jueves, 10 de agosto de 2017

RECUERDO DE RAFAEL ALFARO



            “Al sur de nuestra provincia, en la comarca de La Mancha, atravesado por el río Córcoles y acurrucado a los pies del cerro del Castillejo, sobre el que emergen las ruinas de un antiguo castillo, se encuentra uno de esos pequeños pueblos blancos y silenciosos que hacen de la nuestra una tierra no solo a destacar por sus contrastes paisajísticos o sus eternas puestas de sol”.
            Así comienza el relato que, en forma de nota de prensa, informaba del acto celebrado en el pueblo en cuestión, El Cañavate, en recuerdo y homenaje del sacerdote poeta Rafael Alfaro. Un acto al que me hubiera gustado poder acudir, y lo hubiera hecho, de haber estado en Cuenca esos días, pero ya que la lejanía lo impidió en su momento, sí quiero hacerlo ahora, en este rincón donde anidan estos comentarios sobre la actividad cultural en Cuenca, compensando así, espero, aunque levemente, la total ausencia de esta noticia en los medios de información locales, siempre muy ocupados con otras cosas de mayor fuste.
            Rafael Alfaro había nacido en El Cañavate en 1930 y murió en Granada en 2014, con una etapa intermedia en que ejerció tareas pastorales en Centroamérica. Era sacerdote salesiano y escritor, con marcada tendencia hacia la poesía más que hacia la prosa; varios premios literarios reconocieron el mérito de su obra poética, alejada de estridencias, de corte clásico y tendencias hacia el intimismo y la mística, lo que le vinculó a una corriente muy específica dentro de las letras españolas, en las décadas del tramo final del siglo XX.
            En el homenaje ofrecido en su pueblo, en presencia de algunos familiares, Juan Clemente Gómez pronunció una conferencia titulada “Rafael Alfaro, vida y obra literaria” y se colocó una placa recordatoria en la cada en que nació. El Instituto de Estudios Conquenses impulsó esta iniciativa que forma parte de las meritorias y no muy frecuentes, en el fondo y en la forma. Mírese, por ejemplo, a la capital de la provincia, donde se cuentan con los dedos de una mano los edificios señalados con una placa que de fe de alguien que nació o vivió allí.


LA RUTA DEL BARROCO POR CUENCA


           Hace unos meses tuve la oportunidad de participar en una buena idea. La idea hubiera sigo igualmente buena aún sin contar conmigo, pero como me invitaron a formar parte de ella, lo digo. La invención se llama “Ruta Barroca” y lleva un subtítulo explicativo: “Música y Arquitectura”. Fue uno de los actos paralelos inscritos en el programa de la Semana de Música Religiosa, que este año cumplía su edición número 56 y que se desarrolló con toda normalidad, a pesar de los agoreros que preveían los males del infierno a causa de las dificultades surgidas en la transición entre el grupo directivo cesado y el que ha llegado nuevo.
         Aparte esa cuestión, la idea consiste en recorrer una serie de iglesias marcadas por el periodo barroco y singularmente por la activísima presencia del gran José Martín de Aldehuela. La ruta barroca, gratuita para los asistentes, dicho sea de paso, se inició el miércoles en la iglesia de la Virgen de la Luz, continuó con la capilla del Hospital de Santiago (donde hice yo la oportuna explicación) y concluyó ese día en la iglesia del monasterio de la Concepción franciscana, en la Puerta de Valencia. En cada caso había una intervención sobre las características históricas y artísticas del edificio elegido y un breve concierto con obras de Haendel, los dos primeros con intervenciones vocales y el último exclusivamente musical. Por cierto, las tres interpretaciones, magníficas.
         Un amistoso grupo formado por unas cincuenta personas participó animosamente en la excursión urbana, caminando por las calles de Cuenca de edificio en edificio, una experiencia que considero ha sido del máximo interés. En el grupo había por lo menos tres ciudadanos de Cuenca, cifra considerable si tenemos en cuenta la apretada agenda que los conquenses tenemos esos días, entre procesiones, preparativos para las procesiones, visita a las terrazas de los bares, paseos por los centros comerciales y otras actividades similares. Que tres personas tengan interés por visitar los edificios monumentales de su ciudad es verdaderamente un caso muy meritorio.
          Con ese gesto se ha puesto el germen para el desarrollo de un proyecto más ambicioso, que ya se insinuó hace tiempo sin cuajar en nada y que ahora parece querer volver a estimularse: una ruta cultural y turística por el barroco conquense, algo que no está contemplado para nada en los tópicos recorridos que los guías convencionales ofrecen a los visitantes de esta ciudad pero que, además, sería de enorme utilidad para los propios conquenses, empezando por los grupos de menor edad y más desconocedores de en qué tipo de ciudad vivimos.
         Esperaremos a ver si se trata de una cortina de humo más de las que con tanta frecuencia surgen entre nosotros o si realmente es un proyecto llamado a tomar forma real y efectiva.

EL DISCURSO POLÍTICO EN VERSIÓN LOCAL



Siempre me gusta leer, cada domingo, la columna que firma Álex Grijelmo en el suplemento Ideas que publica El País, con sus muy atinadas observaciones sobre el lenguaje que maltratamos cotidianamente, sobre todo en grupos sociales muy determinados, como los charlistas de radio y TV, los políticos y los deportistas, amén de algunos otros. A los políticos y su peculiar jerga se refería Grijelmo en su última entrega dominical que, además de ilustrativa e interesante, resulta divertida.
Es verdad que casi todos hemos asumido, con mansa aquiescencia, que los políticos tienen unos códigos expresivos que no son los que utilizamos el común de las gentes de a pie, pero como nos hemos acostumbrado a esa palabrería, ya no nos sorprende. Sí nos resultaría chocante que, en una conversación normal, entre personas no signadas por el aura de la política, nos dijéramos algunos a otros las cosas que ellos se dicen.
Y así, saliendo el ámbito generalista en que se mueve Grijelmo y entrando en el nuestro, provinciano y conquense, les oímos decir, una vez y otra, que tal cosa ocurre “como no puede ser de otra manera”, dando así un grado de firmeza a lo que, desde luego, sí puede ser de otra manera, todo puede ser de otra manera y nada está sujeto al fatalismo de lo inamovible.
O tienen siempre a mano lo de “ser referente”, que aplican con alegre displicencia a cualquier cosa. Que se abre un museo, será referente en su especialidad; que hay un curso de manipulación de hojarasca, “servirá de referencia”, que se les ocurre pintar las paredes de violeta, eso “será referente en el sector” y así hasta el infinito. Claro que, más eficaz aún, es lo de “poner en valor”, que viene a cuento en todo momento, sea o no de aplicación al caso. Y, por supuesto, no puede faltar distinguir claramente en el discurso entre “ciudadanos y ciudadanas”, sandez idiomática en mala hora puesta en vigor por uno de ellos y rastreramente aceptada por todos los demás, temerosos de que si usan el lenguaje con la corrección debida (“ciudadanos” basta y sobre para incluir en ese genérico a todos, no solo hombres, sino también mujeres y homosexuales) serán acusados de machistas o cosas peores, riesgo que sí asumimos libre y conscientemente quienes nos dedicamos al oficio de escribir y procurados, con la humildad necesaria, ser respetuoso con el idioma que manejamos.
Pero ajenos a todo eso y a cosas más profundas, los políticos, a todos los niveles, seguirán castigándonos con una forma de hablar ciertamente peculiar, casi exclusiva para ellos y que los demás, ciudadanos de a pie, seguimos con el mejor humor posible, sabiendo lo que quieren decir, aunque lo digan mal.
Porque si hablaran bien, en un idioma inteligible, sin tópicos, mentiras o medias verdades, llamando a las cosas por su nombre, a lo mejor saldríamos todos corriendo.
(Como ilustración he encontrado en Google esta imagen de un grupo de políticos discutiendo sobre el calentamiento global, escultura de Isaac Cordal, que existe en Berlín).



LA MIRADA DE ZÓBEL SOBRE CUENCA



            
El inicio del mes de junio suele estar marcado cada año por el nombre (su recuerdo) de Fernando Zóbel. Murió el día 2, en Roma, en 1984; tres años antes, el 5 de junio de 1981, entregó su colección, la del Museo de Arte Abstracto, a la Fundación Juan March, en lo que fue una decisión que disgustó a los políticos locales de entonces pero que fue de una clarividencia asombrosa, porque con ese gesto garantizó la pervivencia de su legado que, de haber caído en manos municipales, estaría en el mismo sitio en que hoy se encuentran los de Juan Zavala o Raúl Chávarri o Manuel Real Alarcón o Pedro Mercedes, o sea, almacenados en oscuros depósitos, invisibles para todo el mundo.
           


Han pasado ya 33 años y sin embargo la figura de Zóbel sigue planeando con total vigencia sobre el arte español (su obra se revaloriza por días) pero, sobre todo, en cuanto interesa a nuestra visión localista, en torno a Cuenca. Esto no es frecuente. Soy consciente de que los seres humanos, una vez que cumplen con su periodo vital, pasan casi de inmediato al olvido. Podemos constatarlo intentado recordar a figuras de más o menos relieve, escritores o artistas, muertos hace apenas unos meses o un par de años, cuya memoria se ha diluido por completo, arrastrada por esa corriente impetuosa que solo da vigencia a lo más inmediato, a lo que está de moda. No es el caso de Zóbel y eso me parece verdaderamente notable.
            Una muestra de la vigencia de Zóbel y de su mirada sobre Cuenca la encontramos en un hecho reciente, casi anecdótico. Hace unas semanas apareció en el escaparate de una librería de Cuenca un título rescatado de las sombras difusas del tiempo: Cuenca. Sketchbook of a Spanish Hill Town, sin identificación de autor aunque el delicioso trazo del dibujo incluido en la portada permite adivinar fácilmente a quien se debe la obra. Entre mis pequeños tesoros bibliográficos está la dedicatoria que me firmó Zóbel en la edición original: “Para José Luis en el estudio el 12 de enero 1976”. Lo había editado la Harvard College Library en 1970 y ahora reaparece en edición facsímil impulsada por la Fundación March. No tengo la menor idea de cuántos habitantes de esta ciudad conocían este libro, una auténtica joya, pero imagino que pocos, por lo que no me importa recomendar calurosamente a quienes no lo tengan que busquen ahora esta reedición (la original se agotó hace lustros) y disfruten con ella.
            El texto introductor, breve, está en un inglés muy asequible, pero lo realmente valioso e interesante son los deliciosos dibujos de Zóbel, la mayoría en suave línea negra pero algunos de ellos coloreados y acompañados todos de un breve comentario personal que no solo ayuda a entender a la persona sino también su visión de la ciudad que voluntariamente eligió para vivir. Observa las calles, los rincones, las personas. Su imagen de la plaza entonces de Cánovas, sin el Nazareno pero con el Pastor de las Huesas del Vasallo, le merece este comentario: “La plaza, con el monumento al pastor, y encima, el hospital de Santiago. Lo verdaderamente característico son los conquenses paseándose por el centro de la calle Carretería”. Dibuja Zóbel, sobre todo, los rincones de la parte alta, y con su trazo nos devuelve las imágenes de una ciudad perdida, adormecida ya en la memoria, desconocida para quienes han venido después: “La casa de Antonio Saura en la calle de San Pedro. A la izquierda el estudio (con una raja de arriba hasta abajo que ahora la está arreglando Emilio), en medio el patio con jardín, y a la derecha, la casa propiamente dicha. La que sigue es la de Ángeles Gasset”.
            Están también los interiores de algunas casas, de la suya propia, o de los sitios que frecuentaba y lo describe no solo con la minuciosidad del dibujo sino también de la palabra, tan querida y tan bien tratada por el artista. “Nuestro comedor en el restaurante Baviera. Antes esto era un almacén de botellas que tenía Pepe. Le pintamos las paredes de chocolate, el suelo de naranja tostado y las puertas blancas. Y luego colgamos carteles de exposiciones. Yo le regalé unos tarros de farmacia para las flores y le pintamos las sillas de negro. El teléfono sobra, pero qué le vamos a hacer?”.

            Entrañable Fernando Zóbel e inmensa su capacidad, para con tan limpios y sencillos elementos (unos dibujos, unas palabras)  ofrecernos un considerable contenido descriptivo, urbanístico y sentimental de esta ciudad.

ÓSCAR PINAR EN EL PAISAJE URBANO DE CUENCA


            Todas las muertes llevan consigo un sentimiento de pesar, más acentuado en la medida en que el fallecido ha estado acompañado de cierta notoriedad pública (artista, escritor, deportista, político), pero hay además un grupo, no muy amplio, que produce una cierta orfandad visual, porque su figura estaba tan presente en la vida cotidiana que, por decirlo de algún modo, formaba parte del paisaje urbano. Óscar Pinar estaba en ese grupo. Durante años, su figura estaba vinculada a cualquiera de los rincones de la parte antigua de Cuenca. De hecho, la última vez que lo ví fue un par de semanas antes de morir, cargado con su caballete y maleta, cubierto con su inevitable sombrero de paja, en las inmediaciones del puente de la Puerta de Valencia. Antes, hace unos años, le dediqué un comentario cuando estaba pintando en el puente de los Descalzos. Porque a Óscar Pinar lo podíamos encontrar en cualquier momento, en horas en que le podía acompañar la luz solar, para dedicarse, de manera incansable, a lo que era para él no sólo un oficio profesional sino una vocación insustituible, un fervor natural permanente hacia la habilidad de combinar en la paleta aquellos colores tan personales que nos permitían a todos, de inmediato, reconocer su obra.
            No fue un pintor exclusivo de Cuenca pero sí la ciudad estuvo presente de forma mayoritaria en sus objetivos. Pintó también en abundancia los campos alcarreños y manchegos e incluso de otros territorios más alejados a los que viajó para presentar exposiciones. Era, estoy seguro, uno de los últimos paisajistas conquenses y, desde luego, muy seguramente, el último en pintar en vivo y en directo; si hay más, yo no los he visto pero puede que los haya.
            De las diversas cualidades humanas de un siempre bondadoso Óscar Pinar, a la vez siempre también severamente crítico hacia los factores negativos (que los hay, y no son pocos) envolventes en esta ciudad de nuestros dolores, hay una que me pareció muy respetable: su presencia constante en cualquier cita de carácter cultural, a las que acudía puntualmente, en la mayoría de los casos acompañado de su mujer.

            Vuelvo al comienzo. No sólo hemos perdido un ser humano, un artista, sino un elemento sustancial del paisaje urbano de Cuenca.

domingo, 9 de julio de 2017

CUENCA EN LA MIRADA DE LÓPEZ TOFIÑO



Paseo silencioso y solitario, acompañado de yo mismo y mis ideas, entre las paredes que en la Fundación Antonio Pérez acogen las fotografías de Vicente López Tofiño (Cuenca, 1949), alternando la mirada de mis ojos hacia esas imágenes y algún vistazo a la hoja de papel que, con la firma de Publio López Mondéjar, intenta decir algo, comentar, orientar al espectador sobre lo que tiene delante. No dice nada nuevo, pero sí lo hace con convicción y sabiduría, resumiendo acertadamente la personalidad de ese fotógrafo que nos habla desde las paredes de la Fundación, lisas las de una sala, pétrea las de la otra. Estas fotografías, dice Publio, “son el resultado de su portentosa intuición, de su innato talento para acotar los ámbitos más relevantes de lo real, de su capacidad para fijar el mundo que le rodea en la memoria eterna de la cámara”. Ese mundo envolvente es el de Cuenca, la ciudad y sus gentes, momentos concretos, instantes vitales captados a la velocidad de un click nada espontáneo. Eso queda solo para los aficionados irredentos que vamos con la cámara en la mano, disparando a diestro y siniestro según los impulsos que nos provoca el ánimo tornadizo.
Está claro que López Tofiño no improvisa, aunque parezca que esas imágenes surgen también de un arrebato instantáneo. Antes de eso, el fotógrafo-artista ha estudiado la situación, ha situado los elementos que le interesan, busca el encuadre, fuerza el objetivo, selecciona el momento y luego dispara, pacíficamente. Porque, y vuelto al texto de López Mondéjar, “Tofiño atesora tres virtudes esenciales para realizar su trabajo: la penetración de su mirada, la intuición y el corazón”.

Sigo paseando, silencioso y solitario, recreándome en ese mundo nada mágico, sino totalmente real, que transmite la mirada de un artista con cámara, paseante por la ciudad, buscador de momentos. Se puede ver hasta el día 16 de julio. Merece la pena darse un paseo por la parte alta de Cuenca, entrar en la Fundación, y disfrutar de esta inmersión fotográfica.

sábado, 8 de julio de 2017

UNA ESCULTURA DE REDONDO BADÍA


Lorenzo Redondo Badía acaba de instalar en una calle de Cuenca, la de Colón, en el jardincillo que hay delante de la UNED, una escultura dedicada a la Familia, así, en general, formada por las imágenes de una pareja (hombre y mujer) acompañadas de varias otras infantiles, sus hijos, sin duda alguna. En una ciudad que no es muy proclive a la estatutaria urbana, esta aportación tiene mucho de singular, tanto por su mérito intrínseco como por lo que significa de tomar conciencia de que, entre sus artistas, hay uno que viene trabajando con absoluta constancia, desde hace muchos años, sin alharacas ni vanaglorias de las que con tanta fruición se reparten a veces alegremente.
Lorenzo Redondo (Cuenca, 1947) lleva una vida austera que se refleja en su escasa presencia pública, aunque es fácil verlo como atento espectador en la mayoría de los actos culturales que se celebran por aquí. Su actividad es tan silenciosa que el último dato que encuentro sobre él se refiere a una exposición del año 2014, en la Sala La Carbonería, donde presentó no sólo figuras escultóricas sino también dibujos. Antes de eso, no había participado tampoco excesivamente en exposiciones, alguna en las salas existentes antiguamente en la ciudad y poco más. Parece que tiene el propósito, no se si firme o solo en teoría, de ofrecer una muestra retrospectiva, general, de su trabajo y sería bueno que esa intención llegara a transformarse en un hecho tangible.
La escultura que desde hace unos días se encuentra incorporada al paisaje urbano de Cuenca se inscribe, según lo define el propio artista, en un estilo ‘nuevo figurativo’ y quiere representar a unos padres con cinco hijos, a semejanza de las fotos de los antiguos libros de familia numerosa. Pesa unos 3.500 kilos de peso y ha sido trabajada en una piedra caliza blanca de Novelda de 4.600 kilos, con unas dimensiones respetables, puesto que mide unos 3 metros de anchura, 1,35m de altura y 0,65 m de grosor.
            Por cierto: sería interesante que al lado de la escultura se colocara una placa identificadora, con el título y el nombre del artista. Y ya puestos, eso mismo podría hacerse con todas las demás esculturas que hay en la ciudad. No son muchas, pero sus autores merecen ser conocidos.


jueves, 6 de julio de 2017

EL CARRO DE LA BASURA



Formo parte de una generación que se educó en unos valores que para nosotros tenían cierta consistencia, y no solo porque así lo establecía un catecismo que repetíamos con verdadera reverencia sino porque asumíamos aquellos principios con auténtica convicción. De todas aquellas ideas vinculadas con la ética, la moral, el respeto, la educación y otras cosas parecidas, las relacionadas con la verdad y la mentira formaban parte con absoluto rigor del código de principios que integraban nuestra vida desde los primeros años. A pesar del deterioro del tiempo y de los bandazos que va dando la existencia cotidiana, quienes además entramos en el oficio del Periodismo teníamos un motivo añadido para considerar que la búsqueda de la verdad era un principio insoslayable de nuestra trabajo, que debía ser expuesto a la opinión pública con absoluta honradez y transparencia, seguros de que habíamos hecho todo lo posible para aproximarnos a ese valor intangible, conscientes de las dificultades pero apoyados en la tranquilidad de haberlo intentado, con profesionalidad y rigor.
            Como lector que sigo siendo de periódicos (incluidos los que forman ese especia amorfa y manipulable a la que llamamos digitales) compruebo, ya sin estupor, que todo eso ha desaparecido. Raúl del Pozo lo acaba de escribir de forma contundente: “En el fragor político, da igual mentir que decir la verdad” y pone el ejemplo de cómo “el apogeo de la ficción y la calumnia se da en Cataluña”. Es claro que el caso catalán viene a ser el paradigma de la inmersión de todo un colectivo amplio en la más disparatada rueda de invenciones, falacias y mentidas jamás imaginables, pero no sólo hay que referirse a ese caso extremo. A mí me gusta mirar sobre todo al ambiente más próximo, el que mejor conozco y tengo al alcance. Miremos, oigamos y leamos a los integrantes de la clase dirigente conquense. Resulta ya verdaderamente pavoroso comprobar con qué impune alegría mienten (o distorsionan la verdad, que es otra cosa similar) un día sí y otro también. Entre todos ellos, hay un personaje singular que carece absolutamente de cualquier reparo a la hora de difundir falacias varias, hasta el punto que uno ya no sabe si en verdad está mintiendo, o se vive en un mundo de fantasía de donde extrae las más peregrinas invenciones, sin sustento alguno en la realidad.
            Ante eso nos encontramos con una población desprotegida, carente de los mecanismos necesarios para discernir entre la verdad y la mentira y ese es, finalmente, el más triste de los pensamientos, la más amarga de las conclusiones.
            O, si prefiere, podemos poner el broche con una lapidaria, demoledora, frase final de Manuel Vicent a uno de sus artículos semanales: Salgan a ver el cortejo: es el carro de la basura cargado de políticos y periodistas que van hacia el vertedero”.



lunes, 3 de julio de 2017

PREMIO A LA DINAMIZACIÓN CULTURAL


            Alguna vez, en el pasado, escribí algún comentario crítico sobre la inexistencia de galardones regionales llamados a reconocer el mérito de los creadores y trabajadores de la cultura, como ya los hay a otros niveles, estatal y de la mayoría de las regiones y como también aquí, en la nuestra, se dan (y en abundancia, por cierto) a quienes practican deporte. Ya se ha subsanado el déficit y desde ahora hay premios a la Excelencia cultural en Castilla-La Mancha. Según la versión oficial que explicó su creación, vienen a premiar la capacidad cultural en la actividad realizada, la representatividad que pueda tener entre los castellano-manchegos hacia el exterior de nuestra región y la calidad de los trabajos.
            Las categorías implantadas han sido:
            Medalla al mérito cultural extraordinario.
            Medalla al mérito cultural en el Patrimonio Cultural
Medalla al mérito cultural en las Artes Plásticas.
Medalla al mérito cultural en las Artes Escénicas y la Música
Medalla al mérito cultural en la Creación Literaria, Edición y Fomento de la Lectura.
Como suele suceder en estos casos, leo la relación de premiados buscando entre ellos los nombres más cercanos, los que, según yo, deberían haber sido incluidos, reconocidos, pensando, iluso de mí, que entre nosotros hay algunos, quizá no muchos, que podrían haber recibido algunas de esas distinciones. Me quedo con un palmo de narices. Salvo una, de tipo genérico, dirigida al colectivo de ciudades Patrimonio de la Humanidad (al parecer, en algunos otros sitios se hacen cosas culturales de mérito) solo encuentro una institución digna de recibir la medalla al Mérito Cultural en las Artes Plásticas: la facultad de Bellas Artes de Cuenca, por ser dinamizadora del mundo de las artes plásticas tanto en Cuenca como en toda la región.
No quiero ocultar mi desconcierto. Para empezar, una facultad universitaria es un ente académico, no cultural, aunque la administración se empeñe en unificar ambos conceptos, pero son cosas distintas. No concibo yo que a una institución educativa se le de un premio como institución cultural, pero menos aún en el caso concreto, porque la presunta dinamización que ejerce la facultad de Bellas Artes se queda para ella misma, de puertas adentro, sin reflejo alguno ni trascendencia en la ciudad, con la que viene manteniendo, desde sus primeros pasos, una absoluta desconexión.

Con lo que tenemos motivos suficientes para quedarnos, literalmente, pasmados, con esta primera remesa de premios culturales.

DISFRUTANDO CON ESTIVAL CUENCA


            Verdaderamente, es aleccionador, muy aleccionador, el impulso privado que hizo nacer Estival y que lo mantiene, seis años ya, en activo, con una programación en creciente desarrollo, ampliando objetivos, diversificando propuestas. Destaco el hecho de que el proyecto surgiera en un ciudadano que con sus propias fuerzas, imaginación e iniciativas puso en marcha lo que ninguna institución había conseguido: un auténtico festival de verano que traiga a la ciudad de Cuenca, durante unos días, una semana y pico, un variado panorama musical centrado en sugerencias modernas, especialmente en torno al jazz, pero también, como ocurre este año, con aportaciones del flamenco y de la música ética o folklórica. Y que, como digo al principio, va incorporando atractivas sugerencias, como talleres de música para personas con discapacidad, para niños, guías de lectura, una dimensión gastronómica y otra científica, en fin, como digo, un amplísimo panorama que entre el 29 de junio y el 7 de julio impregnan la vida cultural de esta ciudad, sin olvidar la frustrada lectura poética prevista para la mañana del domingo pasado y que se evaporó sin más explicaciones.
            Detrás de todo está Marco Antonio de la Ossa, musicólogo y profesor universitario, inquieto sujeto desde sus años jóvenes (lo sigue siendo, pero ya menos, como es natural), dotado de una capacidad innata para mover voluntades e inventar situaciones de riesgo, pero atractivas, como se demuestra por la amplia respuesta popular a los contenidos de un programa que este año incluye grupos como Trinidad Montero & Juan Antonio Sánchez, The Harto a reir, Pin Pan Pun y Los Cencerros, José Enrique Morente, el grupo flamento de la conquense Virginia García Vicente, Miguel Iroshi, Cristina de la Ossa, Juanfe Pérez, Miguel Olivera Group, Foxy Jam, Jazzodrom, la banda conquense The Teacher’s Band, Rozalén, Anna Jiménez & The Band, el gran grupo folklórico gallego Luar Na lubre precedido por Zas!!candil Folk, Mariola Membrives, Jazz Clazz, Aurora & The Betrayers, Le Petit Swing y Zarandea, a los que se añaden las otras propuestas mencionadas antes.
            Con un considerable esfuerzo personal, Estival Cuenca se está configurando como el auténtico y verdadero festival de verano que Cuenca necesitaba desde hace muchos años, que algunos hemos pedido de manera insistente, creyendo que una iniciativa institucional sería capaz de promover semejante cosa, sin que nunca se haya conseguido, en unos casos por falta de medios y en otros, la mayoría, por falta de ganas. El problema está resuelto mediante un encomiable impulso privado, sorprendente en cierta medida en un lugar en el que casi todo el mundo recurre a lo público como vía para solucionar cualquier tema. En este caso, hay colaboraciones, bastantes colaboraciones, públicas y privadas, la mayoría en especie, pero lo que predomina, por encima de todo, es la voluntad de llevar adelante este propósito y ello merece, desde luego, un cálido apoyo, con la esperanza de que no se tuerza y pueda prolongarse durante mucho tiempo. Falta hace.



domingo, 2 de julio de 2017

LA JONDE, EN CUENCA


Busco en los medios, impresos y digitales, algún comentario (crítica es mucho decir) sobre el que posiblemente ha sido el mayor acontecimiento musical de la temporada que ahora termino y, como me temía, no encuentro ni una palabra. Ni una foto siquiera, que era el recurso empleado hasta no hace mucho para dar, al menos, fe de lo sucedido. Pero nada hay sobre el que ha sido, como me cuentan, memorable concierto de la Joven Orquesta Nacional de España, el pasado día 26, en el Teatro-Auditorio de Cuenca.
            Me lo cuentan porque, desdichadamente, yo estaba esos días fuera de la ciudad y, por tanto, me lo he perdido y lo siento, no solo por la JONDE, que ya es mucho, sino porque en esta ocasión venía nada menos que con la Novena Sinfonía de Mahler, una de las obras que marcan las cumbres de la música moderna, equiparable en grandeza, profundidad y sentimiento a los momentos culminantes de Beethoven o Bach. Así que doble sentimiento, derivado de las limitaciones humanas que nos impiden poder estar en dos sitios a la vez, salvo en las historias de ciencia-ficción.
            Cuando yo entré en el mundo de la música, como programador, Mahler era una especie de monstruo temible, con el que muy pocas orquestas españolas se atrevían, por la complejidad de sus estructuras y las exigencias de formaciones capaces de acometer el impresionante mundo creativo que el compositor ponía en juego. Esporádicamente, en algún concierto de cámara aparecía una pieza menor, apenas un aperitivo para lo que Mahler representa. Pero llegó la oportunidad de poder tener al alcance de los melómanos una auténtica sinfonía. Fue con ocasión de la celebración del décimo aniversario del Teatro-Auditorio, y vino de la mano de la Orquesta Sinfónica de Berlín, con el maestro Eliahu Inbal al frente, para interpretar la Sexta Sinfonía.  Verdaderamente, la ocasión mereció la pena y yo me sentí especialmente satisfecho (y orgulloso también, por qué no decirlo) de que al fin una obra completa de Mahler hubiera podido oírse en un Auditorio que estaba dando justos motivos para ser considerado como un completo recinto musical de primer orden. Un par de años después, la misma orquesta berlinesa y con el mismo director volvieron, en este caso dentro de la programación de la Semana de Música Religiosa y ahora con la Novena.

            Pocas orquestas españolas se atreven con Mahler. La JONDE lo acaba de hacer y, por lo que me dicen, ha estado a la altura de una formación de primer orden, seria, conjuntada, con la sonoridad vibrante que exige una obra de esas características, un testamento musical en el que el compositor transmite a los oyentes la profundidad de unos sentimientos que van de la angustia a la esperanza y la consolación, en vísperas de que llegue el momento del tránsito vital. Con esta Novena, Mahler se despedía de la vida, dejando inconclusa la Décima. Oírla es, cada vez, una emocionante experiencia. Y en manos de los instrumentistas de la JONDE una cálida expresión admirable.
             Que debería haber merecido en los medios que se llaman de información la atención justa y necesaria.

jueves, 15 de junio de 2017

UNA FRUSTRADA REUNIÓN POÉTICA


Esta semana que ahora llega a su mitad debería haber estado marcada, en la Agenda de la Cultura que elaboro diariamente contra viento y marea, dentro de un moderado interés colectivo, por la celebración de un evento titulado Leer y entender la poesía. Poesía, historia e ideología. La cita, con la poesía como pretexto nada baladí, debería ocupar dos días de esta semana y fue debidamente convocada, con programa y relación de participantes incluidos, para que quienes estuvieran interesados formalizaran su inscripción, de acuerdo con los requisitos burocráticos que el ente universitario tiene previsto para estos menesteres.
Se puede deducir, del tono impuesto hasta ahora a mis palabras, que lo que presuntamente iba a ser en realidad no lo ha sido. La convocatoria fue anulada y la cita queda postergada para una mejor ocasión.
Conviene, quizá, echar un poco la vista atrás y rehacer brevemente la historia de este suceso. El curso Leer y entender la poesía se puso en marcha hace unos 15 años, cuando aún vivía su principal promotor, Diego Jesús Jiménez, que consiguió colocarlo en su tierra natal, Priego, en el punto neurálgico en que confluyen la Serranía y la Alcarria. Gracias a esta iniciativa, que desde el primer momento contó con el apoyo del Ayuntamiento de Priego y de la Universidad de Castilla-La Mancha, con aportes esporádicos de la Diputación, el curso fue avanzando en años, en sabiduría, y en experiencias, acumulando un largo rosario de figuras señeras de la poesía española que hicieron que, durante unos días, la lánguida vida de un sencillo pueblo conquense encontrara motivos para el dinamismo vital y la curiosidad. Murió el promotor pero la idea continuó existiendo, ahora llevada de la mano por jóvenes profesores encabezados por Martín Muelas y Ángel Luis Luján.
No faltaron nunca dificultades y problemas, cosas ambas que son como el pan nuestro de cada día cuando se habla de Cultura en Cuenca o se quieren interrelacionar ambos conceptos, Cultura y Cuenca. Pero el invento iba marchando y cubriendo etapas hasta que sucedió algo normal en un sistema democrático: en 2015 hubo elecciones, cambió el signo político del Ayuntamiento de Priego y el nuevo alcalde (del PP, naturalmente) pensó que eso de invertir tiempo y energías en cosas poéticas era una solemne tontería. La cosa es más llamativa si tenemos en cuenta que el Ayuntamiento de Priego no tiene que hacer nada, ni trabajar en nada, ni aportar ni un céntimo. Solo respaldar que la ciudad acoja el curso y que para hacerlo se pudiera utilizar el centro cultural municipal. Como la burricie del gremio de alcaldes no tiene límites en ningún sitio, el curso quedó cancelado. Al alcalde de Priego le pareció un lujo innecesario que el nombre del lugar estuviera vinculado a una cosa tan inútil como un curso de poesía. Sin duda, debió pensar el munícipe, hay en este mundo otras muchas cosas más apasionantes a las que dedicar su tiempo y no a oír tontunas esotéricas sobre poesía.
Sus promotores, insistentes ellos, pensaron que sería buena fórmula traerlo a la capital de la provincia, donde dicen los sloganes publicitarios hay mucho ambiente cultural. Y así, con esa optimista perspectiva, se puso en marcha la convocatoria de este nuevo curso, cuyo objetivo es explorar la condición de la poesía como documento histórico más allá o junto a su condición de objeto estético. Entender las relaciones que la poesía establece con el tiempo en que fue escrita, situarla en sus coordenadas sociales e ideológicas nos puede ayudar a entender mejor su lugar entre los discursos existentes en una época. Desde estas premisas los ponentes se proponían realizar un recorrido desde la poesía comprometida de los cincuenta hasta las nuevas formas de compromiso y de testimonio. Teorías acompañadas, como es inevitable en una cita poética, de los convenientes y necesarios recitales de autores presentes en la reunión.
Todo se ha ido al traste por la escasa respuesta recogida de quienes podían haber mostrado algo de interés por asistir. Los promotores no se rinden, creo. Quieren reunir fuerzas y entusiasmos para volver a intentarlo en otoño, con otra fórmula que soslaye las dificultades organizativas de un curso universitario y relanzarlo de nuevo, quizá en otoño. Para entonces, volveremos a hablar del caso.




martes, 13 de junio de 2017

UN SUEÑO CON GOYTISOLO


Un ciudadano español es asesinado en Londres. Se trata de un crimen alevoso, envuelto además en el entorno de un atentado provocado por tres locos suicidas que deciden ganar un puesto en el cielo islámico aportando como mérito esencial (único, en realidad) haber matado indiscriminadamente a varias personas. Una de ellas era Ignacio Echevarría  Para repatriar su cuerpo, el gobierno envía a un avión oficial de las Fuerzas Aéreas; el féretro es trasladado y recibido con todos los honores y el necesario despliegue de los medios informativos. A pie de escalerilla espera el presidente del gobierno con una condecoración que se entrega a los padres de la injusta víctima del terrorismo. España y su gobierno se han portado bien con Ignacio Echevarría.
A varios miles de kilómetros de distancia, un par de días antes, otro ciudadano español ha muerto, en este caso de vejez y, por lo que sabemos de él, también de amargura y pesimismo. La vida de Juan Goytisolo no ha sido truncada de manera violenta sino que ha llegado hasta el final por sus pasos contados, dejando tras sí una larga estela de obras literarias y algunos premios para acompañarla. Ha muerto en Marrakech, donde vivía, y ha sido enterrado en Larache, al borde del Atlántico. Nadie del gobierno ha viajado a Marruecos para que en ese entierro hubiera una representación oficial del país al que la palabra de Goytisolo ha ennoblecido. Que se sepa, el presidente del gobierno no ha dicho ni media palabra (ni siquiera tópicas) sobre los méritos de este ciudadano que hizo de la lengua española su utensilio de trabajo.
El año pasado, en Marrakech, paseando por la plaza de la Jemaa, el lugar preferido de Goytisolo en su lugar de apartamiento, quise tener la buena suerte de tropezármelo por allí, como si fuera un objeto turístico más, pero no se dio el caso y eso me dejó un tanto frustrado porque, iluso, llegué a pensar que el sueño infantil sería posible.
Me gustaría saber, solo por curiosidad, quién decide, en la Moncloa y aledaños, qué muertos son de primera y cuáles de segunda. Y conocer, de paso, si en ese palacete donde se cuecen los grandes negocios del país, hay alguien que tenga alguna preocupación, aunque sea pequeña, para cubrir el expediente, por las cosas de la cultura. Porque al señor Rajoy, lo sabemos también, se le verá en la final de las competiciones deportivas, incluida la última victoria del Real Madrid en Cardiff, pero nunca lo hemos visto ni en las galas de los Goya (o similares) ni en la entrega del premio Cervantes ni en ninguna otra molesta y culta situación parecida.



miércoles, 31 de mayo de 2017

LOS VALDÉS Y SU TIEMPO


Este es un buen momento para recomendar una visita a la Biblioteca Pública “Fermín Caballero” y pasar un rato entre las vitrinas que exponen libros con varios siglos de antigüedad, en torno a la figura de Juan de Valdés y, complementariamente, también sobre su hermano Alfonso. La primera impresión apabulla: que alguien se haya dedicado a recopilar, recoger, buscar, coleccionar, comprándolos, naturalmente, estos libros que desprenden historia y sabiduría, todo a un tiempo es, en verdad, algo sorprendente. Pues eso es lo que ha hecho Antonio Escamilla Cid, cuya afición se orienta hacia algo tan encomiable como la que tenemos a la vista: ejercer una delicada afición bibliográfica (creo que también hacia otras cosas, pero aquí es esa la que interesa).
Tras las tinieblas, la luz: los hermanos Valdés, su época y su entorno, es el título, ciertamente expresivo, de lo que nos espera en esta exposición que no tiene la grandeza (en espacio) ni la parafernalia (en mecanismos publicitarios) que acompañan a otras y por ello no se tampoco si consigue el efecto deseable, el impacto cultural que debería ejercer en una sociedad cada vez más necesitada de estímulos como éstos, para compensar las miserias de una vida cotidiana envuelta en unos mecanismos tan vinculados a los impactos mediáticos de cada jornada (ya saben: corrupción por acá, Cataluña por allá, Ronaldo y Messi en este lado, procesiones a toda pastilla y cosas por el estilo).
La época que ocupan los hermanos Valdés y su propia obra ha dado para extensos trabajos de investigación y de interpretación. Quizá en esta exposición se enfatiza en demasía la vinculación de ambos con los movimientos reformadores que pusieron en cuestión los principios hasta entonces intocables de la Iglesia romana pero sin que yo quiera en absoluto desmerecer esas interpretaciones, me interesa mucho más la dimensión estrictamente literaria, más aún, lingüística de lo que ambos hicieron, poniendo firmísimos fundamentos para elaborar el idioma castellano que hoy utilizamos.
Ahí, en esa exposición, están ambas cosas, los libros de fundamento religioso al borde de lo herético y las obras literarias de profundo calado. Hay numerosas ediciones de las obras de ambos hermanos y también otras muchas relacionadas con el propósito que se desprende del encabezamiento, esto es, en torno a la Reforma en España y a los más destacados protestantes que en tiempos tan duro se atrevieron a alzar la voz, sin que falte, como es lógico, la adecuada representación de Constantino Ponce de la Fuente, otro cura conquense rebelde y por ello mismo pieza predilecta de la Inquisición. No faltan antiguas Biblias protestantes escritas en español, obras de Erasmo, Calvino y Lutero, acompañadas de una breve pero sustanciosa colección de grabados de los personajes protagonistas de la exposición.
Una cita muy interesante y una visita necesaria, aunque solo sea como curioso paseo por una parte fundamental de nuestra cultura colectiva.


jueves, 4 de mayo de 2017

UNA CALLE MAYOR MUY SINGULAR



            Hace apenas unos meses, en noviembre del año pasado, se celebró la 19ª Semana de Cine de Cuenca, recuperada tras varios años de ausencia por el Cine Club Chaplin y que, entre sus diversos ingredientes, todos ellos de contenido cinematográfico, como parece obvio decir, se incluyó un ciclo conmemorativo dedicado a la figura del director Juan Antonio Bardem y a la que, con toda probabilidad, fue su obra más significativa, Calle Mayor, rodada parcialmente en Cuenca en la que, según parece ser coincidencia generalizada, es la película que mejor y con mayor justeza ha sabido recoger imágenes de nuestra ciudad como soporte visual para un argumento narrativo. Calle Mayor es una historia que recoge con asombrosa fidelidad la vida y las miserias humanas (también la dignidad de su personaje femenino protagonista) en una pequeña ciudad provinciana en los duros años del franquismo y para ambientar ese relato, tomado de una obra de Carlos Arniches (La señorita de Trévelez), Bardem encontró en las calles, los rincones, los puentes y el paisaje de Cuenca el escenario adecuado.
            Aquella conmemoración, 60 años desde el estreno de la película, tuvo en el ámbito de la Semana de Cine tres soportes: un pequeño seminario, una gran exposición y, lógicamente, la proyección de la película en una versión restaurada y remasterizada, que permite ahora recuperar con plena nitidez aquellas magníficas imágenes en blanco y negro y a la que se acompañó, con características de estreno absoluto, el primer visionado de una entrevista realizada a Bardem en la Posada de San José, en la que habla de él mismo, su obra y su compromiso político y, naturalmente, del rodaje de la película en Cuenca.
            Ahora llega a las manos de los aficionados un excelente ejemplar impreso que recoge el desarrollo de aquella actividad. Cuenca, Bardem y su Calle Mayor, es un volumen editado por el Cine Club Chaplin y coordinado por Pepe Alfaro y Pablo Pérez Rubio, autores a la vez de la introducción al texto (que se abre con un comentario a cargo del presidente del Cine Club, José Luis Muñoz), con el que sitúan, con perspectiva histórica, la aparición de la película, su impacto social y fílmico y las motivaciones que han hecho recuperar aquel momento cinematográfico especialmente intenso, en el que Bardem eligió a Cuenca, aunque en la película nunca se menciona este nombre, como síntesis representativa de la España de un momento singularmente preciso, “con su rancio catolicismo, su estratificación social, su represión colectiva, su patriarcado y su asfixia general”.
            Tras este comentario inicial, el libro recoge el texto íntegro de las dos conferencias pronunciadas durante el seminario, “Calle Mayor, de Juan A. Bardem, y la imagen de Cuenca”, de Juan A. Ríos Carratalá, un texto verdaderamente esclarecedor, a cargo de un auténtico especialista en la obra de Bardem y “De conflictos, oposiciones y contrastes”, de Antonio Santamarina, hasta poco tiempo antes director de la Filmoteca Español y experto en el análisis de la realidad cinematográfica de la España que nos ocupa. Estos artículos se completan con un tercero, a cargo de uno de los coordinadores de la actividad, Pablo Pérez Rubio, quien desmenuza en forma crítica “Drama provinciano, melodrama del deseo”.
            Por su parte, Pepe Alfaro ofrece datos y detalles del rodaje de la película y aporta una curiosa noticia sobre el proyecto de Bardem de realizar una segunda parte, para la que incluso llegó a esbozar un guión, propósito que hubiera sido la oportunidad de volver a utilizar los escenarios de Cuenca. Finalmente, el contenido literario de este libro se completa con un breve artículo de Antonio Lázaro, autor de la entrevista con Bardem que hemos comentado anteriormente.
            La segunda parte del libro tiene contenido fundamentalmente gráfico, ya que incluye la totalidad de las fotografías, realizadas por Felipe López, que estuvieron montadas durante la exposición celebrada en el Centro Cultural Aguirre durante el periodo de celebración de la Semana de Cine de Cuenca. Se trata, realmente, de una colección de excepcional belleza plástica en la que dos elementos, película y ciudad, se combinan de forma extraordinaria para ofrecer una simbiosis tan expresiva como conmovedora de un momento ciertamente singular, vivido hace ahora 60 años, y recuperado con plena y sorprendente vigencia.



miércoles, 26 de abril de 2017

LO DEL CASTILLO DE GARCIMUÑOZ

           


          La RACAL ha decidido emitir un comunicado sobre "lo" del Castillo de Garcimuñoz, o sea, lo que ha sucedido allí con una presunta intervención restauradora promovida nada menos que por el ministerio de Fomento. Como comparto lo que dice el ente académico, presto esta tribuna para que el comunicado se pueda difundir más ampliamente y llegue hasta donde pueda llegar, o sea, a los ciudadanos interesados por la cultura y el patrimonio de nuestra provincia. Dice así el texto aquí reproducido:
          La Real Academia Conquense de Artes y Letras desea hacer pública su posición sobre la intervención realizada en la fortaleza de Castillo de Garcimuñoz. Se trata de un poderoso inmueble de noble presencia que ha sufrido el paso de los siglos con intervenciones poco afortunadas. Sus muros fueron utilizados como alojamiento de nichos del cementerio y en un amplio sector se instaló la iglesia parroquial de San Juan; además, una de las torres se transformó en campanario.
            Es claro que un monumento de estas características y relativamente bien conservado, al menos en su estructura general, animara a los responsables de la administración local y provincial a pensar en la conveniencia de aprovecharlo con fines turísticos. Largas y prolongadas fueron las gestiones para conseguir una intervención del Estado que pudiera cumplir ese objetivo. Finalmente, el gobierno atendió esos requerimientos y decidió llevar a cabo la intervención, con cargo al 1% cultural, a través del ministerio de Fomento.
            Resulta llamativo que una actuación estatal se haya podido efectuar sin atender la normativa vigente en materia de intervenciones en un edificio catalogado como Bien de Interés Cultural y desoyendo las sucesivas advertencias emitidas por el organismo cualificado para ello, la Comisión Provincial del Patrimonio histórico-artístico.
También llama la atención que en todo el proceso se habla siempre de rehabilitación y restauración, cuando en la práctica lo que se ha producido es muy poca restauración y sí una atrevida intervención para implantar un contenido, en forma de estructura metálica moderna en un continente de muros medievales.
            La remodelación del castillo se realiza bajo un proyecto de la arquitecto Izaskun Chinchilla (Madrid, 1975) que ha implantado en el castillo una instalación diferenciada elaborada con elementos propios de la modernidad, incluyendo aportaciones cromáticas y técnicas contemporáneas. Es decir, se ha utilizado un edificio histórico, de determinadas características, como contenedor de un elemento absolutamente extraño para obtener unos fines que muy bien se hubieran podido lograr implantando ese elemento en cualquier otro lugar del municipio.
            La Real Academia Conquense de Artes y Letras no desea emitir ningún juicio o valoración sobre el trabajo de la arquitecto Izaskun Chinchilla, sino solo sobre el hecho de que tal obra haya sido incorporada al castillo de Garcimuñoz, distorsionando gravemente el carácter y la naturaleza de la fortaleza medieval, incluyendo los desconcertantes elementos decorativos que se han implantado en lo alto de las torres circulares y que alteran la visión general del edificio.
Los más de 2000 m2  del proyecto incluyen Cine al aire libre, Librería, Cafetería, Librería Visual y Librería de Música en lo que se denomina genéricamente “mediateca”. Los materiales principales utilizados han sido acero galvanizado, vidrio, madera y material cerámico con uniones 100% reversibles. Creemos que para conseguir este objetivo de presunta utilización popular y turística no hacía falta distorsionar el espíritu propio del castillo y lamentamos que se haya producido un nuevo e innecesario ataque contra el patrimonio histórico de la provincia y, además, desde un organismo estatal.



NIÑOS EN LAS BIBLIOTECAS


Casi todo el mundo sabe lo que es un Club de Lectura, una reunión de personas en torno a un libro, que se lee, se comenta, se discute, bajo la dirección o coordinación de otra persona, quizá un especialista, que busca en el texto los matices escondidos o los hechos sobresalientes que pueden ayudar a la comprensión de la riqueza existente en las páginas de ese volumen. El Club se reúne una vez a la semana, o al mes, o cuando lo fija el coordinador. Hasta aquí la teoría.
La novedad en el tema que hoy traigo a colación es que se trata de un Club Infantil. Doce niños, entre 7 y 8 años, han formado ese Club bautizado con el sonoro título de “Los Leones”. Lo coordina el padre de uno de ellos, Nacho Vignolo y tiene su sede en la Biblioteca Municipal del Centro Cultural Aguirre. Se reúne cada viernes en una de las salas, leen cuentos y por turno, uno detrás de otro, cada niño relata un párrafo del libro elegido para la ocasión, dando paso a otro compañero a medida que avanza la lectura y así se van enlazando consecutivamente en la narración, que todos siguen con profunda atención y que, además, ahora van completando con una especie de interpretación en voz alta, en el escenario del Centro, ayudando así a la dramatización del texto leído.
Por supuesto, un factor importante en el desarrollo de la actividad es el fomento de la capacidad de interpretación del texto, lo que obliga al coordinador a ofrecer explicaciones sobre algunos elementos del léxico que puedan resultar extrañas al vocabulario habitual de los niños o sobre algunos matices quizá ambiguos que también deben ser comentados para una correcta comprensión.

En estos tiempos dichosos en que tanto nos quejamos (casi todos) del preocupante nivel de lectura entre jóvenes y adultos, del retroceso que parece evidente en la letra impresa en papeles, cada vez más dominada por los artilugios electrónicos, que exista esta realidad de un Club de Lectura infantil nos ayuda a sentirnos menos pesimistas. Y lo seremos menos si el ejemplo cunde y surgen más clubes de este tipo en más bibliotecas públicas de nuestro ámbito provincial.
A lo mejor no todo está perdido. 

lunes, 24 de abril de 2017

ARTE ENTRE TURBAS


            Esta semana, hasta el 2 de mayo, todavía puede visitarse la exposición colectiva titulada “Turbas, arte y tradición”, organizada por la hermandad de Nuestro Padre Jesús Nazareno del Salvador, en la que, como es sabido de sobra, se integra la famosísima turbamulta que la precede haciendo resonar, sin parar un momento, tambores y clarines.
            Siempre se ha caracterizado esa cofradía por buscar un complemento literario y artístico a su propia existencia. Fue de las primeras (no me atrevo a decir que la primera de todas) que puso en la calle una publicación periódica anual, Cuadernos de Semana Santa, con la intención de fomentar los estudios sobre esta peculiar actividad conquense, tan arraigada. También ha buscado siempre la dimensión artística de la celebración, estableciendo relaciones muy íntimas con destacados creadores vinculados a Cuenca e incluso patrocinó una obra musical, titulada también Turbas, original de Cristóbal Halffter.
            De manera que no es un hecho sorprendente que haya promovido esta exposición colectiva, en la que participa medio centenar de artistas, algunos con obras que ya tenían de antes, otros con cuadros trabajados ex profeso para la ocasión y que vienen a ofrecer un curiosísimo muestrario de cómo ve cada cual esta singular manifestación, no se si decir religiosa o simplemente lúdica, que en la madrugada de cada viernes santo se escenifica espectacularmente por las calles de Cuenca.
            Es muy interesante, además de aleccionador, contemplar esta serie en las paredes de la sala de exposiciones temporales del Museo de Cuenca, en la calle Princesa Zaida, sobre todo ahora en que, pasado el habitual ímpetu inicial (todo el mundo se aglomera en estas citas el día de la inauguración, como si fuera a evaporarse después de los discursos) ahora es posible pasea por ella con tranquilidad, saboreando lo que cada cual ha percibido de las turbas, unos recogiéndolas en bloque, buscando el apretamiento de la masa, otros captando detalles sueltos, minimalistas incluso y, por supuesto, con mezcla y convivencia de todos los estilos imaginables, que eso tienen las colectivas, en que cada cual aporta lo que tiene.

            Como en este comentario no quiero seleccionar ningún artista en concreto (aunque, como es natural, tengo mis preferencias, faltaría más) recurro a una imagen general de la sala que puede dar, imagino, una imagen cabal de lo que allí hay.

BONITO DÍA DEL LIBRO





            Esto no es como Barcelona, pero cuando uno hace lo que puede tampoco debe exigírsele más de la cuenta. Es cierto que la foto puede resultar engañosa, porque está tomada a comienzos de la jornada y aún hay poca gente curioseando; luego la cosa se fue animando, con la ayuda del buen tiempo que a mediodía y por la tarde ofrecía algo parecido al calorcillo primaveral lejos del rigor tempranero.
            Era, una vez más, el Día del Libro, en jornada adelantada por aquello de que aquí se le sigue teniendo mucho miedo al domingo y todo el mundo (o sea, los libreros) piensan que mejor en sábado. Las autoridades acudieron puntualmente a la cita obligada para ofrecer sus discursos a la concurrencia, coincidiendo todos (y ya es cosa curiosa que coincidan en algo) en defender y proclamar la importancia de la lectura, el valor social y humanístico de tener un libro en las manos, el compromiso con el mantenimiento de ejemplares en papel, en la seguridad de que podrá resistir el empuje de las tecnologías en forma de pantalla.
            En la acerca de la Plaza de la Hispanidad, ocho librerías cuidadosamente ordenadas en fila ofrecían a los curiosos una nutrida batería de títulos, con predominio destacado de los betsellers y los libros infantiles y juveniles junto a la clamorosa ausencia de libros sobre Cuenca o de autores conquenses, aunque algunos de estos últimos aún se atrevieron a convocar citas para firmar ejemplares.
            Esto no es Barcelona. No hay una multitud apretujándose por las Ramblas, no vienen los grandes santones de la literatura (entre otros motivos porque todos están allí), no hay rosas (un año las hubo pero parece que el invento no cuajó), pero hay libros, mostradores con libros, paseantes buscando aquella sugerencia que pueda atraer su atención y libreros, esforzados libreros que siguen peleando por conseguir que la fiesta no decaiga.

            Es un día bonito este 23 de abril. Está bien que lo mantengamos, que se mantenga muchos años más. Si es posible, siempre.

domingo, 23 de abril de 2017

LOS ARTÍCULOS DE RAÚL DEL POZO


            Leo en El Mundo, su periódico de todos los días, que Raúl del Pozo publica (o le publican, que es más correcto decir) un nuevo libro, El último pistolero, en Círculo de Tiza, antología elegida entre los artículos aparecidos en su columna diaria, en la última página (o contraportada, que dicen algunos) en ese mismo periódico, rincón de privilegio visual que heredó a la muerte de quien lo ocupaba, Francisco Umbral.
            No quedan ya, me parece, muchos escritores de artículo por día (aunque descanse los fines de semana). Yo lo estuve haciendo durante años y se perfectamente cuales son las miserias y las mieles de semejante ocupación, con una preocupación que empieza en el mismo momento en que uno abre los ojos por la mañana y se encuentra con la perspectiva de tener que buscar un tema para el comentario, a la que sigue otra no menos inquietante y que Raúl del Pozo explica con una frase rotunda: “Lo mío con el estilo es una lucha despiadada”, que sin duda no comprenderán los que se lanzan alegremente a la escritura diciendo de corrido la primera barbaridad que se les ocurre y sin corregir ni una coma.
            Del nuevo libro que ahora se anuncia no me gusta el título, aunque entiendo perfectamente el sentido, como es natural en alguien que, como yo, siente devoción inmarchitable por el western, pero en los convulsos tiempos que corren quizá habría que hacer apelaciones más claras al diálogo y el respeto y menos a las pistolas o cualquier otro signo de violencia. Algo que tiene sentido total sabiendo que tras ese libro y esas páginas hay un hombre radicalmente pacífico, que ama la vida con profunda devoción.
            Raúl del Pozo es un periodista integral y ese es su terreno natural, aunque a veces haya realizado inmersiones en la literatura. En su quinta novela, Ciudad levítica (2001), la acción se ambientó en Cuenca, si bien este nombre no se escribe ni pronuncia una sola vez, pero todas las referencias internas aluden a esta ciudad de nuestros pesares. La última publicada, El reclamo, ganó el premio Primavera en el año 2011 y fue un título que recibió escaso eco en el embarullado sistema de la crítica en medios periodísticos quizá porque, como escribió Carmen Rigalt, “el silencio es un arma cargada de intenciones (luego dirán del periodismo basura)” antes de afirmar, rotundamente, que Raúl del Pozo es el último escritor del siglo de oro.
            Como tantos otros escritores o artistas, conserva en la memoria y en la retina la esencia de Cuenca. Lo repite ahora, en un tono suave, cadencioso, no sin un punto emotivo, cuando el periodista le pregunta qué conserva de su tierra natal: “El lenguaje y el paisaje. Lo poco que sé y con lo que me defendí me lo ha dado Cuenca. Ese idioma limpio como las piedras del río. Ese castellano que es historia, que es Castilla. El sitio de los maquis, los pastores, los resineros. Mi niñez dorada de cazador furtivo”.


viernes, 21 de abril de 2017

MINISTRO MENTIROSILLO


            Después de muchos años sin contar entre nosotros con tal figura, ahora ya tenemos en Cuenca ministro, alguien que se sienta en la mesa del Consejo donde se toman las grandes decisiones para administrar el país. Nos podía haber tocado un ministro de Fomento, o de Industria, o de Sanidad, alguien del que se pudieran esperar medidas e inversiones a favor de esta depauperada provincia. Pues no, nos toca el de Justicia y como estos son tiempos convulsos, haría falta una mente preclara y una voluntad de hierro para manejarse entre aguas tan turbulentas.
            En realidad, con la Constitución en la mano, la cosa debería ser fácil: división de poderes si cada uno fuera capaz de dedicarse a lo suyo y no interferir en las competencias de los demás. Pero al ministro de Justicia, Rafael Catalá, le pierde la verborrea incontenible, un afán inmoderado por explicar a cada momento qué está haciendo la Justicia, ofreciendo interpretaciones tan peregrinas que forman ya un buen catálogo de dislates.
            Eso sí: cada vez que habla, el ministro proclama que la administración de Justicia es autónoma y toma sus propias decisiones. Entonces al ministro se le pone la misma cara de mentirosillo que cuando de niños intentábamos engañar a nuestra madre o al maestro, ofreciendo justificaciones que se habían caído por su propio peso antes incluso de empezar a hablar.
            Como al señor Catalá se le van encadenando los escándalos unos tras otro, ayudado además por la torpeza de los responsables de la fiscalía, a los que con toda evidencia está manipulando, según cuentan un día sí y otro también los medios nacionales que siguen estos casos, no resulta disparatado imaginar que en cualquier momento alguien le va a organizar un escándalo parlamentario. Solo falta que Ciudadanos, el grupo que apoya al gobierno, se canse de tantos manejos incongruentes para pedir la cabeza del ministro Catalá. Que podría ahorrarse el disgusto si hiciera lo que debe hacer: callarse y dejar que la administración de Justicia actúe por su cuenta, de forma libre y autónoma.
            Por lo pronto, ya han pedido su inmediata comparecencia ante el Congreso, con la advertencia de que si sus explicaciones no son satisfactorias, pedirán su reprobación. O el diputado por Cuenca se endereza y aprende a estarse quieto o le espera un porvenir algo tormentoso.


martes, 18 de abril de 2017

LA ROLDANA Y SISANTE

            
         Los anglosajones han descubierto a La Roldana y, como siempre que sucede tal cosa, ahora el mundo entero se lanzará a participar de tan notable hallazgo. Lo cuenta Margot Molina en El País, ese periódico que antiguamente era el oráculo de todas las verdades y que algunos seguimos leyendo pese al disgusto que nos provocan muchas de sus páginas (en el fondo y en la forma). No es este el caso que hoy me ocupa. En resumidas cuentas: las obras de Luisa Roldán, sevillana de nacimiento, hija del escultor Pedro Roldán, se han convertido en objeto de deseo para templos del arte como el Metropolitan o la Hispanic Society, de Nueva York, el Victoria and Albert de Londres o el Museo Paul Getty, de Los Ángeles, y ello, como dice la autora del artículo, ha traído consigo una resurrección de la artista en su propio país, donde dormitaba en los amables almohadones del olvido.
            Hay un sitio en el que tal cosa no ha ocurrido. El nombre de La Roldana ha estado siempre muy vivo en el corazón de Sisante, cuyo convento de clarisas conserva un espectacular Nazareno que desde hace tres siglos es considerado una de las joyas del arte afincado en la provincia de Cuenca. Así lo reconoce también el historiador y conservador de la Hispanic Society, Patrick Lenaghan, en una conferencia pronunciada hace unos días en el museo del Prado, en la que destacó, entre los hallazgos de Luisa Roldán, esta impresionante escultura sisanteña.
            No está mal que se produzca esta reivindicación artística y tampoco que ello sirva para la puesta en valor tanto del nombre de Luisa Roldán como del convento que alberga la figura de su más conocido Nazareno.


domingo, 16 de abril de 2017

LUCES Y SOMBRAS EN LA SMR


Lo más importante y destacado de la 56 edición de la Semana de Música Religiosa es que ha podido celebrarse. Si retrocedemos las miradas un poco hacia atrás, apenas a lo que pasaba y se decía hace un mes, podemos decir, con satisfacción, que los agoreros, interesados unos, sinceros quizá otros, no han visto cumplirse sus profecías ni tampoco las zancadillas han surtido más efecto que algún revolcón a destiempo. Ni siquiera las previsibles angustias económicas derivadas del cuantioso déficit y deudas (son dos cosas diferentes) acumulados por la anterior dirección del festival han podido enturbiar el desarrollo de la Semana, entre otras cosas porque las administraciones, en este caso, además de molestarse unas a otras acudieron a solventar las cuestiones dinerarias a tiempo de que los conciertos y sus actividades paralelas pudieran ponerse en marcha.
La programación ha suscitado algunas controversias. Los detractores del nuevo director han sacado a relucir una amplia batería de críticas, entre las que hay algunas cargadas de razón. Por ejemplo, el fácil recurso a momentos espectaculares siempre propicios al éxito fácil, como el concierto del viernes santo con el Réquiem Alemán, de Brahms, oído tantas veces que algunos ya casi se lo saben de memoria, o el bellísimo Stabat Mater de Rossini, que siempre se agradece, como también han sido bien recibidas las propuestas selectivas, minoritarias (el violonchelo de Gaetano Nasillo, por ejemplo, en el Espacio Torner).
La gran apuesta de la nueva dirección es la Academia de la Semana de Música Religiosa, formada por una orquesta y un coro de marcada presencia juvenil y un desbordante entusiasmo en la interpretación. Tantos los conciertos como las actuaciones reducidas en otras iglesias han venido a demostrar que el invento tiene posibilidades aunque a la vista de experiencias anteriores son comprensibles las dudas que se plantean ante la efectiva viabilidad de la agrupación. Habrá que esperar a los anunciados conciertos próximos (junio, octubre y noviembre) para poder comprobar en qué queda realmente la experiencia
A los escépticos de primera hora, vinculados quién sabe por qué tipo de lazos afectivos con la anterior directora, les ha venido bien la inclusión en el programa de una propuesta tan discutible como la ofrecida el sábado con la sorprendente presencia en el escenario del Teatro-Auditorio del Cántico espiritual preparado por Amancio Prada y estrenado, como él mismo se encargó de recordar, hace nada menos que la friolera de 40 años. Recuperar ahora un montaje realmente obsoleto y fuera de lugar en el marco de la Semana de Música Religiosa, a pesar del potente acompañamiento del coro de RTVE, no parece que se pueda incluir entre los aciertos del nuevo programador de quien se puede temer, como dice el crítico Manuel Millán de las Heras, “que podría legitimar este tipo de ocurrencias en los años sucesivos”.
Más vale que no. Estos experimentos valen una vez y no más.
Con todo, admitiendo las circunstancias anómalas en que se ha desarrollado esta edición, empezando por la precipitada elección de Cristóbal Soler, el escaso tiempo disponible para prepararla y las dificultades que acompañaron sus primeros pasos, no hay más remedio (y es justo) que darle un margen de confianza y ahora, con un año de perspectiva por delante, esperar a ver cual es el planteamiento y desarrollo de la próximo edición.
De esta, como digo al comienzo, lo importante es que se ha podido celebrar. Y no ha sido poco.


viernes, 14 de abril de 2017

¿POR QUÉ GRATIS?


En Ciudad Real y Talavera de la Reina están haciendo palmas con las orejas porque, dicen, la Semana de Música Religiosa sale por primera vez en su historia de la capital conquense para llegar también a esas ciudades de nuestra Comunidad Autónoma. En la afirmación se  esconde un doble equívoco. Primero, no es cierto que la SMR salga de Cuenca por primera vez, porque ya en años anteriores hubo conciertos en otras localidades de la provincia de Cuenca. Y segundo, porque lo que sale de Cuenca no es la SMR sino la Orquesta y Coro de la Academia de la Semana de Música Religiosa, cosa bien diferente, aunque a vuela pluma y de prisa parezca que es lo mismo. A alguien (lo se de buena tinta) le interesa difundir la idea de la que la Semana ya no es una exclusiva de Cuenca sino de toda la región. Convendría dejarlo claro y las cosas en su sitio. La Semana de Música Religiosa de Cuenca se celebra en Cuenca y no en otros sitios.

Aparte estos matices, que no son baladíes, es un hecho digno de ser destacado que exista la Academia de la SMR, cuyo debut en el Teatro-Auditorio, el pasado martes santo, fue realmente un acontecimiento merecedor de todos los elogios posibles teniendo en cuenta diversos factores: el corto tiempo que ha habido para su formación y ensayos, la notable juventud de casi todos sus miembros, la enorme dificultad de la obra elegida. El resultado, ya lo digo, fue altamente satisfactorio.

Se trata de una ingeniosa aportación del nuevo director del festival, Cristóbal Soler, quien explicó en su momento algo que se ha dicho en repetidas ocasiones, sin llevarlo a cabo: “El panorama musical español exige que tomemos conciencia de la necesidad que los jóvenes músicos nacionales tengan un locus intermedio entre la finalización de su formación y el acceso al mundo laboral. Hoy día, la necesidad de experiencia previa y la falta de dicho locus dificulta su entrada en las grandes formaciones musicales. Pensamos que la instauración de una Academia asociada a la Semana de Música Religiosa puede ser un gran ejemplo y una gran oportunidad en este sentido”.

Esto, como he dicho antes, se ha intentado en bastantes ocasiones, pero recurriendo siempre a obras de repertorio (ya sabe: Beethoven, Mozart, Vivaldi y parecidos), asequibles siempre tanto para los jóvenes músicos como para el público.

En este caso, la diferencia es que la obra elegida viene a ser todo lo contrario.
Lazarus. Oder: die Feier der Auferstehung, es un drama religioso inacabado, de Franz Schubert, quien lo previó con tres actos o partes y solo llegó a componer algo menos de uno y medio. Quizá por ese concepto de ser obra incompleta o por su intrínseca dificultad, ha sido interpretado muy pocas veces y de hecho en Cuenca era una auténtica novedad. Lo han cantado seis jóvenes y sin embargo ya magníficos solistas: Marga Rodríguez, Mónica Campaña, Inés Ballesteros, José Luis Solá, José Manuel Guinot y Carlos Daza, todos, como se ve por los nombres, españoles, lo cual también es una novedad a destacar, porque no siendo yo nacionalista en cosas de arte y cultura sí cansa un poco esa especie de papanatismo que los programadores de élite muestran hacia cantantes extranjeros de nombres impronunciables cuya presencia y sobre todo sus voces, en bastantes ocasiones dejan mucho que desear. Y experiencias varias hemos tenido, incluida la Semana de Música Religiosa. Junto con los solistas, el coro, magnífico, perfectamente coordinado y no menos valioso el trabajo de la ejemplar orquesta, dirigida de manera nada estridente por José Sanchis. En resumen y sin querer competir con los críticos especializados, que de esto saben mucho, considero que la presentación de la Orquesta y Coro de la Academia de la SMR ha sido un gran acontecimiento que, para serlo del todo, debería estar marcado por la continuidad y permanencia y que, como también es habitual en el sistema informativo conquense, no ha sido resaltada como hubiera sido lógico y deseable..

Es esta agrupación orquestal y coral la que ha salido de Cuenca para hacer una pequeña gira por la región, visitando dos de las más importantes localidades de Castilla-La Mancha. Dos conciertos patrocinados por la Junta de Comunidades que ha cometido el error garrafal de ofrecerlos a estos públicos con entrada gratis. Esa es una forma de actuar siempre criticable, allí, aquí y en cualquier sitio. Responde al demagogo y erróneo concepto de que la cultura debe ser gratuita. Y, además, en este caso supone un agravio comparativo: ¿por qué es gratis en Ciudad Real el viernes y en Talavera el sábado cuando en Cuenca los precios eran de 30 y 25 euros?. Y, naturalmente, no estoy defendiendo la idea de que en Cuenca el concierto también debería haber sido gratuito, sino la contraria: todo el mundo debe pasar por taquilla.

Como es comprensible, de esto no tiene la culpa la Academia de la SMR sino esa inmoderada tendencia que algunos organismos públicos tienen hacia prácticas de populismo ramplón, pesando que eso se puede traducir en votos. Naturalmente, cuando llega la hora de votar, el personal piensa en otras cosas,
no en que un día, años atrás, fue a un concierto gratuito.