creativo que el compositor ponía en juego. Esporádicamente, en algún concierto de cámara aparecía una pieza menor, apenas un aperitivo para lo que Mahler representa. Pero llegó la oportunidad de poder tener al alcance de los melómanos una auténtica sinfonía. Fue con ocasión de la celebración del décimo aniversario del Teatro-Auditorio, y vino de la mano de la Orquesta Sinfónica de Berlín, con el maestro Eliahu Inbal al frente, para interpretar la Sexta Sinfonía.  Verdaderamente, la ocasión mereció la pena y yo me sentí especialmente satisfecho (y orgulloso también, por qué no decirlo) de que al fin una obra completa de Mahler hubiera podido oírse en un Auditorio que estaba dando justos motivos para ser considerado como un completo recinto musical de primer orden. Un par de años después, la misma orquesta berlinesa y con el mismo director volvieron, en este caso dentro de la programación de la Semana de Música Religiosa y ahora con la Novena.

            Pocas orquestas españolas se atreven con Mahler. La JONDE lo acaba de hacer y, por lo que me dicen, ha estado a la altura de una formación de primer orden, seria, conjuntada, con la sonoridad vibrante que exige una obra de esas características, un testamento musical en el que el compositor transmite a los oyentes la profundidad de unos sentimientos que van de la angustia a la esperanza y la consolación, en vísperas de que llegue el momento del tránsito vital. Con esta Novena, Mahler se despedía de la vida, dejando inconclusa la Décima. Oírla es, cada vez, una emocionante experiencia. Y en manos de los instrumentistas de la JONDE una cálida expresión admirable.
             Que debería haber merecido en los medios que se llaman de información la atención justa y necesaria.

jueves, 15 de junio de 2017

UNA FRUSTRADA REUNIÓN POÉTICA


Esta semana que ahora llega a su mitad debería haber estado marcada, en la Agenda de la Cultura que elaboro diariamente contra viento y marea, dentro de un moderado interés colectivo, por la celebración de un evento titulado Leer y entender la poesía. Poesía, historia e ideología. La cita, con la poesía como pretexto nada baladí, debería ocupar dos días de esta semana y fue debidamente convocada, con programa y relación de participantes incluidos, para que quienes estuvieran interesados formalizaran su inscripción, de acuerdo con los requisitos burocráticos que el ente universitario tiene previsto para estos menesteres.
Se puede deducir, del tono impuesto hasta ahora a mis palabras, que lo que presuntamente iba a ser en realidad no lo ha sido. La convocatoria fue anulada y la cita queda postergada para una mejor ocasión.
Conviene, quizá, echar un poco la vista atrás y rehacer brevemente la historia de este suceso. El curso Leer y entender la poesía se puso en marcha hace unos 15 años, cuando aún vivía su principal promotor, Diego Jesús Jiménez, que consiguió colocarlo en su tierra natal, Priego, en el punto neurálgico en que confluyen la Serranía y la Alcarria. Gracias a esta iniciativa, que desde el primer momento contó con el apoyo del Ayuntamiento de Priego y de la Universidad de Castilla-La Mancha, con aportes esporádicos de la Diputación, el curso fue avanzando en años, en sabiduría, y en experiencias, acumulando un largo rosario de figuras señeras de la poesía española que hicieron que, durante unos días, la lánguida vida de un sencillo pueblo conquense encontrara motivos para el dinamismo vital y la curiosidad. Murió el promotor pero la idea continuó existiendo, ahora llevada de la mano por jóvenes profesores encabezados por Martín Muelas y Ángel Luis Luján.
No faltaron nunca dificultades y problemas, cosas ambas que son como el pan nuestro de cada día cuando se habla de Cultura en Cuenca o se quieren interrelacionar ambos conceptos, Cultura y Cuenca. Pero el invento iba marchando y cubriendo etapas hasta que sucedió algo normal en un sistema democrático: en 2015 hubo elecciones, cambió el signo político del Ayuntamiento de Priego y el nuevo alcalde (del PP, naturalmente) pensó que eso de invertir tiempo y energías en cosas poéticas era una solemne tontería. La cosa es más llamativa si tenemos en cuenta que el Ayuntamiento de Priego no tiene que hacer nada, ni trabajar en nada, ni aportar ni un céntimo. Solo respaldar que la ciudad acoja el curso y que para hacerlo se pudiera utilizar el centro cultural municipal. Como la burricie del gremio de alcaldes no tiene límites en ningún sitio, el curso quedó cancelado. Al alcalde de Priego le pareció un lujo innecesario que el nombre del lugar estuviera vinculado a una cosa tan inútil como un curso de poesía. Sin duda, debió pensar el munícipe, hay en este mundo otras muchas cosas más apasionantes a las que dedicar su tiempo y no a oír tontunas esotéricas sobre poesía.
Sus promotores, insistentes ellos, pensaron que sería buena fórmula traerlo a la capital de la provincia, donde dicen los sloganes publicitarios hay mucho ambiente cultural. Y así, con esa optimista perspectiva, se puso en marcha la convocatoria de este nuevo curso, cuyo objetivo es explorar la condición de la poesía como documento histórico más allá o junto a su condición de objeto estético. Entender las relaciones que la poesía establece con el tiempo en que fue escrita, situarla en sus coordenadas sociales e ideológicas nos puede ayudar a entender mejor su lugar entre los discursos existentes en una época. Desde estas premisas los ponentes se proponían realizar un recorrido desde la poesía comprometida de los cincuenta hasta las nuevas formas de compromiso y de testimonio. Teorías acompañadas, como es inevitable en una cita poética, de los convenientes y necesarios recitales de autores presentes en la reunión.
Todo se ha ido al traste por la escasa respuesta recogida de quienes podían haber mostrado algo de interés por asistir. Los promotores no se rinden, creo. Quieren reunir fuerzas y entusiasmos para volver a intentarlo en otoño, con otra fórmula que soslaye las dificultades organizativas de un curso universitario y relanzarlo de nuevo, quizá en otoño. Para entonces, volveremos a hablar del caso.