jueves, 11 de diciembre de 2014

EL ARQUITECTO MATEO LÓPEZ


            El nombre de Mateo López es moderadamente conocido en Cuenca, ciudad en la que trabajó intensamente como arquitecto (maestro de obras, se decía entonces, en la transición de los siglos XVIII a XIX), asumiendo en primer grado la responsabilidad de introducir una considerable modificación urbanística en el ámbito urbano, hasta el punto de dar el aspecto que hoy ofrece, incluyendo la subida a la Plaza Mayor desde el puente de la Trinidad. Además, es responsable de un libro de singular importancia, no por su estructura literaria, que es francamente deplorable, sino por su contenido, fiel al título que le otorgó, Memorias históricas de Cuenca y su obispado, redactadas hacia 1786 para ser presentadas (y premiadas) en un concurso convocado por la Real Sociedad Económica de Cuenca, aunque permanecieron inéditas hasta que Ángel González Palencia las rescató del olvido y el polvo para ser publicadas en 1949 en dos volúmenes. En ese texto, ya el erudito investigador conquense inserta un amplio apunte biográfico sobre Mateo López, que hasta ahora ha venido a ser prácticamente el soporte único de referencia para hablar del autor y el arquitecto, déficit de conocimiento superado a partir del valioso libro escrito por Amalia López-Yarto Elizalde con un título tan concreto como expresivo: Mateo López. Vida y obra de un arquitecto de Iniesta. En la noble villa iniestense, en efecto, nació el protagonista de esta nota, en 1750, aunque en seguida la familia se trasladó a la capital de la provincia, donde el padre encontró trabajo como albañil y a su amparo se formó inicialmente el futuro arquitecto. A partir de ahí y en los años futuros encontraremos a Mateo López trabajando intensamente en la ciudad de Cuenca, participando en un largo repertorio de obras: las gradas de la catedral, reforma del cuartel de Milicias, dependencias de la Casa Consistorial donde hizo el proyecto de un nuevo oratorio, varias iglesias en la provincia, la torre de la iglesia de San Pedro, la preparación de los festejos conmemorativos de la llegada al trono de Carlos IV, la ya citada ordenación urbanística para corregir y suavizar la subida a la Plaza Mayor de Cuenca, la preparación de la salida del Camino Real desde el puente de San Antón hacia Madrid, el Edificio Palafox, importantísimas intervenciones para mejorar la red de cañerías de la ciudad, las dos escuelas del Obispo Palafox, la reforma de la Casa de Misericordia y otras numerosas obras de la época. Todo ello, aquí tan escuetamente expuesto, da una idea global de la importancia objetiva que para la historia y la arquitectura de Cuenca ofrece la figura de Mateo López a quien, sin embargo, no se había dedicado especial atención, salvo el ya citado apunte biográfico de González Palencia, escasez que ahora queda compensada con este valioso libro, obra de la historiadora Amelia López-Yarto, bien conocida en Cuenca por su especialización en cuestiones relacionadas con la orfebrería y la rejería, a las que ya ha dedicado sendos valiosos volúmenes. El libro que ahora nos ocupa está trazado con el rigor austero propio de este tipo de trabajos, sin licencias literarias ni elucubraciones artísticas, sustituidas por la exposición lineal y la abundancia de datos que nos ayudan a recrear, no solo la personalidad del biografiado, sino también, y sobre todo, el ambiente de una ciudad y una provincia en destacado proceso evolutivo, lo que nos permite señalarlo como una de las obras más notables editadas entre nosotros en los últimos tiempos.


NOTICIA DE PEDRO GANDÍA


            Conviene, de vez en cuando, otear el horizonte y encontrar, en la diáspora, nombres cuya vinculación con su tierra natal (Cuenca, en este caso) se ha ido difuminando por razones no siempre evidentes ni concretas. Sencillamente, pasa. Él (o ella) se va desentendiendo de sus orígenes y el soporte geográfico, de por sí olvidadizo y poco generoso con los ausentes, tiende un velo en apariencia sutil pero que se va haciendo más tupido a medida que pasa el tiempo. Intentemos abrirle una hendidura para, a través de ella, encontrarnos con Pedro Gandía (Minglanilla, 1953), residencia en Valencia desde su juventud, primero por motivos laborales (docentes) luego por afinidades sentimentales y literarias. Licenciado en Filología Hispánica a la vez que músico, escultor y pintor, especie de hombre del Renacimiento trasplantado a estos mundos informáticos, residió largas temporadas en Roma, Florencia y París, y de esta última volvió con suficiente dominio y amor al francés como para ser capaz de traducir a varios clásicos (Gautier, Baudelaire, Nerval, Valéry) y escribir poesía en francés, como sucede en su último libro, Luz negra (Valencia, 2014) publicado en edición bilingüe, para constatación cierta y comprobable de que efectivamente domina los dos idiomas y ello proporciona el doble placer de experimentar la calidad, calidez y sensualidad del verso del autor con los matices diferenciados que ofrecen ambos lenguajes. Y así, El tiempo crea su ídola / astro lacteado en negro encuentra su natural antítesis en el otro lado del espejo: Le temps crée son idole / astre lacté de noir. Es la poesía de Pedro Gandía profundamente directa, arraigada en los sentimientos íntimos y en la sensibilidad de la superficie de una piel proclive a dejarse llevar por la pasión, la caricia, la sensualidad, con un leve toque de erotismo subyacente que el autor no permite nunca llegue a manifestarse de manera explícita, prefiriendo la insinuación de unos placeres que él mismo, sin duda, ha experimentado, y desea transmitir al lector, cuyo sosiego inicial se ve impulsado a mostrarse receptivo ante un planteamiento claramente hedonista, amistosamente lúdicos:
Hada o dios coronado de castas lunas pérfidas,
espíritu de fuego vuelto huelo llameante,
convierte en su palacio, donde el vicio es virtud,
el espejo en que Hermes y Afrodita copulan.
            En la expresión poética encuentra Pedro Gandía su más íntimo mecanismo de expresión, a la búsqueda siempre de la verdad del ser interior que transita por los versos. En dos ocasiones, el autor pasó de la poesía a la prosa, pero es en la primera donde acierta a transmitir un mundo interior que se adivina envuelto en la plenitud de unos sentimientos no totalmente ajenos a la angustia. Ganador de varios premios literarios, finalista del concurso “La sonrisa vertical”, su obra poética (Sábana blanca, sábana negra,  1973; Cacería, 1983; Tríptico del tiempo, la belleza y la muerte, 1983; Columnata, 1990; Amuatar, 1992; Bajo una luz antigua, 1993; Hel i xs, 1998; El perfume de la pantera, 1999; Acrópolis, 2011 ofrece ya un panorama de sólida madurez expresiva que propicia el encantamiento envolvente de un mundo personal que surge de la intimidad para manifestarse abiertamente.

lunes, 24 de noviembre de 2014

LOS GRECOS DE CUENCA



Los desocupados en general lo tienen fácil, pero también los ocupados, incluso los muy activos, deberían encontrar un rato en cualquier momento del día, sin desdeñar los apetecibles fines de semana, para llevar a cabo un saludable ejercicio mental: dar un paseo por el laberinto sabiamente organizado a través de salas y escalinatas del Museo Diocesano, hasta llegar al fin al receptáculo en que se ofrecen a la contemplación los dos Grecos que ahora ahí tienen cobijo, tras haber llegado hace años desde sus iniciales aposentos, en las parroquias de Huete y Las Pedroñeras.
Los Grecos conquenses, un Cristo con la cruz a cuestas, en realidad centrado casi exclusivamente en el rostro coronado de espinas y una Oración del huerto de soberbia expresividad y colorido, son dos tablas de excelente factura, muy representativas de lo que fue el arte del pintor cretense afincado finalmente en España. Para acompañar estas obras, los organizadores de la exposición han tenido la feliz idea de situar a su lado el siempre sorprendente Díptico bizantino, cuya procedencia de aquellas tierras isleñas del Mediterráneo oriental lo convierte en familiar geográfico de las pinturas. De forma que, en un receptáculo ciertamente acogedor, situado en el núcleo esencial de este laberinto, podemos encontrar la espiritualidad, la belleza, el recogimiento, el sonido del silencio, tan importante en estos tiempos de algarabía.
En su entorno, rodeando este espacio casi mágico, el Museo Diocesano de Cuenca viene a ser esa sorpresa siempre agradecida a la que seguramente no dedicamos la atención necesaria que debería ser suficiente. Ocurre con frecuencia con aquello que conocemos (o creemos conocer), cuya cercanía nos lleva a no ofrecerle la consideración necesaria, dando por supuesto que al formar parte de nuestras vidas no precisa de mayores esfuerzos. El reclamo de El Greco está siendo un buen motivo para que estas semanas se haya incrementado el número de turistas y probablemente seguirá ocurriendo así en los próximos tiempos. No hay que hacer comparaciones, innecesarias por lo general. El despliegue realizado en Toledo, a fuerza de dinero, con todo el soporte proporcionado por el gobierno regional (siempre generoso en apoyo de la capital) contrasta con la contención humilde que acompaña el montaje expositivo de Cuenca, tan digno como expresivo y cargado de simbolismo. Ese laberinto que nos permite pasear por el Museo hasta llegar a El Greco para, desde allí, reanudar el paseo por las salas, resulta ser una experiencia altamente gratificante. Nadie, pero menos aún los conquenses, debería perdérselo.


domingo, 23 de noviembre de 2014

PODEMOS Y LA CULTURA


A Pablo Iglesias, dicen, sus asesores en comunicación le han recomendado que se calle un rato. El locuaz político viene hablando sin parar desde que emprendió la carrera que, según algunas previsiones, puede conducirle a ocupar la Moncloa no tardando mucho. Como hace casi todo el mundo, yo también he prestado atención a sus palabras, sobre todo las que dice por su propia boca, en las entrevistas con Jordi Évole y Ana Pastor. Las oigo -y otras, menos, las leo- con la esperanza compartida de que ahí pueda estar el remedio al gigantesco contubernio nacional organizado por los partidos y sus dirigentes al uso. Si Pablo Iglesias y su equipo de Podemos fueran capaces de darle la vuelta a esta turbia tortilla que ya huele a chamusquina aún habría algún futuro para este país, ahora mismo abandonado al albur de políticos no tanto corruptos (que también), sino inútiles, ineficaces, incompetentes y aburridos, sin imaginación ni creatividad. Oír al líder, ahora secretario general de Podemos, no ayuda en exceso a tranquilizar los ánimos. Comprendo que los asesores le aconsejen prudencia en su verborrea incontenible de la que, al final, no queda apenas substancia alguna. Solo hay palabrería, un discurso bien engarzado, dicho con convicción, porque el muchacho domina y maneja bien el arte de la oratoria y sobre todo la comunicación a través de los medios audiovisuales, pero me temo que eso no es suficiente, no va a ser suficiente. Y como no es cosa de analizar aquí detalles de unos temas y otros (ya se encargan los medios de hacerlo y despellejarlo) me limitaré a poner un punto, que me produce una considerable frustración: todavía no he oído al profeta de la renovación nacional decir ni una sola palabra sobre Cultura. Cierto que tampoco nadie se lo ha preguntado, porque así son también estos periodistas y entrevistadores, pero él quizá podría haber aprovechado cualquier resquicio para decir una palabra, pues la tiene fácil y abundante. Y es que no todo en este mundo es economía, paro, pensionistas, bancas y banqueros, corruptos, Cataluña, Constitución y demás martingalas. A lo mejor una palabrita sobre teatro, bibliotecas, museos, artistas, el IVA, el cine, la propiedad intelectual, la piratería y asuntillos así, insignificantes, pero tan valiosos, a lo mejor, digo, eso nos habría producido un poco de consuelo entre tanto desconcierto y confusión.


CHURRAS, MERINAS Y ARTE ABSTRACTO


Desde hace unas semanas se encuentra activo un grupo, promovido desde la Agrupación de Hostelería y Turismo de Cuenca, que está mostrando un cierto empeño en mover intereses y voluntades para celebrar en 2016 el 50 aniversario del nacimiento del Museo de Arte Abstracto. Ese evento, en su propia definición, será, debería ser, un acontecimiento de marcado valor cultural y así lo estaba pensando y proyectando la Fundación Juan March, responsable del Museo, cuando ha surgido esta otra iniciativa que, teniendo en cuenta el carácter de sus promotores, aspira especialmente a obtener beneficios materiales, en forma de utilización de sus locales de negocios. Nada hay que reprochar a esa intención. Al contrario, sabemos de sobra que la Cultura y el Arte son dos poderosísimos motores capaces de mover a las gentes a través del turismo, generando con ello un importante movimiento de capital. Eso se sabe en todas partes, menos en Cuenca, donde el sector turístico nunca ha visto la conveniencia de apoyar y apoyarse en las iniciativas culturales que hemos puesto en marcha en los últimos decenios. Ahora, espoleados por el ejemplo de El Greco en Toledo, los profesionales de ese gremio han descubierto que ahí hay un enorme potencial de negocio y quieren aprovecharlo. Es un propósito lícito y por tanto no merece censuras, sino los mejores deseos para que acierten en el mejor camino que conduzca a un final feliz. Para ello, sería conveniente que contaran con buenos asesores, no solo en materia de hoteles y restaurantes, sino también (sobre todo, diría yo) en cuestiones relacionadas con el arte, sobre todo para no confundir las churras con las merinas. Estos días, con motivo del premio nacional de Artes Plásticas concedido a Jordi Teixidor, que estuvo vinculado a los orígenes del Museo, se ha dicho -y los medios conquenses lo han repetido- que ese artista perteneció al Grupo de Cuenca o El Paso, como si ambos fueran la misma cosa. No: el Grupo El Paso se formó en 1957 impulsado por Manolo Millares, Rafael Canogar, Manuel Rivera, Pablo Serrano y otros, siendo su alma mater Antonio Saura. Teixidor no estuvo en ese grupo. Luego, en 1966, se inauguró el Museo de Arte Abstracto y a quienes lo promovieron (Fernando Zóbel, Gustavo Torner, Gerardo Rueda) se les bautizó, en algunos círculos, como el Grupo de Cuenca. Una cosa es una cosa y otra cosa es la otra. Lo dicho: a no confundir, que las neblinas entorpecen una visión clara de los objetos.


POESÍA PARA NÁUFRAGOS



Si se hiciera una encuesta callejera, de esas que tanto gustan a los chicos de El Intermedio (sin duda, el programa más interesante que puede pescarse en las anodinas, vulgares, aburridas cuando no repelentes pantallas de las TV) muy probablemente habría una amplia mayoría a favor de considerar a la Poesía como la cosa más inútil que existe en el mundo. Y, ciertamente, no sirve para nada, dentro de los parámetros con que valoramos la utilidad en este mundo práctico. Dando esto por sentado, pasamos al siguiente escalón del razonamiento: ¿por qué cada vez hay más poetas y por qué se publica y se leen libros de versos, en sus variadas modalidades, incluida la prosa poética?  Para demostración de que esto es así, aquí tenemos esta imagen, tomada nada menos que un sábado por la tarde, mientras el Madrid juega al fútbol y puede verse a pocos metros. Insensibles a semejante tentación, el público se congrega para sentirse náufragos sujetos con fuerza una tabla de salvación que ofrece poesía. Por esa tribuna han pasado Juan Manuel Molina Damiani, José Ángel García, Ángel Luis Luján, Miguel Ángel Curiel (a quien se debe el lema con que se bautizó el encuentro: Poesia para náufragos), Raúl Campoy, Ana Ares, Pilar Narbón, Cecilia Quilez, Eva Hiernaux, Adolfo González, Beatriz Russo, Ambrosio Gallego, Yaiza Martínez, Amador Palacios, Teo Serna, Rafael Escobar, Olvido García Valdés, Miguel Casado y Francisco Ferrer Lerín. Hubo conferencias, presentaciones de libros, recitales poéticos, intercambios de palabras, pensamientos y versos, en un ambiente recoleto y al amparo del espíritu otoñal que estos días impregna Cuenca y que cada año, desde hace tres, concita esta peculiar asamblea cuya vitalidad parece contradecir otras amargas penurias que nos asaltan cotidianamente.


sábado, 22 de noviembre de 2014

LA MARQUESA DE MOYA


  
Los tertulianos que participan en la conversación, hacia la medianoche del viernes, en el canal 24 horas de TVE se rasgan las vestiduras por el penoso espectáculo ofrecido a través de todas las cadenas con lo que, por resumir, califican como un exagerado culto a la personalidad de la duquesa de Alba, espectáculo necrofílico en el que se regodean las cámaras, satisfaciendo así la malsana curiosidad de millones de ciudadanos desocupados, atentos a las pantallas. Los tertulianos, prudentes (al fin y al cabo, no se debe morder la mano que te da de comer o, al menos, sustanciosas propinas), no dicen ni media palabra acerca de que la cadena más destacada en esta vergonzosa exhibición de miserias ha sido precisamente La Primera, con una conexión permanente durante toda la mañana para mostrar el dolorido sentir de los sevillanos y los familiares de la difunta, en cuya descarnadura se regodean horas y horas. Entre ellos, encabezando el duelo, está naturalmente el viudo, que nunca pudo exhibir el título de duque consorte porque los herederos naturales tuvieron buen cuidado de prevenir posibles alegrías finales de la octogenaria cuando decidió llevar a cabo su último matrimonio. El duque de verdad, el heredero directo del título, permanece prudente y silencioso, que no es hombre de alharacas, festejos ni exhibiciones populares, como si no fuera hijo de su dicharachera madre. Carlos, se llama, y además de recibir los honores inherentes al ducado de Alba (por cierto: en los reportajes nunca aparece para nada la cuna del emporio, el bello pueblo de Alba de Tormes) acumulará entre otros muchos más uno en apariencia insignificante, pero cargado de un enorme simbolismo: será el vigésimo primer marqués de Moya y, con ello, asumirá también la propiedad de un cuantioso patrimonio forestal que cubre amplísimos espacios de la Serranía de Cuenca, en el que se inscribe, como símbolo siempre visible de a qué triste final conducen las vanidades de este mundo, la misma villa que da nombre al territorio y su espectacular castillo, varado en lo alto de un atrevido farallón rocoso que domina todo el valle circundante. Que yo recuerde, Cayetana Fitz-James Stuart sólo vino una vez a Moya, en un día memorable para las gentes del marquesado, allá por 1965, mereciendo un cálido recibimiento e incluso una especie de pregón en verso a cargo de Federico Muelas, texto que, creo, no se conserva en ningún sitio. Después de aquel desahogo, la marquesa se retiró a sus otros dominios, sin duda más placenteros y estimulantes para su animoso carácter que las vetustas ruinas de una villa venida a menos y en la que, con total seguridad, no habrán flameado pendones de luto en las desmochadas almenas de su fortaleza como hubiera ocurrido en tiempos más venturosos. Mientras, cada lunes, por esas mismas pantallas de la TV a que aludía al principio, el sobrio Andrés de Cabrera y la sacrificada Beatriz de Bobadilla, los primeros marqueses de Moya, lidian como pueden con los conflictos que sus señores, los Reyes Católicos van enhebrando un día tras otro y a los que ellos, fieles servidores, van poniendo parches con la benemérita intención de poder articular un estado tan frágil como apetecible para las ambiciones ajenas. Allí empezó todo, incluido uno de los títulos nobiliarios más antiguos de España, con la notable aportación de que nunca ha habido interrupción en su línea sucesoria.


domingo, 2 de noviembre de 2014

CINE DE PUEBLO



            Durante todo el mes de octubre, cada lunes, he disfrutado de la repetida experiencia de acudir al cine para ver maravillosas películas, de las de siempre, las que no decaen por más años que pasen sobre ellas y, de paso, intentar proporcionar a los espectadores algún conocimiento, alguna idea que pudiera aprovecharles. Es una rara oportunidad la que ofrece el Cinema Aguirre, cuyos entusiastas promotores se plantearon, ya hace años, promover la difusión de la cultura cinematográfica a través de diversos ciclos temáticos que irían acompañados de la información previa proporcionada por especialistas en cada caso seguida de un coloquio final. A la vieja usanza de los cine clubs prehistóricos, aquellos que en los años dorados del final agonizante del régimen franquista ayudaron, con la palabra y la imagen, a formar espectadores pero también ciudadanos libres, educados y participativos.
            Son ya varios los ciclos celebrados en estos últimos años. Recordaré aquí algunos como “Cine y Magisterio”, “Cine y discapacidad”, “Recordando a Esther Williams”, “Cine y ferrocarril”, “Capa y espada”, “El carlismo en el cine”, “Grandes de la música americana” y varios más que harían excesiva esta lista. A mí me ha correspondido presentar uno dedicado a la inimitable Audrey Hepburn, de cuyo arte interpretativo hemos visto tres títulos: Vacaciones en Roma, de William Wyler; Desayuno con diamantes, de Blake Edwards; y Sabrina, del gran Billy Wilder, tres delicias en definitiva, tres joyas para un presentador y tres momentos amables para los espectadores que llena la sala todos los lunes, con una afición encomiable venida aquí para contradecir a los agoreros que hablan de la decadencia del cine y del desapego de los espectadores hacia las salas. Lo hay, en efecto, hacia ese pésimo cine que las salas comerciales se empeñan en programar un día hasta otro, incapaces de admitir que la gente, el público, estamos dando la espalda a semejantes propuestas a la vez que nos resistimos a pagar los precios ciertamente exagerados que intentan imponernos y que compensan organizando, de vez en cuando, sabrosas ofertas como la vivida la semana pasada.
            Quienes van cada lunes al Cinema Aguirre son aficionados al cine, como primera definición; gentes que siguen gustando del placer colectivo de ver una película en pantalla grande y de compartir, en voz alta, con comentarios y risas de abierta generosidad, las sensaciones que cada uno experimenta. Es una actividad reconfortante, que nos retrotrae a épocas que creíamos perdidas, al verdadero cine de pueblo que nos hacía disfrutar, reír, gritar, sobresaltarnos, aplaudir cuando el bueno acude presuroso a rescatar a la chica. El cine no ha muerto. Languidece en manos de aburridos mercantilistas empeñados en poner en sus salas lo peor que hay en el mercado.

            Cinema Aguirre continúa este mes, con otros presentadores. El nuevo ciclo se titula “Cien años de la I guerra mundial” y se abre con una maravilla dirigida por Stanley Kubrick, Senderos de gloria, interpretada por un siempre comprometido Kirk Douglas. Seguiremos disfrutando.

lunes, 27 de octubre de 2014

LAS COSAS DE PALACIO O EL CONSUELO DEL TONTO


            El habla popular castellana ha consagrado varios tópicos que, pese a serlos, encierran algunas razones lógicas. Esto dura más que las obras de El Escorial, por ejemplo, forma muy expresiva y gráfica de señalar con el dedo la torpeza impuesta por las administraciones públicas a gestiones que el común de los mortales entiende podrían realizarse en un tiempo infinitamente más corto. O bien: las cosas de palacio van despacio. Claro que sí: lo sufrimos todos, de manera constante y repetida.
            Esos dichos, y otros varios que con facilidad nos podrían venir a la mente son aplicables a lo que desde hace más de doce años viene sucediendo con las obras de Mangana. Quienes ocupan los sillones del poder, astutos ellos, conocedores de las flaquezas humanas, entre ellas la credulidad, aparecen cada cierto tiempo y aprovechándose del escasísimo espíritu crítico que hoy invade a los medios informativos conquenses, lanzan una proclama anunciando el próximo comienzo de las obras. A veces, eso, incluso es cierto: aparecen por allí dos o tres obreros con una carretilla transportando cemento o algún artilugio aparentemente necesario y el pueblo confiado y crédulo da por hecho que van a comenzar las obras y se transmiten unos a otros la buena nueva. Además, hay un cartel, bien visible, que proclama tal cosa. La fiesta no dura ni una semana; cuando nadie se da cuenta ni lo advierte, el pequeño despliegue laboral desaparece y todo vuelve a estar como estaba, como está desde hace dos años, monumento visual, pavoroso, de la incompetencia política aplicada a una víctima inocente, la plaza de Mangana, secuestrada para el uso, disfrute y contemplación desde hace doce años, que se dice pronto.
            Pero no nos preocupemos. Quienes son responsables de este desaguisado, los mismos que administran la cosa pública, siempre tendrán un pretexto, una excusa. A lo demás no nos queda más que agachar la cabeza y seguir aguantándolos, un año tras otro, una legislatura tras otra, esperando siempre que llegue la gran barrida que se lleve por delante todo esto.



viernes, 24 de octubre de 2014

VANITAS VANITATUM



Lo dice el Eclesiastés: Vanitas vanitatum Omnia vanitas (Vanidad de vanidades, todo es vanidad). ¿Qué es la vanidad?  El diccionario académico (el que estaba vigente hasta ahora: cualquiera sabe lo que dice el nuevo) remite a sinónimos: arrogancia, presunción, envanecimiento. Hay que llegar a la acepción quinta para encontrar algo más convincente: vana representación, ilusión o ficción de la fantasía. María Moliner es más expresiva: “cualidad de la persona que tiene afán excesivo y predominante de ser admirada”. O denigrada, podríamos añadir. Porque en este caso es aplicable el viejo dicho que se aplicaba a Helenio Herrera, el más famoso entrenador que ha habido en España, antes de Mourinho y demás vanidosos de ahora mismo: “Hablen de uno, aunque hablen mal”. Nuestro paisano Sebastián de Covarrubias no recoge el término ni aporta sugerencia alguna, él que las hacía tan sabrosas. Quizá es que en la Edad de Oro de las Letras hispánicas no había vanidosos o no se había descubierto todavía semejante cualidad de algunos seres humanos, cuya representación contemporánea más visible queda encarnada en un sujeto en el que aflora como principal mérito distintivo el haber sido dotado por la naturaleza (don que él perfecciona diariamente) de una insaciable vanidad. A estas alturas, Artur Mas se retroalimena constantemente de su incontenible afán por estar siempre en candelero. Gracias a su habilidad y a la incompetencia de otros (Madrid, el gobierno) el presidente de la Generalitat catalana se ha convertido, durante tres años (que se dice pronto) en el centro absoluto de la vida española. Todos los periódicos, los mismos que no hacen puñetero caso de lo que sucede en la vida real, en las provincias, todos los periódicos, digo, ocupan páginas y páginas, noticias, comentarios, entrevistas, artículos de opinión, cartas al director, en hablar una vez y otra, de manera reiterada, de este individuo mediocre, político inane, situado en cabeza del ranking nacional de los noticieros a impulsos de su poderosa vanidad. Menos mal que de vez en cuando salen a la luz las sucesivas corrupciones que de norte a sur, de este a oeste, pueblan el mapa nacional; gracias a ellas podemos hablar de otra cosa que no sea Cataluña y Artur Mas con su loca ambición vanidosa. Lo dice también la Moliner: alguien “que se cree con derecho, por sus cualidades, por su posición, etc., a la admiración y el acatamiento de los demás y lo muestra en su actitud y palabras”. Así es Artur Mar: vanidoso, orgulloso, prepotente, jactancioso, engreído, petulante, fatuo, inmodesto. Cuando todo esto pase y acabe, cuando el desastre en que estamos inmersos por la ambición de unos y la imbecilidad de otros, cuando las aguas catalanas se calmen y el conjunto de los españoles podamos respirar con moderada tranquilidad, ¿quién se acordará de Artur Mas y de su loca vanidad? Y él mismo, ¿qué hará cuando ya no sea el centro de la atención de todos, cuando no ocupe en los periódicos, las radios y las televisiones, ni un solo milímetro de papel, ni un segundo de sonido e imagen? Triste destino el de estos necios sujetos a la contingencia pasajera de la vanidad.




miércoles, 8 de octubre de 2014

GLADIADORES EN SEGÓBRIGA






      Como los seres humanos somos (afortunadamente) personas contradictorias y de gustos variables, sucede que junto con nuestra afición por los mayores alardes de la modernidad (en modas) o la tecnología (ya ven la furia compradora por el último modelo de Ipad) coexiste un interés creciente por las historias y costumbres que nos llegan desde el pasado remoto. El símbolo más expresivo es la multiplicación de mercados medievales (que del Medioevo tienen poco, quizá algún halcón que otro) pero también las recreaciones históricas que con tanto entusiasmo ejecutan esforzados grupos de actores encantados con vestirse al modo ibérico, romano, visigodo, vikingo, castellano medieval o lo que haga falta.
       Muchas de esas recreaciones las tenemos en Cuenca, al alcance de la mano, en Valeria, por ejemplo; en Cañete, cuyas justas durante la Alvarada son famosas y continuadas; en Belmonte, reciente escenario para torneos vibrantes; y ahora, también, en Segóbriga, que el pasado sábado vivió unas jornadas destinadas a reproducir el mundo de los gladiadores, aquellos paladines dispuestos a jugarse la vida en un pis pas para satisfacer a sus dueños.
        Lo mejor de esta inocente diversión es que, al amparo de la cita, aumentan los visitantes a ese espléndido recinto y tras conocer el parque en una visita guiada, asistieron en el anfiteatro a la recreación de una lucha de gladiadores, a cargo de miembros de la Asociación Ludus Gladiatorium Vulcanum quienes, además de escenificar las distintas modalidades de combate, explicaron los tipos de gladiadores que existían, las armas que empleaban y las reglas que regían estas competiciones. Posteriormente los visitantes también pudieron disfrutar de una recreación sobre el trabajo que se realizaba con el lapis specularis, el yeso traslúcido que se serraba y laminaba para convertirse en el cristal de las ventanas. 

LAS CUENTAS DE BANKIA


El penúltimo escándalo (cada semana tiene el suyo, que ayuda a ocultar u olvidar el de la semana anterior) está vinculado a las tarjetas opacas con que Bankia premiaba los servicios prestados e incluso los no prestados, porque la mayor parte de los consejeros tarjeteados no tenía nada que hacer y en nada intervenía, a pesar de lo cual tenían millones de euros a su disposición para gastárselos alegremente en lo que mejor les pareciera. En la lista de los 86 implicados aparecen dos nombres vinculados a Cuenca: Virgilio Zapatero, que fue diputado en representación de la provincia desde la primera legislatura democrática y como ministro aportó un extraordinario impulso a la definición de la ciudad como foco de cultura (ahí están el Teatro-Auditorio, el Edificio Palafox, la UIMP, el Archivo histórico provincial) y Rafael Spotorno, gerente de la Fundación Caja Madrid, cuya intervención resultó de especial importancia para el relanzamiento de la Semana de Música Religiosa, además de financiar otras acciones culturales, como la reconstrucción de los órganos de la catedral de Cuenca.
Desde ese punto de vista, ambas personas merecen un cálido reconocimiento en esta ciudad; durante los años que se relacionaron con nosotros desarrollaron una actitud ciertamente meritoria y así deberíamos recordarlos. Lástima que, en el momento más inesperado, un borrón de considerable magnitud ha venido a empañar dos actitudes personales que parecían marcadas por la limpieza y la honestidad. Claro que eso sería aplicable a otros muchos de los implicados, porque tendemos, en general, a considerar que los pícaros aprovechadineros pertenecen a grupos muy determinados, la derecha casposa, los empresarios cínicos, los funcionarios corruptos, pero en este caso están mezclados sindicalistas de intachable pureza ideológica, socialistas de teorías sociales progresistas, comunistas de rigores metodológicos aplicados al bien común. O sea, que no se libra nadie y eso, a quienes creemos en esas ideas, nos produce una notable desazón. Ya nadie se libra del contagio tenebroso del dinero fácil, venga de donde venga.
Porque quizá lo más preocupante de todo esto es el insultante descaro con que los protagonistas del caso asumen que lo hicieron con total normalidad, como la cosa más sencilla del mundo, convencidos (muchos de ellos) de hacer lo correcto. ¿Es correcto y normal gastarse miles de euros en comer, beber, viajar, comprar relojes y zapatos, tirar de cajero automático, así, por las buenas, con cargo al fondo común? ¿En ningún momento ninguno de ellos se planteó que eso era (o podía ser) una indecencia? La conclusión final es terrible. Ya la sabíamos, pero con este asunto se constata claramente. Hemos llegado a una degradación total de los principios éticos y morales. Ese es el caso. Más allá de la ley, de la norma y de la severidad de la justicia, lo que estamos viendo es el hundimiento de la decencia como norma de conducta. Y eso es muy deprimente.

lunes, 6 de octubre de 2014

NO HAY VINOS EN CUENCA



Si esta página estuviera condicionada por la publicidad, empezaría diciendo algo así como "En un conocido supermercado de la ciudad...", forma habitual que utilizan los medios para evitar dar el nombre concreto del sitio en cuestión. Pero como aquí no hay publicidad, puedo escribir abiertamente: la conocida cadena de supermercados Lidl ha puesto en marcha una promoción, que comienza hoy mismo, en la que asegura poner a disposición de sus clientes los mejores vinos del país a un precio excepcionalmente barato. Ahí están, en el mapa, los puntos de procedencia de esos caldos seleccionados para llenar las bodegas de los usuarios de Lidl. Se puede ver que la mayoría ocupan la mitad norte del país; luego, abajo, hay un par de referencias sueltas y en medio, el desierto. Ahí no se produce vino, la Mancha no existe, de manera que todo el esfuerzo de promoción que hacen organismos oficiales y bodegas se evapora alegremente. Tanto hablar de los buenos vinos de Cuenca, de esas bodegas que llevan años cuidando las uvas que les llegan, de esas marcas de prestigio que ya casi todos los consumidores sabemos decir en voz alta, de ese esfuerzo solidario por ocupar cuotas de mercado y escalones de calidad para llegar a esta sencilla conclusión: en ese mapa de los vinos de Lidl no hay ningún espacio para Cuenca. Maravilloso.

domingo, 5 de octubre de 2014

DESPEDIDA A TETE MANZANET



Hace un par de años, más o menos, comentando en este blog la última exposición de Tete Manzanet en Alicante terminaba diciendo que ojalá tras ese periplo levantino la muestra llegara a Cuenca. No ha sido así ni creo que lo sea ya: Tete ha muerto, a los 84 años de edad y con ese tránsito del ser y estar al no serlo concluyen definitivamente las posibilidades de poder contemplar una obra tan firme y densa como original. Segundo García López nació en Cuenca y se afincó profesionalmente en Alicante, desarrollando su vida entre esos dos ejes, uno sentimental, el otro laboral y familiar. Dotado de manera natural para el ejercicio del dibujo y la pintura, decidió aplicar esa sabiduría a la docencia y no a la práctica, aunque sus amigos siempre tuvieron a mano alguna plumilla, algún boceto pergeñado en dos trazos, como quien no quiere la cosa, pero la gente, el público, salvo los pocos que pudieran ver una primeriza exposición juvenil desconocían el estilo y las tendencia de un artista oculto. Es claro que cada ser humano está en su derecho de elegir las opciones que mejor le convengan y Tete se dedicó a la enseñanza, no solo de la técnica sino también de la historia y en ello invirtió su vida, además de ocupar cargos directivos en los institutos en que estuvo, asistir con su inmensa sabiduría a entidades culturales (el Centro Eusebio Sempere de Comunicación Visual, la Colección de Arte Siglo XX del Museo la Asegurada) e incluso de realizar una leve incursión política, como presidente del PSOE alicantino. Esa era la vida que Tete Manzanet había ido realizando cuando en 2003, según propia confesión “decidió reorientar su vida” para entrar, con todas las consecuencias, en ese mundo del que había estado alejado, preparando con ilusión juvenil una primera exposición que, tras ser contemplada en Alicante, vino a Cuencaen el otoño de 2008. Fue en el Centro Cultural Aguirre y en ella el artista mostraba la cálida firmeza de quien era, en verdad, un veterano en la expresión pictórica, sin que faltara la inspiración que el profesor buscó en sus modelos más admirados: Piero Della Francesca, Mantenga, Filippo Lippi, Holbein, Verrocchio, Vermeer, Tintoretto, es decir, una época tan clásica como revolucionaria fue en lo que tuvo de apertura hacia la modernidad. Tete se ha ido y con estas palabras despido no solo al artista sino también al hombre y su bondad generosa, que pude experimentar cálidamente aquellos días de exposición en Cuenca.

jueves, 25 de septiembre de 2014

LA VACA ES INOCENTE



            Es viejo el tema, el debate, la discrepancia entre cantidad y calidad. Muchas bromas (y también comentarios ingeniosos) se han hecho a cuenta de ese dilema, aplicándolo a las habilidades sexuales del género masculino. No puedo evitar caer en ese tópico cuando oigo a los voces municipales conquenses mostrar su enorme satisfacción por las multitudes (20.000 personas, dicen, los muy insensatos, sin detenerse a medir la superficie del espacio ni el necesario ocupado por cada ser humano) aglomeradas estos días a cuenta de la vaquilla de San Mateo. A eso, parece, se reduce la cuestión: a que haya mucha gente. Acostumbrados como están a medirlo todo en votos, o sea, en números, no entienden los matices, a veces sutiles, que deberían aplicarse a las cosas humanas y más aún si se trata de comportamientos sociales, mensurables no en cifras, sino en cualidades.
            Porque en ese balance triunfal y triunfalista, tan satisfactorio, no se dice nada de lo demás que acompaña a la fiesta, que en tiempos fue popular, amable, divertida y participativa y hoy es lo que es. No se dice nada de la ingente cantidad de porquería acumulada en las calles, ni de la exhibición de borracheras juveniles (recordemos las normas dictadas por el mismo municipio sobre el consumo de alcohol en la vía pública), ni del pésimo gusto patente en unos comportamientos que no tienen mucho de ejemplares, ni, en definitiva, del gravísimo deterioro producido en este maltratado casco antiguo de Cuenca, víctima inocente de un despropósito tras otro, sin que haya una explícita reacción social colectiva ni menos aún, creo yo, conciencia en los propios regidores sobre lo que están haciendo (o dejando hacer, que aún es peor) con la desgraciada ciudad.
            La demagogia manda ante la necesidad, inherente a todo político, de satisfacer las exigencias populares, cualesquiera que sean, sin aplicarles ningún tipo de control, corrección o cualquier mecanismo que pudiera reconducir los desmanes hacia el sentido común, la elegancia, la belleza, el respeto y todo aquello que aprendimos en la escuela en años tan lejanos como olvidadas son esas virtudes sociales.
            Esta hubiera sido una buena ocasión para que quienes tienen que decidir sobre la petición temeraria de que la fiesta reciba una declaración especial de valores turísticos vinieran a ver lo que realmente pasa, no en la fiesta en sí mismo (la pobre vaquilla no tiene la culpa) sino en su degradado entorno. Los turistas que había aquí esos días (conocí a dos de ellos) simplemente estaban desconcertados y deseando salir huyendo de una ciudad incómoda e ingrata, con los museos cerrados, las calles taponadas y malolientes, con vómitos y porquería por todos los rincones. Buenos méritos para recibir una declaración de interés turístico.
            Claro que también los criminales partidarios del toro de la Vega pretenden conseguir ser incluidos en la lista del Patrimonio Mundial. Igual lo consiguen y allí nos veremos todos.



LOS CANDADOS DEL AMOR EN SAN PABLO



            Probablemente todo el mundo sabe lo que es un candado, ese artilugio ciertamente ingenioso, de variables dimensiones, que sirve lo mismo para cerrar una maleta, un portón sin cerradura, una tapia alambrada o la taquilla de un vestuario. Pese a su utilidad, se trata de un invento relativamente moderno, pues fue a finales del siglo XVII cuando lo inventó un sujeto escandinavo llamado Federico Javier Pitton, que poseía una fábrica de materiales metálicos en la que elaboraba productos varios, a los que unió el candado, bien distinto de los modelos que hoy conocemos. Pero claro, no es cosa de hacer aquí una docta historia sino comentar la curiosa utilidad que los jóvenes del siglo XXI le han encontrado y que ya se encuentra presente en Cuenca, en el más emblemático de nuestros puentes, el de San Pablo.
            Por algún motivo misterioso, los enamorados gustan de proclamar a los cuatro vientos la etérea situación anímica en que se encuentran. Nadie quiere llevar el enamoramiento en la intimidad, sino que es conveniente lanzarlo al conocimiento general para que todo el mundo pueda compartir tan placenteras sensaciones que, en el inicio embobado quieren que dure toda la eternidad. Un método histórico fue el de grabar nombres o iniciales en las cortezas de los árboles, en muchos casos con la compañía de un bonito corazón. Luego aparecieron los graffitis embadurnando tapias y paredes. Hay quienes prefieren elaborar llamativas pancartas, sobre todo si se trata de anunciar la próxima boda y la cuelgan donde pueden. Los métodos y variedades son diversos, según la capacidad imaginativa de cada cual.
            La moda, ahora, es colocar candados en los puentes. Que lo hagan los naturales del lugar entra dentro de la normalidad, pero ¿y los turistas? Me imagino a esas jóvenes parejas de enamorados transportando en la mochila o la maleta el candado que van a anudar a las barandillas del puente de San Pablo y, lo que es más llamativo, junto con un taladro mecánico, puesto que muchos de ellos precisan de hacer un agujero previo. Cosa tan prosaica para un objetivo tan poético es realmente original.
            Parece que debe adjudicarse al escritor romántico Federico Moccia (al que ni he leído ni tengo intención de hacerlo) el invento de la costumbre, al hacer que dos de sus protagonistas en la novela Tengo ganas de ti (también llevada al cine) engancharan un candado a una farola del puente Milvio, en Roma, como símbolo de su eterno amor. La idea se ha multiplicado como una plaga, ya digo, y por todas partes, donde quiera que haya puentes, se anudan cientos, miles de candados, empeñados en proclamar la vigencia de esa cosa tan antigua y decadente que es el amor.
            Cuenca tiene uno de los puentes más espectaculares y, por ello, atractivos para que en sus elementos de hierro se coloquen candados; algunos prefieren un espacio aislado, para que su candado esté en solitario, pero otros no tienen inconveniente en irlos acumulando hasta formar un llamativo rosario que hacen ahora del puente de San Pablo, centenario ya, maravilloso siempre, desafío etéreo a la volatilidad de la hoz del Huécar por donde el aire limpio tremola sobre los chopos, un grandioso símbolo de esta ciudad.
            En París, por lo que he leído, están muy preocupados porque en algunos de sus puentes es tal el peso acumulado que pone en peligro su resistencia. No creo que en Cuenca llegue la sangre al río; el puente de San Pablo, que ha sorteado no pocos riesgos y ventoleras, aún puede recibir bastantes candados más, para placer de las parejas que hasta aquí llegan y desconcierto de quienes, como siempre, mueven la cabeza no entendiendo lo que está pasando. Y así, sencillamente, el puente es ahora también un símbolo concreto del amor.
            Solo una cosa me tiene mosqueado. El rito dice que los enamorados, una vez colocado el candado y tenerlo bien cerrado, deben arrojar la llave lejos, para que nadie la encuentre y pueda abrirlo. Pero no veo por ningún sitio las llaves de esos candados. Si alguno se las lleva en el bolsillo eso es trampa, porque luego puede regresar y romper así el hechizo amoroso, formalizado, ay, con voluntad de eterna duración.



miércoles, 10 de septiembre de 2014

JOSEF ALBERS EN EL MUSEO DE ARTE ABSTRACTO

            
             Aún quedan unos cuantos días (no muchos, hasta el 5 de octubre), menos aún descontados los que corresponden a la insumisión social que suele acompañar a las corridas de vaquilla, para poder disfrutar en el Museo de Arte Abstracto de Cuenca de la espléndida colección dedicada a Josef Alberts, calificada en el momento inaugural como el resultado de una obra pausada, estudiada al milímetro en cada paso del grabado, repleta de pruebas de color y, sobre todo, metódica.
            La exposición, como es natural, ocupa la planta baja del edificio, la dedicada a las muestras temporales, ese espacio íntimo que siempre resulta acogedor, en el que el visitante se siente perfectamente a gusto, por lo común sin agobios de otras personas dispuestas a pelear por un hueco para ver apenas durante unos segundos el objeto de sus miradas. Aunque los tópicos suelen ser siempre arriesgados, en este caso es correcto decir, como en alguna ocasión se ha hecho, que estar ahí, ante la obra de Albers, es como entrar en su propio taller, conocer sus vivencias y sensaciones, seguir paso a paso la evolución de su trabajo. Un viaje al interior del taller del artista, se dijo, y es cierto.
            Josef Alberts (1888-1976) era, por lo que nos cuentan los especialistas y estudiosos de su obra, extraordinariamente minucioso en la elaboración de sus trabajos. Nada de seguir ese impulso creativo espontáneo, casi brutal, que deriva en un impacto visual. Por el contrario, nos cuentan, trabajaba con absoluta dedicación antes de acometer el proceso real de construcción, estudiando los múltiples aspectos y caminos por los que podría orientar el desarrollo efectivo de la obra de un genio que no cree en la improvisación (tampoco en la inspiración), sino en el trabajo. Por eso en esta exposición tienen tanto interés los bocetos que nos permiten aprehender las distintas etapas de ese proceso creativo, incluyendo las dudas ante las que se enfrenta el creador hasta decidirse por una opción concreta. Eso queda patente en las 103 piezas que vienen a ser como el escaparate donde se refleja la intimidad de un artista, en ocasiones en severos tonos blancos y negros, otros dejándose llevar por la exuberancia del color.

            Lo dicho: quedan pocos días para disfrutar de esta maravilla y deberían aprovecharse.

lunes, 8 de septiembre de 2014

NOTICIA DE LEÓN LÓPEZ Y ESPILA


        
Del fondo del cajón donde descansan tantos misterios literarios (de otro tipo también, pero aquí nos interesa ese sector de la Cultura), José Antonio Silva ha rescatado, con la minuciosa precisión que caracteriza su trabajo, una figura sorprendente, apenas conocida en su tierra natal, Cuenca, aunque ha merecido la atención de varios estudiosos de la única obra de León López y Espila (San Clemente, 1799), un texto sorprendente que responde al título alambicado de Los cristianos de Calomarde y el renegado por fuerza, publicado por primera vez en 1835.
            Se trata de un libro de memorias personales y, por tanto, autobiográfico. El propio autor enfatiza que no ha pretendido llevar a cabo ninguna invención fantasiosa de corte literario sino exponer lisa y llanamente sus propias experiencias, a través de una serie de acontecimientos que tienen más de novela de aventuras que de cualquier otra cosa, como quizá corresponde a la turbulenta España que le tocó vivir. López y Espila era, como dice Silva “un apacible rentista” manchego, que vivía en su villa natal entregado a las actividades económicas propias de un rico hacendado del campo, sin mostrar otro tipo de preocupaciones hasta que surgió ante él, como en tantísimos otros casos, la necesidad de elegir una opción política y se inclinó por la vía constitucional. Por donde quiera que nos acerquemos a la permanente convulsión que nos azota desde hace dos siglos encontraremos siempre una de las dos Españas intentando helar el corazón de la otra mitad. El regreso de Fernando VII al país, tras la guerra de la Independencia, eliminó la breve Constitución de 1812 sustituida por el gobierno personalista, absoluto, del rey y sus amigos, oscuro periodo interrumpido a su vez, brevemente, por el Trienio Liberal (1820-1823) que durante tan corto espacio de tiempo intentó recuperar la vía constitucionalista que el propio monarca juró asumir de buen grado. Iluso sueño, frustrado no solo rápidamente, sino también con total ferocidad. La reacción cayó de bruces sobre quienes, como López y Espila, se manifestó a favor del sistema por lo que, a la caída de éste, fue víctima de la conveniente represión que le llevó primero a la huida a Granada y posteriormente a Marruecos y Francia. Este es el periplo, ciertamente aventurero, angustioso en muchas ocasiones, que relata en su obra y en la que, junto a la narración de sus experiencias y desventuras, incorpora observaciones del máximo interés sobre la forma de vida los marroquíes pero también sobre las circunstancias políticas y religiosas en que se desenvolvía el siempre complejo país español, lo que explica el alambicado título, seguramente incomprensible para nosotros, pero con las necesarias claves explícitas para el lector de su tiempo.
            El texto se acompaña de un expresivo estudio introductorio de José Antonio Silva, en que con suma claridad sitúa la época, los acontecimientos y los datos necesarios para aprehender las circunstancias del momento, antes de dar paso a la obra de López y Espila, cuya lectura es sumamente cómoda y agradable. Se trata, pues, de una recuperación verdaderamente valiosa que pone en primera línea de interés la figura de un ciudadano conquense maltratado por la realidad política pero que dio el paso de contar su experiencia y dejarla plasmada en letras impresas. Para valorar debidamente la importancia de esta recuperación, basta señalar que en el voluminoso, exhaustivo y detallista Diccionario biográfico del Trienio Liberal, dirigido por Alberto Gil Novales (Madrid, 1991), entre miles de menciones, no aparece el nombre de López y Espila, a quien corresponde, desde luego, un lugar notable entre los españoles que asumieron, en momentos difíciles, la defensa de los valores constitucionales.

LOS CRISTIANOS DE CALOMARDE Y EL RENEGADO POR FUERZA
León López y Espila. Estudio de José Antonio Silva Herranz.
Cuenca, 2014. Diputación Provincial



martes, 2 de septiembre de 2014

EL MUSEO QUE CUENCA NO TIENE


            Con el lógico y necesario interés leo las noticias municipales que adelantan el desbloqueo de las gestiones para reanudar las obras de reconstrucción y remodelación de la Casa del Corregidor, una de esas empresas prioritarias desde hace décadas y siempre en situación de stand by, acompañada de periódicas declaraciones sobre la próxima ejecución real de los trabajos. Parece –toquemos madera, por si acaso- que ahora las cosas van en serio en cuanto que hay disponibilidad económica, acuerdos entre instituciones (esa rara avis que nos está conduciendo a situaciones esperpénticas) y plazos comprometidos.
            Todo parece ir viento en popa, a vela moderada, pero suficiente para que el proceso vaya adelante. Sin embargo, en este largo caminar, en el que intervienen muchas manos y se producen algunos olvidos, surge uno de ellos que motiva este comentario. Porque en las recientes declaraciones de la concejala de Cultura y portavoz del equipo de gobierno municipal, al hablar del destino futuro del edificio, una vez restaurado, menciona su destino principal, el de Archivo Municipal para el que fue concebida y diseñada esta obra de restauración, a la que se acompaña ahora la afirmación de situar ahí las oficinas del Consorcio Ciudad de Cuenca, cosa nueva y no contemplada en el plan inicial. Sin discutir esta atribución (pese a que podría ser discutida, naturalmente) sí prefiero aludir a otra cuestión que ahora parece olvidada: el Museo de Historia de la Ciudad, que sí se mencionaba expresamente en el procedimiento original y que ahora, por razones que ignoro, ha desaparecido sin motivos pese a que sigue siendo totalmente necesario una instalación de ese tipo.
            Siempre he pensado (con motivos suficientes) que los concejales de las últimas hornadas se han distinguido por mostrar de manera reiterada un profundo desconocimiento de la historia de esta ciudad y especialmente de la enorme riqueza, complejidad y variedad de los elementos que son propiedad del Ayuntamiento y que permanecen rigurosamente guardados en el más absoluto desconocimiento. Cualquier ciudad que se precie (y las hay a docenas) tiene abierto un Museo de su propia Historia que suele tener un amplio interés para los visitantes pero, sobre todo, es una lección permanente para que los propios ciudadanos, adultos y jóvenes, sepan dónde vivimos, de dónde venimos y cuáles son los elementos básicos que componen la esencia de la ciudad. Eso, en Cuenca, se ve complementado por la ingente cantidad de documentos y objetos que podrían formar parte de esa exposición permanente y aleccionadora.

            El Museo de Historia de la Ciudad es complemento adecuado y necesario del Archivo Municipal. Y si el actual Ayuntamiento lo ignora, lo único que se hace es prolongar la solución del caso, para que otra corporación más sensible caiga en la cuenta de la conveniencia de instalar tal Museo, aunque sea en otro local y no en el que debe ocupar por naturaleza, que no es otro que la Casa del Corregidor.

VOLVIERON LOS GIGANTES A LA PLAZA MAYOR



            Toda una generación ha crecido sin conocer la imagen de Gigantes y Cabezudos danzando por la Plaza Mayor de Cuenca. Ni los más viejos del lugar recuerdan cuándo fue la última vez que sucedió tal cosa, pero sí que los niños han ido creciendo sin conocer semejante espectáculo. Pocos niños había este sábado festivo para quedar asombrados (algunos, también, con un poco de miedo en el cuerpo) ante la visión de esas figuras desproporcionadas, bien por el desmesurado tamaño de sus cuerpos o por las abrumadoras cabezas sobre unos pies diminutos. Había, en cambio, bastantes turistas un tanto mañaneros, desconcertados por lo inesperado, la llegada sorpresiva de las dos parejas de reyes, cristianos unos, musulmanes los otros, emparejados en el lento y elegante caminar, sin enfrentarse con violencia y sin que ninguno decida degollar al de al lado, como por desgracia a veces ocurre en la realidad de los humanos.
            Han vuelto los gigantes y los cabezudos al casco antiguo de Cuenca, su ámbito natural, donde surgieron, nadie sabe cuándo. La tradición de estas figuras se remonta a la Edad Media y, al parecer, cobraron forma inicialmente en el antiguo reino de Navarra, pasando luego a Cataluña y de ahí fueron tomando carta de naturaleza en Castilla, hasta arraigar también en la América hispana, donde tantas cosas de por aquí han ido creciendo y, quizá, manteniéndose con más fuerza que en el origen. Del significado de los gigantes y cabezudos en Cuenca quien más sabe es José Luis Lucas Aledón, que ha dedicado al tema muy bonitos y creativos trabajos, llenos de imaginación y poesía, como en él es habitual. Pues está claro que con estas figuras, tan estrambóticas y, sin embargo, cercanas, amistosas, que invitan a transitar por un mundo de fantasía, todas las maravillas son posibles.
            Estos gigantes y cabezudos, de parsimonioso caminar al son de la dulzaina y el tamboril de los chicos de Tiruraina no se entretienen en perseguir, menos aún azotar, a los espectadores de su paso, quizá porque son conscientes de que a estas alturas del mundo abundan las suspicacias y escasea el sentido del humor, de manera que por menos que te doy un escobazo alguien se puede mosquear innecesariamente. Una bonita danza en la Anteplaza, otra ante la catedral y luego calle de San Pedro arriba, van los gigantes y los cabezudos de Cuenca recreando la magia de un tiempo ido que solo reverdece al compás de las fiestas patronales. Y no es poco, cabría decir, porque estas son las cosas valiosas que una ciudad desconcertante como la nuestra puede olvidar en cualquier momento. Hasta que alguien las recuerda y recupera. Como esta presencia ancestral de los gigantes y cabezudos en el corazón de la ciudad.




domingo, 31 de agosto de 2014

LAS FRÁGILES RUINAS DE MOYA


                Las ciudades, como los seres humanos (y los animales y los vegetales) pueden no ser eternas, pueden desaparecer, generalmente por razones incomprensibles. Miramos a nuestro alrededor y encontramos multitud de sitios y lugares que tuvieron una entidad reconocible, fueron poderosos, estuvieron habitados, conocieron la gloria y la miseria y hoy han quedado reducidos a sencillas ruinas a las que casi nadie hace caso, si no fue para utilizar parte de sus piedras desmochadas en la construcción de nuevos edificios que nada tienen que ver con los anteriores. A veces, contemplando la belleza íntima de estas venerables ruinas lamentamos su pérdida mientras intentamos adivinar las razones por las que sucedió lo que finalmente resultó inevitable, pero en otros momentos acertamos a valorar esos restos en sí mismos, buscando en ellos el mérito, quizá la utilidad que aún pueden ofrecer.
                Cuenca es un territorio pródigo en situaciones como las que estoy comentando. Son centenares los lugares de muy diversa entidad urbanística y demográfica repartidos por la provincia, como hitos aún visibles de una historia que se remonta a los primeros tiempos de la humanidad. Explorar en ellos es conseguir enhebrar el laborioso tejido de nuestro propio devenir colectivo. Cuando contemplamos esas ruinas quisiéramos mediante un artificio de la imaginación poder recuperar el sentido y la entidad que llegaron a tener en el pasado, volver a poblarlas de seres vivos, devolverles alguna actividad susceptible de tener sentido en nuestro tiempo. Esta última condición es, seguramente, la más difícil de todas.
                Si hay en el ámbito provincial unas ruinas venerables, magníficas, impresionantes, esas son las de la antigua villa de Moya, hoy totalmente despoblada, pero con habitantes distribuidos en las que fueron sus aldeas. Pasear por Moya es siempre una experiencia emotiva, en la que el silencio secular de las antiguas viviendas se mezcla con el rumor del aire ululando entre las desmochadas callejas y la sombra impetuosa de los hechos históricos que hicieron de ella una fortaleza singular en el ámbito del marquesado moyano. Las restauraciones que desde hace décadas se vienen haciendo han permitido recuperar algunos elementos valiosos: las puertas de la muralla, el ayuntamiento, la iglesia de Santa María, la espadaña de San Bartolomé. Queda, como gran asignatura pendiente, el castillo, la magnífica fortaleza dominadora del valle, cuyo estado de conservación tantas preocupaciones despierta.
                El problema, siempre, es qué hacer con Moya,  cómo conseguir que hasta allí lleguen más que pasajeros nostálgicos o buscadores de imágenes insólitas. Sobre el papel, el lugar tiene todos los atractivos imaginables; en la realidad, las dificultades objetivas (malos caminos, ausencia de alojamientos o restaurantes, nada de información) estorban la aplicación práctica de la teoría. El dilema se podrá resolver favorablemente si prosperan las gestiones ya iniciadas para transformar uno de los edificios en restauración, la iglesia de la Trinidad, en hospedería. Un empeño tan ambicioso y atractivo bien merece la pena que llegue a buen puerto. Eso sí, cuanto antes, porque el tiempo, en esto como en todo, vuela de manera incontenible.


NOMBRES PASADOS DE MODA

   
             Una costumbre férreamente instalada entre nosotros desde tiempo inmemorial establece que cada periodo político bautiza las calles de pueblos y ciudades con nombres extraídos del panorama personal inmediato, lo que significa, de manera obvia, que ese repertorio cambia y se actualiza cada equis años. El régimen franquista fue rotundo y severo, no dejando en el callejero nacional ni una sola alusión a quienes habían sido protagonistas y gestores de aquellos ocho años de la vida española que le precedieron bajo la fórmula republicana. Previamente, la República había eliminado cualquier referencia a reyes y príncipes, incluida la propia monarquía, suprimiendo del nombre de lugares aquellas menciones a “del rey” que tanto abundan en la nomenclatura. Pero no hay que ser puntilloso en estas cuestiones, pensando que tales cosas solo suceden en los cambios de régimen. El predominante en España, durante siglos, ha sido la monarquía y, sin embargo, poquísimos reyes están representados en las placas urbanas. Por lo que se refiere a Cuenca, prácticamente no hay ninguna mención a nombres tan ilustres como Alfonso X, Carlos I, Felipe II o Carlos III, menos aún a felones del calibre de Fernando VII o Isabel II. Apenas si los Reyes Católicos, juntos o separados, merecen alguna indicación. En cambio pueden surgir sorpresas en buena forma incomprensibles, como es la presencia de Amadeo de Saboya en una calle de Minglanilla, cosa verdaderamente desconcertante.
            Esa norma consuetudinaria de sustituir los nombres vigentes en un periodo por los del siguiente ha tenido una llamativa excepción en tiempos recientes. Por razones difíciles de entender, un elevado número de pueblos (en torno a 40 o 50, calculo) se han mostrado especialmente resistentes a suprimir las alusiones al Generalísimo o Caudillo, manteniéndolas contra viento y marea, incluso desafiando a las leyes establecidas en cauce parlamentario, sin que ninguna autoridad haya hecho esfuerzos por intentar hacerlas cumplir (lo que, de paso, explica otros muchos incumplimientos igualmente legales). Probablemente, más que afición hacia la figura del desaparecido jefe del Estado, lo que hay en estos casos es una demostración de abierta antipatía personal hacia quien le sucedió pensando -imagino- quienes así actúan que el rey Juan Carlos, heredero personal de Franco, actuó de manera aviesa al incumplir su promesa de respetar el legado del invicto general y por eso -sigo imaginando- no merecía que su real nombre estuviera en una placa urbana y menos aún sustituyendo a su antecesor.

            Si esa interpretación mía es correcta, ahora llega la hora de comprobarlo. Hay un nuevo rey al que, inicialmente al menos, no se le tiene especial prevención. Es un buen momento, por ello, para que esos 40 o 50 alcaldes pertinaces consideren llegada la hora no solo de cumplir la ley sino también la costumbre nacional mantenida activa durante siglos y si hasta ahora no han encontrado la oportunidad, aquí la tienen, servida en bandeja, bautizando con el título de Rey Felipe VI tantas plazas y calles como aún lucen el esperpéntico título de Generalísimo o Caudillo. A no ser que entre ellos haya un concurso para ver quién es el último que se baja del burro, cosa que también es posible.

domingo, 6 de julio de 2014

UN TEATRO DE (EN) PROVINCIAS


Zubin Mehta se ha despedido de Valencia, entre sollozos y aclamaciones, con una frase lapidaria que ha sido acogida jubilosamente por la afición: "Si van bajando el presupuesto año tras año, el Palau acabará siendo un teatro de provincias”. Y, naturalmente, la afición valencianista a la música y la ópera no ve bien que su Palau quede reducido a la categoría de teatro provinciano.

            Probablemente todo el mundo sabe quien es Zubin Mehta, aunque sea por haberlo visto alguna vez a través de TV dirigiendo el concierto de Año Nuevo en Viena. Hablamos de uno de los más grandes (y, a la vez, espectaculares) directores musicales de la actualidad, con una carrera de prestigio, acuñada a través de premios, actuaciones memorables y responsabilidad en grandes orquestas de todo el mundo. La última ocupación de Mehta durante estos años recientes ha sido estar al frente del Palau de les Arts, en Valencia, del que acaba de despedirse entre llantos y doloridas declaraciones. Para dirigir un teatro como el Palau hacen falta varias condiciones, incluyendo inteligencia, buen gusto y capacidad personales pero también, y sobre todo lo demás, dinero, mucho dinero. Justamente lo que ha empezado a faltar desde que en el horizonte económico español apareció un asunto llamado crisis, complicado en la comunidad levantina con situaciones bien conocidas en forma de despilfarro faraónico, del que es un buen ejemplo el famoso Palau (en situación técnica complicada por haber sido encomendada su construcción al dichoso Calatrava), concebido a la mayor gloria del esperpento político en el disparatado afán de competir con los dos grandes centros musicales españoles, el Teatro Real de Madrid y el Liceo barcelonés.

            Al cabo, todo ese montaje de cartón piedra se ha venido abajo, a medida que los financiadores y aportadores de fondos han ido reduciendo el dinero puesto a disposición de quien estaba en condiciones de gastar todo lo que tuviera y más. Ha sido entonces, al despedirse de los valencianos, tras haber regalado a la afición un grandioso “Turandot”, cuando Mehta ha dicho eso del teatro de provincias, una frase peyorativa e injusta, que viene a plantear sobre el papel un tema viejísimo, la diferencia que hay entre planteamientos de oropel y apariencia fastuosa amparados por la abundancia de dinero y la que surge del esfuerzo discreto, honesto, con medios muy limitados. El primer caso se circunscribe no solo a muy escasas ciudades en el mundo, sino también a un público seleccionado en función de su propia capacidad personal para obtener las entradas que se le ofrecen, a precios asequibles a muy pocos. El segundo es el que ha permitido que un país como España haya podido pasar, en apenas un cuarto de siglo, de una carencia total de espacios escénicos y musicales a disponer de una razonable red a la que pueden acceder millones de ciudadanos a precios asumibles. Es, otra vez, como siempre, la distinción entre cultura elitista y cultura popular, la que unos pocos querrían reservarse sólo para sí mismos y la que otros pretenden -pretendemos- extender hasta los últimos rincones de este desconcertante y desconcertado país.

            Zubin Mehta (y otros artistas parecidos) está en su derecho de proclamar los intereses que defiende, entre otros motivos porque de eso vive y sin duda está muy a gusto con los salarios millonarios que percibe, pero ello no debería llevarle a infravalorar o despreciar el enorme papel que los teatros de provincias han desarrollado en todo el mundo y singularmente en España para sacar la cultura del ostracismo en que estuvo durante un largo periodo. Hay detrás un largo camino de esfuerzos, voluntades, capacidades e iniciativas para conseguir que aquello que parecía ser un privilegio reservado a las grandes ciudades o a espectadores potentados pueda llegar a rincones mucho más modestos, desde luego, a un público no siempre capaz de reconocer la oferta que se pone a su disposición pero merecedor, en su conjunto, de que los bienes de la cultura lleguen a ser asequibles en las provincias, esos lugares sencillos, apacibles y en muchas ocasiones olvidados de las manos de los seres humanos. Ser un teatro de (o en) provincias no es, en forma alguna, un demérito sino un timbre de orgullo y dignidad. Sin oropeles, sin fantasmadas ni brindis al sol. Sí con la sencilla dignidad de prestar un servicio a la comunidad.

viernes, 27 de junio de 2014

JORGE PARDO VUELVE A CUENCA


 
            No creo que Jorge Pardo recuerde la primera vez que actuó en Cuenca, aunque a lo mejor sí, teniendo en cuenta la singularidad del espacio en que sucedió aquello, el 27 de mayo de 1993, cuando todavía era un primerizo intérprete de jazz, aunque ya iba afirmando pasos en un camino que le conduciría hacia la muy destacada posición que hoy ocupa. El espacio singular a que me refiero es la iglesia de San Miguel, ese excepcional recinto musical que lo mismo sirve para un cosido que para un fregado, pues allí han ido a parar músicos y géneros de todos los pelajes imaginables.

            Los Encuentros con el Jazz los puse en marcha tres años antes, en un empeño por diversificar las oportunidades que, pensaba, deberían tener los conquenses de acceder a músicas de todos los estilos imaginables. El jazz no había tenido aquí hasta entonces muchas oportunidades (por no decir ninguna) y pensé que eso habría que corregirlo. Como ocurre siempre en este tipo de iniciativas, abundaron los escépticos, especie que en Cuenca está siempre dispuesta a participar con todo entusiasmo en el empeño de que nada se mueva más allá de lo prudente. Para el primer Encuentro conseguimos un acuerdo favorable con el arrendatario de la Playa Municipal del Júcar y hasta allá fuimos, media docena de agradables noches primaverales, para tener los primeros contactos con esa música que a unos parece sonidos amasados por el diablo y a otros nos conmueve y emociona como ninguna otra melodía imaginable. Por allí pasaron, entre otros muchos, Perico Sambeat, Larry Martin, Jeff Jerolamon, el gran Chano Domínguez, Ximo Tébar y luego, un par de años más tarde, llegó Jorge Pardo. Para entonces ya habíamos dejado la Playa (porque a algunos adictos les parecía que estaba muy lejos: qué cosas pasan y se dicen) y como no había más espacios adecuados en esta ciudad allá que nos fuimos a San Miguel, siempre disponible y acogedora para lo que de ella se pida.

            Todo eso -y muchas más cosas que se podrían decir- es historia, naturalmente. Ahora, Jorge Pardo vuelve a Cuenca acompañado del título de mejor intérprete de jazz de Europa. Detrás, con él, hay una enorme carrera de progreso continuado, como intérprete –memorable su forma de acariciar la flauta travesera, impresionante los sonidos que consigue del saxofón- pero también como impulsor de iniciativas vinculadas a cuanto tiene que ver con la creación musical y el arte en general, escenario en el que encaja perfectamente la tercera edición del programa Estival Cuenca que ahora se pone en marcha y en el que Jorge Pardo va a tener un momento central, el miércoles día 2, compartiendo música con “The Teacher’s Band” que, por lo que deduzco del título, son de Cuenca y se inician ahora en este camino. Que el festival vuelva  un año más a ocupar una apretada semana con variedad de propuestas y que lo haga habiendo perdido en el camino el patrocinador principal del año pasado pero con otros muchos colaboradores incorporados, dato demostrativo de que detrás de todo ello hay un enorme esfuerzo de organización y un gran cariño hacia los espacios históricos de la ciudad, generosamente aprovechados para llevar hasta ello la música y las actividades complementarias.

 

POESÍA EN PRIEGO


 
             El verano, recién entrado, es el tiempo adecuado, según los tópicos, para muchas ocupaciones lúdicas y festivas. En Cuenca, también para la poesía. La cita es, cada año, en Priego, en torno a una generación, una tendencia o, como en este caso, un nombre, el de Luis Alberto de Cuenca, considerado ya como uno de los poetas imprescindibles cuando se habla de la literatura española actual. Hablamos, además, de una figura variopinta y heterogénea en su multiforme actividad, que va desde su destacado papel como letrista de figuras de la ya histórica movida madrileña (Loquillo, Gurruchaga) en aquellos tiempos locos cargados de alegría e ilusiones (quien pudiera volver a pillarlos ahora) hasta su papel institucional como secretario de Estado de Cultura, en el anterior gobierno del PP. Referencias que vienen aquí para marcar la extraordinaria personalidad que sirve este año de cita en el curso de Priego. Nacido en Madrid (1950), licenciado y doctor en Filología Hispánica, investigador del CSIC, premio nacional de la Critica (1986), director de la Biblioteca Nacional (2000-2004), Luis Alberto de Cuenca figura también en el muy meritorio colectivo de los cinéfilos resistentes a todas las crisis. Fue habitual en aquellas impagables y tantas veces recordadas tertulias organizadas por José Luis Garci en la TV pública en torno a películas del cine clásico.

            Será los días 3 y 4 de julio. Una vez más, Martín Muelas, Juan José Lanz y Ángel Luis Luján, han preparado un intenso programa de actividades que incluye conferencias y recitales, en torno a la personalidad invitada, cuya presencia será, desde luego, un estímulo añadido al conocimiento teórico y a la convivencia activa. Miembro inicial de la corriente del culturalismo de raíces grecolatinas, Luis Alberto de Cuenca comenzó su carrera lírica en los años 70 del siglo pasado, con una abierta dedicación al culto del lenguaje, posiciones desde la que ha ido evolucionando para llegar a ser el máximo representante de lo que se conoce como “línea clara”. Su poesía, cargada de ironía, cercana al lector y a la vez exigente en su dominio de las formas líricas, será estudiada colectivamente por expertos como Luis Miguel Suárez, Juan José Lanz, Antonio Rey Hazas, Francisco Gutiérrez Carbajo y Antonio Carvajal, a lo que se añadirá una mesa redonda, un recital de poetas presentes en el curso y otro más, final, del propio Luis Alberto de Cuenca, cuya presencia personal es un añadido extraordinariamente valioso. Abierto, comunicativo, dotado de un considerable conocimiento sobre las más variadas materias, hombre de mundo y conversador irreductible, el poeta invitado de este año posee en sí mismo suficientes atractivos, humanos y poéticos, para hacer de esta cita un muy buen pretexto para ir a Priego y seguir la estela que hace ya casi veinte años inició Diego Jesús Jiménez al promover la reunión poética de cada mes de julio.

 

 

 

martes, 24 de junio de 2014

UN LUGAR DE LA MANCHA


 
Una de las cuestiones eternas que envuelve los asuntos relacionados con el mundo de las letras (o sea, con el mundo en general) es el de ese lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiso acordarse Cervantes para situar el punto de origen, el lugar de nacimiento y residencia del extraordinario personaje al que dio vida literaria y corporeidad visual. El asunto, que no mereció especial interés para los curiosos de la época, acostumbrados, desde luego, a los juegos e invenciones de sus contemporáneos, ha ido desarrollándose de manera progresiva en los dos últimos siglos, hasta dar origen a un auténtico género de la investigación, el de adivinar (intentarlo) cual fue ese punto, ese lugar, manchego, por supuesto, en que Don Quijote tenía fijada su residencia.

            La última guinda la ha puesto sobre el papel el investigador conquense José Manuel Ortega Cézar, experto en la figura y la obra de Jorge Manrique (hace unos meses pronunció en Cuenca una interesante conferencia sobre este tema) al presentar entre las candidaturas el nombre de Santa María del Campo Rus, referencia a la que llega a través, precisamente, del estudio de la personalidad del poeta-soldado, cuyo cuerpo fue a morir allí, a este lugar próximo a San Clemente, en 1479, tras ser mortalmente herido en el asalto al Castillo de Garcimuñoz.

            El trabajo de Ortega Cézar, publicado en las páginas culturales del diario ABC, se inicia rastreando la posible influencia de Manrique en Cervantes, encontrando algunas curiosas alusiones que demuestran no solo que éste conocía perfectamente la obra de aquel sino que en su novela introduce elementos que aluden de manera muy clara a versos y conceptos manriqueños. Siguiendo esta pista, Ortega elucubra con la posibilidad de que Cervantes, recaudador de contribuciones reales y por ello viajero constante por el territorio que tenía asignado llegara a Santa María del Campo y encontrara allí no solo el lugar concreto, la casa, en que murió Manrique, sino inspiración suficiente para situar allí el origen de las aventuras quijotescas.

            Como todas las hipótesis que carecen de soporte documental, esta se mantiene, por ahora, solo en ese nivel, el de una teoría más próxima a la invención literaria que de la realidad histórica, pero eso no impide encontrarla acompañada del suficiente atractivo como para asumirla, al menos hasta que otra venga a sustituirla. Y ello desde la casi total seguridad, de que nunca podremos saber, con precisión incontestable, cual fue aquel lugar de la Mancha del que Cervantes no quiso dejar ni rastro de su nombre.

 

 

lunes, 23 de junio de 2014

UNA METÁFORA TEATRAL

 
 
LA FRONTERA, O LA RECUPERACIÓN DEL TEATRO HECHO POR JÓVENES
 

            Hablemos de una experiencia satisfactoria. De una experiencia incluso sorprendente, de las que ayudan a desmontar algunos tópicos que todos, más o menos, en mayor o menor medida, vamos acuñando  con el paso de los tiempos. En ese devenir hacia posiciones escépticas o directamente pesimistas, de pronto surge un hecho que interrumpe el proceso, nos hace detener la marcha y ayuda a pensar.

            La introducción ya está hecha. Ahora pasemos al suceso real, escenificado por un grupo de jóvenes estudiantes que sobre un escenario (el único escenario digno de tal nombre que queda en Cuenca) sube a llevar a cabo el montaje de una obra teatral que, para mayor abundamiento, es estreno en la ciudad y ha sido escrita por un acreditado autor igualmente conquense.

            Desmenucemos los diferentes ingredientes de la afirmación anterior. Lo haré aludiendo, necesariamente, a situaciones anteriores, sepultadas en el fondo de la desmemoria, la fruta más abundante en el huerto conquense. Pues hubo un tiempo en que en esta ciudad convivían (y competían) hasta ocho grupos teatrales formados por jóvenes actores y algún director experimentado; montaban obras clásicas y modernas, dentro del orden tolerado por el sistema. Cada centro educativo tenía su propio grupo teatral y había otros vinculados a asociaciones varias. Docenas de jóvenes, estudiantes la mayoría, reforzados con algún adulto, daban vida a la magia intangible pero cierta del teatro. Había además varios concursos anuales, para diferentes edades. El espectáculo se desarrollaba en distintos escenarios, pues también era costumbre aceptada con normalidad que cada centro educativo tuviera su espacio teatral. Por motivos que jamás comprendí (y sigo sin comprenderlo) uno tras otro fueron suprimiendo ese recinto mágico considerando más oportuno montar cafeterías.

            Esa dinámica negativa, tan acorde con la línea que viene tomando cuerpo y forma en esta ciudad durante la última década, se rompe ahora con la presencia en el Teatro-Auditorio de Cuenca del Taller Tusitala formado por alumnos de la Escuela de Arte José María Cruz Novillo. Por qué ese centro decide reanudar el tracto interrumpido y por qué en él hay unos cuantos profesores, bastantes alumnos y un coro de técnicos colaboradores es cosa tan meritoria que solo cabe citarla aquí con todos los parabienes posibles incluyendo el ferviente deseo (utópico quizá) de que cunda el ejemplo.

            Con muy buena voluntad y con numerosos aciertos en el montaje y la interpretación, el trabajo teatral nace, se desarrolla, toma forma, envuelve a los espectadores y llega briosamente hacia el final, sin que falte el necesario toque de sorpresa, imprescindible siempre en cualquier relato que se precie. El que ha escrito Francisco Mora, poeta de mérito reconocido, narrador de amplio espectro y ahora, en los últimos tiempos, autor dramático, además de ensayista, tiene un planteamiento original, muy acorde, metafóricamente, con una latente cuestión de actualidad, pues La Frontera ironiza sobre no pocas de las cuestiones que alteran el ánimo de los ciudadanos actuales, incluyendo la afición de algunos lugares a levantar fronteras que nos separen, contradiciendo así la que parecía tendencia general favorable a eliminarlas por completo.

            En el centro del escenario, ocupándolo de manera permanente, en un trabajo realmente ímprobo, casi extenuante, que requiere diversos cambios de registro, un joven actor, David Ábalos, carga con el peso de la obra, acompañado por un amplio grupo de compañeros que salen adelante con un encomiable nivel medio. Por cierto, que David Ábalos acaba de ganar el premio de interpretación masculina en los premios “Buero” de Teatro Joven, que patrocina la Fundación Coca Cola, por su interpretación del burgomaestre Smith en el montaje El retablo del flautista igualmente representado por la Escuela de Arte Cruz Novillo el año pasado, lo que quiere decir que de casta le venía ya el trabajo.

            Para echar las campanas al vuelo sólo faltaría que en otros centros educativos conquenses surgiera la mecha capaz de prender entre la atonía y la desesperanza que los invade y volvieran a resurgir grupos de teatro capaces de proporcionar a esta ciudad un ambiente que es, a la vez, educativo y lúdico, cosas ambas de absoluta necesidad para poder sobrevivir con moderada satisfacción personal.