jueves, 19 de diciembre de 2013

RUBÉN NAVARRO EN EL AUDITORIO



No se si es una buena idea utilizar el Teatro-Auditorio de Cuenca como sala de exposiciones. Durante los 14 años que lo dirigí se hicieron algunas, casi todas en contra de mi opinión, pero las acepté por no llevar la contraria más de la cuenta a quienes pretendían hacerlas. Creo que de ninguna de ellas quedé satisfecho, porque pensaba –y sigo pensando- que no es un buen sitio para hacer exposiciones y menos artísticas, de la misma manera que el público que acude a verlas no lo hace atraído por el mérito de las obras expuestas o el prestigio del artista o la curiosidad por apreciar los valores del montaje.

Pese a ello, hay muchos que no comparten mi opinión –y hacen bien, faltaría más- entre los que se encuentra Rubén Navarro, que ha elegido este sitio para mostrar su obra y lo digo aquí y ahora porque quedan pocos días para contemplarla, hasta el 29 de este mes, si no estoy equivocado. Lo recomiendo calurosamente, porque aparte mi diatriba (quizá innecesaria) sobre el lugar de la exposición, la obra del ceramista conquense (aunque nacido en Villarrobledo, en 1971) tiene tanto mérito, tanta fuerza expresiva y tan grande es su capacidad innovadora, que bien merece ser conocida, siguiendo pausadamente los trazos y el audaz colorido que impregnan estas formas que, heredadas de la tradición alfarera conquense (su padre, Adrián, es un buen ejemplo) se adentran temerariamente en la modernidad para conseguir un espectacular repertorio de propuestas cargadas de intencionalidad y sentimiento.

Son diecisiete piezas las que aquí pueden verse, entre las que se incluyen  murales cerámicos, y piezas realizadas en el torno del alfarero.  Nada que ver, me parece (y está claro que no soy un experto) con aquellos pasos iniciales, de aprendizaje, en la Escuela de Manises, donde participó en su primera exposición colectiva antes de emprender el vuelo en solitario, marcando distancias con otros artistas y estableciendo una original concepción de un territorio en el que todo parecía estar inventado, sujeto a los cánones clásicos de la funcionalidad. Varios premios le acompañan ya, aunque no parece estar muy preocupado por estas cuestiones competitivas.

LA MEMORIA COLECTIVA Y EL TIEMPO PERDIDO



Desde hace unos años se vive en Cuenca (quizá en todas partes, no hay que pensar que en esto somos excepcionalmente originales) una auténtica fiebre por encontrar, conseguir y almacenar fotos antiguas. Los nuevos mecanismos de información y difusión, este que ahora mismo sirve para propagar estas palabras, contribuyen a ir formando esa enorme colección de imágenes recuperadas del pasado, que unos pretenden conservar amorosamente, sin ganas de compartirla con nadie y otros, al contrario, cuelgan en la red cualquier objeto gráfico que cae en sus manos, sin importarles mucho que en apenas unos segundos pasen a ser propiedad del colectivo. Hay excepciones, como algunos que se consideran propietarios exclusivos de unas imágenes atrapadas en tiempos remotos y se creen con facultades para ejercer nada menos que derechos de autor.

La Biblioteca Municipal de Cuenca, situada en el Centro Cultural Aguirre, ha creado una página web en la que pretende ir recopilando la historia de la ciudad a través de documentos no sólo procedentes del archivo municipal, sino con el protagonismo de la colaboración ciudadana y para ello se ha pedido la colaboración de todo el que quiera enviar fotos, textos o cualquier tipo de documento que pueda servir para ilustrar o contar cómo era Cuenca en otra época. En esta recopilación se pretende conseguir una memoria colectiva a través de las memorias individuales en las que prevalece más el sentimiento y el testimonio de quienes lo vivieron que los puros datos documentales.

Es una iniciativa del máximo interés, que merece la pena ser conocida y visitada y también, por qué no, incrementada con aquellas aportaciones que cada cual tenga al alcance de la mano y quiera compartir con los demás. De esa manera se elabora, sí, la memoria colectiva, pero también se intenta recuperar, hasta donde sea posible, el tiempo perdido, porque si ha habido alguna característica señalada en esta ciudad nuestra es la facilidad con que se han ido tirando a la basura papeles, libros, periódicos, fotos, documentos y cualquier cosa que, por vieja, se considerada inservible. Y así resulta que nos faltan imágenes de cosas tan extraordinarias como la fachada antigua de la catedral, de la que no ha sobrevivido ni un triste boceto o dibujo que nos permitiera al menos adivinar cómo era. Y no es el único ejemplo, porque los hay a docenas. Así que, como dice el refrán popular, más vale tarde que nunca.

 

lunes, 9 de diciembre de 2013

TRISTE Y SOLA



Cae la noche -o la tarde, anocheciendo- sobre una Carretería envuelta en las brumas del silencio, compañero inevitable de la soledad. El día festivo agoniza y los pocos turistas que durante el día animaron algo el desangelado paisaje urbano en que se ha constituido el centro de la ciudad han ido desapareciendo, refugiándose quizá ya en trajín del regreso o quién sabe si en el cálido aposento de sus hoteles, si han tenido la poco frecuente idea de quedarse un día más en busca de algunas de las escasas emociones que ofrece la estancia aquí. Desde luego, ninguna esta tarde festiva, tan ajena a las propuestas que en cualquier otro sitio se ofrecen tan generosamente para distracción de propios y extraños. Donde quiera que estos hayan ido, es claro que ya no están ocupando la vieja rúa decimonónica que con espíritu nostálgico cantaron algunos escritores antiguos, no muchos, es cierto, pero hubo un tiempo en que Carretería podía servir como analogía de otras similares que marcan  las ciudades de abolengo señorial y pueblerino, pues ambas cosas se pueden ser a un tiempo. Ahora, en esta tarde desapacible, por fría y festiva, las puertas de los comercios están rigurosamente cerradas, salvo una que tras su título americanizado oculta, cómo no, la amarga actividad de unos chinos, esos seres que, trasplantados a la vida de occidente, no parecen tener otro horizonte vital que estar todo el día en sus comercios, a la espera de algún cliente dispuesto a comprar cualquier cosa, aunque sea de ínfima calidad, con tal de que resulte barata. Casi enfrente, también la cafetería Ruiz permanece estoicamente abierta, lanzando al pretil de la acera  la luminosidad de su permanente propuesta de dulces, bollería y meriendas apetecibles. De punta a punta de la calle, la penumbra lo envuelve todo, para corresponder con justicia al título bien ganado de Cuenca como la ciudad más oscura del occidente europeo, aquella en la que con más tardanza se encienden las luces llamadas a alumbrar el paseo, como si existiera una soterrada voluntad de ocultar a las miradas la visión ingrata de la deteriorada imagen de la antigua rúa decimonónica. En el centro de la calle aún sobreviven algunas de las terrazas que animaron tanto el ya desaparecido verano. Sombrillas cerradas o inexistentes, mesas vacías, sillas envueltas en el frío de las horas y el tiempo, vacías; ni siquiera sus más firmes usuarios, los fumadores empedernidos, se atreven a ocuparlas. Los escaparates, su mayoría, también permanecen a oscuras, contagiados del ánimo lúgubre que enseñorea toda la calle. No hay bancos abiertos a los que acudir, supermercado en el que comprar cualquier cosa, tiendas en las que entrar ni, sobre todo, gentes propicias para ejercer el mayor activo social inherente a la vieja Carretería, la afición a la tertulia placentera, en cualquiera de sus esquinas. Languidece la calle en esta hora del atardecer festivo, en este otoño triste como todos, en esta ciudad apagada, envuelta en las tinieblas oscuras de un futuro cada vez más incierto.

jueves, 5 de diciembre de 2013

LAS DESDICHAS DE MANGANA



Me pregunto qué extraña y pertinaz mala suerte persigue a la torre de Mangana, a sus alrededores, a las ruinas encontradas a sus pies. A todo, en fin, lo que tiene que ver con ese desgraciado paraje. Me pregunto, también, qué pasa en esta ciudad, derrotada, abandonada, sin ánimos suficientes para reaccionar de alguna manera ante los despropósitos que caen sobre ella, haciéndola víctima inocente de algún mal de ojo misterioso que convierte en sal derretida todo lo que tiene que ver con alguna esperanza de tiempos mejores. Solo así se puede explicar que después de doce años, cuando por fin parece llegada la hora de solucionar el problema y empiezas las tan esperadas obras, a menos de dos meses de su inicio la empresa abandona la tarea porque ha descubierto que se equivocó en los cálculos y tiró tan por lo bajo que es imposible realizar el trabajo que había conseguido. Este es un mal histórico y por más que se producen casos reincidentes, la administración sigue erre que erre haciendo lo mismo una y otra vez. Se proyecta una obra, se prepara el presupuesto, parece que los dineros están disponibles, se anuncia la subasta y se concede la obra a la oferta más barata. Teóricamente se deben tener en cuenta otros factores correctores, encaminados a tener la seguridad de que la empresa candidata ofrece garantías técnicas, solvencia profesional y seguridad en el trabajo. Hay también un concepto, llamado baja temeraria, que cualquiera que sepa sumar y aplicar porcentajes descubre de un vistazo, pues no es comprensible que si los técnicos han valorado la obra en equis euros llegue la empresa y diga que lo hace por la mitad. Algo falla ahí, algo huele a podrido en todas partes y no solo en el escenario hamletiano. Pues da lo mismo: una y otra vez se incide en el mismo error, una y otra vez nos encontramos con obras canceladas a medias o con empresas que a la vuelta de la esquina exigen una revalorización del presupuesto. Mangana, la verdad, no tiene la culpa. Los conquenses tampoco, ni los visitantes, pero esta ciudad que de puro mansa ha entrado ya directamente en el reino de los cielos, soporta estoicamente esto y lo de enfrente. Nadie protesta, nadie reacciona, todos callan. Y Mangana, otra vez, un año más, secuestrada, sin que podamos pisarla.

martes, 3 de diciembre de 2013

REENCUENTRO CON PEPE ESPAÑA



Pepe España ha vuelto a Cuenca. Lleva ya un par de meses entre nosotros. Primero estuvo en la Fundación Antonio Pérez, en el edificio carmelitas y ahora sigue en su seno, pero en San Clemente. Lo cual, dicho de paso, es un excelente pretexto para viajar a la villa manchega, visita que siempre se agradece.

Veo la imagen de Pepe España en uno de los paneles biográficos que acompañan la exposición; necesariamente retrocedo en el tiempo hacia las fechas que ahí se indican e intento rememorar también, con la viveza necesaria, mis encuentros con el artista, las entrevistas que hicimos, las palabras que escribí en aquellas ocasiones. Hay un hilo sentimental que nos vincula: la fecha, 1965, cuando él llegó a Cuenca, es también el año en que yo empecé a ejercer de periodista. Estamos así en el origen de todo, como si el resto del mundo no existiera, ni antes ni en ningún otro sitio.

Paseo por la sala, más de una vez, atraído por esa fórmula creativa envuelta ya hoy por la pátina del tiempo en forma de clasicismo moderno, pero que en su momento fue original, novedosa, rompedora. Está ahí la serie “La Cinta”, realizada en 1970 y formada por catorce cuadros, con los que Pepe España entró en la más absoluta y rabiosa modernidad, rompiendo con fórmulas en cierta manera tradicionales que estaba desarrollando hasta entonces y que Alfonso de la Torre, el responsable de la exposición, define con palabras tan certeras que es mejor reproducirlas y no inventar otras susceptibles de ser menos apropiadas: “Mirada sobre lo pop, aire conceptual, nueva figuración, ecos de la imagen fotográfica, reflexión metafísica sobre el sujeto sometido al cerco de la cinta”. Está el artista a caballo entre la figuración inicial y el abstracto al que se acerca, sin atreverse todavía a lanzarse en plenitud hacia aguas que quizá le parecían procelosas, arriesgadas, como todo lo nuevo, aunque no desconocido.

Paseo por esa sala, acompañado por la obra de Pepe España, rejuvenecido yo también por esas imágenes sugerentes, misteriosas algunas, cálidas casi todas, con un aporte de sentimentalidad, como si ambos estuviéramos paseando por las calles de Cuenca o charlando plácidamente en su estudio o compartiendo copas en cualquier bar de la parte alta. Vuelve al origen Pepe España y ambos paseamos, casi de la mano, por estas calles que en 1965 nos acogieron para seguir caminos en apariencia divergentes, el periodismo y el arte, pero que nos permitió encontrarnos en muchas ocasiones, hasta la definitiva separación, cada cual siguiendo su propio sendero vital. El de Pepe vuelve ahora a Cuenca y ha sido estimulante (también melancólico, por qué no) volver a encontrarlo.

lunes, 2 de diciembre de 2013

LAS BARBAS DEL VECINO



No creo que nadie se haya alegrado del cierre de Canal Nou, la televisión autonómica valenciana. Menos aún nos podemos alegrar los periodistas y menos todavía quienes ya antes habíamos pasado por esa experiencia, traumática hasta donde sea posible imaginarla. El poder no debería tener la capacidad de decidir cuándo hay que echar el cierre a una empresa, sea de elaboración de cosméticos, fábrica de calcetines o sistemas de mecánica rápida. Y no debería tenerlo, de ningún modo, en el caso de los medios informativos. Ellos, los del poder, cerraron Diario de Cuenca, en una actitud miserable que dejó sin periódico a esta provincia en el año 1984, sin que la sociedad fuera capaz de reaccionar de manera activa para impedir semejante actuación pirata de aquel gobierno (el mismo que en su campaña electoral había prometido hacer todo lo contrario, abriendo así el generoso camino a los incumplimientos sistemáticos de las promesas electorales, que son hoy el pan de cada día). La sociedad valenciana sí ha querido reaccionar, al final, cuando ya no había remedio. Lo ha hecho olvidando que durante años han denostado la asquerosa calidad, la cantidad de perrerías que esa TV ha estado cometiendo durante más de dos décadas, mal informando, manipulando, actuando servilmente siempre hacia las decisiones de sus gobernantes. Ahora, el último día, los trabajadores se dieron cuenta de que nunca jamás habían permitido que a sus cámaras y micrófonos accedieran las víctimas del terrible accidente del metro en la estación de Jesús y ahora sí, el último día, han dado la voz a quienes han sido marginados por ellos mismos, cómplices de los dictados del poder. No me alegro del cierre de la TV autonómica valenciana, pero en su historia llevarán siempre colgado el estigma de haber incumplido la sagrada obligación de informar, ser veraces y actuar con honestidad. Hacerlo el último día no les justifica. Más bien el caso debería servir de ejemplo para otros similares. Se han debido dar cuenta en TVE, la pública, la primera de todas, cuyo comité de redactores alerta de lo que está sucediendo, con una información cada día menos creíble, más banal, donde se da prioridad a lo intrascendente y se diluye lo que importa, en una sutil forma de dar satisfacciones al gobierno que todo lo puede y todo lo controla. Y también debería servir el ejemplo para otras televisiones, alguna muy cerca de nosotros, ejemplo de manipulación descarada y parcial seguimiento de consignas. La imagen irreal que transmite diariamente la TV autonómica de Castilla-La Mancha demuestra su perfecta inutilidad, su inadecuación al mundo y al tiempo en que vivimos. Es un medio insustancial, vacío, falso, que no echaríamos de menos si también lo cerrasen. Aunque en el último día hubiera lloros, lamentos y manifestaciones.

EJEMPLOS POSITIVOS



Con alguna frecuencia podemos encontrar en los medios informativos noticias, comentarios, anuncios o cualquier cosa parecida que nos habla de las iniciativas que las ciudades españolas, casi todas, desarrollan de manera constante para mantener vivas la esperanzas y activos los ánimos, fórmula verdaderamente eficaz con la que combatir la ola de pesimismo y amargura que el poder monclovita y sus ayudantes vienen difundiendo por todas partes. Gracias a ellos, una parte considerable del país empezó a creer que las cosas son así porque tienen que serlo, o como repiten los papagayos, “como no puede ser de otra manera”, olvidando que sí, que todo, cualquier cosa, puede ser de otra manera, pues hay diferentes modos de afrontar la realidad y sus problemas. Por eso las ciudades, de signos muy diversos, vienen mostrando una muy valiosa actitud de inconformismo, poniendo al mal tiempo buena cara y a las dificultades, imaginación. Si miramos a nuestro alrededor, desde el soporte imperturbable en que se asienta Cuenca, podríamos pensar que nada puede hacerse; todo el mundo parece haber tirado la toalla y apenas si aparecen fuerzas suficientes para mantener la conciencia y la rutina diaria. Hasta aquí no parecen llegar los ecos de lo que sucede en esas otras ciudades, como la Coruña del pasquín ilustrador, que hace de la cultura bandera y proclama energética, mientras esta otra ciudad nuestra, empeñada un día no muy lejano en querer presentarse como “la capital cultural de Castilla-La Mancha” y que incluso un alcalde temerario quiso ponerla en relación con Salzburgo, como emporio musical europeo, languidece, adormecida, incapaz de hacer revivir viejas realidades abandonadas -el Espacio Torner, el festival de cine, Ars Natura- y menos aún de inventar otras nuevas. Uno tiene derecho a sentir envidia, sana o perversa, lo mismo da, pero envidia, de esos lugares en que son capaces de inventar, imaginar, emprender y no dedicarse solamente a lloriquear porque no hay dinero.

jueves, 28 de noviembre de 2013

AMORES ILUSOS (TO THE WONDER)


            Si de algo puede presumir Terrence Malick o si hay algo que merece señalar en su obra, pues probablemente le importa bien poco presumir de nada, es que nunca deja indiferente: siempre hay en sus películas un arrebato singular, un desahogo de lirismo, un meditado empleo de la cámara, la luz y el color (por supuesto, también el encuadre), lo que conduce su obra, hasta ahora escasa, a provocar adhesiones incondicionales, no muchas, todo hay que decirlo, junto con un buen repertorio de gentes que acuden a los más variados denuestos para calificar su trabajo, sin olvidar, ni mucho menos, los diez o doce que a mitad de película, más o menos, se levantan hartos de, según ellos, no entender nada. Son quienes gustan de que todo se les de bien masticado, de la manera más simple posible, para no tener que esforzarse en pensar. Ocurre siempre con sus películas y To the wonder (Terrence Malick, 2012) no es una excepción. Quienes se paran a pensar un poco en el título, correctamente respetado en su proyección española, pueden encontrar la respuesta ahí mismo: esta una invitación a los sueños, a la imaginación, a la fantasía. Como corresponde a una historia de factura  moderna, podemos encontrar algunas dificultades para dilucidar los diferentes tiempos de la narración e incluso las variadas localizaciones. A partir de ahí, todo depende de la capacidad de acercamiento que uno tenga a una historia que pronto deviene en una sucesión de situaciones absurdas, sin que el pretendido esquema argumental que difunde la productora ayude mucho a comprender lo que está pasado, porque lejos de asistir a un supuesto triángulo amoroso, aquí hay solo una historia de pareja e, incluso, si apuramos el relato, sólo de una mujer, depresiva, insatisfecha, atormentada, en busca de nadie sabe qué y por ello mismo haciendo cosas absurdas, totalmente fuera de lugar, como irse a la cama con un desconocido que, además, carece de cualquier atractivo físico. Malick actúa con hermetismo consciente, enhebrando situaciones aisladas, dispersas en el tiempo y el espacio, para seguir los pasos de esa mujer desconcertada (Olga Kurylenko) y, de añadidura, los de su pareja masculina, un sujeto silencioso, de quien se nos dice que es escritor aunque durante la película no mueve una letra para escribir algo y que asiste en pleno desconcierto a las evoluciones mentales y sentimentales de su pareja, hasta perderla por completo sin acertar a hacer el movimiento que supuestamente debería retenerla. Pero todo ello es indiferente ante lo que realmente importa a Malick, que es la estética del relato, preciosista en exceso, calculada al milímetro, buscando y rebuscando el encuadre y el hallazgo cromático que nos haga gozar del placer de ver una película bellísima, aunque pensemos, y salgamos pensando, que ha sido una banalidad, una pérdida de tiempo. Valoración en la que se incluye el absurdo papel de Javier Bardem, pretendido cura Quijano consejero de la pareja (otra de las estúpidas afirmaciones del bosquejo argumental) que pasa de un lado a otro de la pantalla desgranando una filosofía personal barata sobre sus propias dudas y la insatisfacción de mantener una vida perdida. Difícil película, la de Malick, pero tan fascinante como todo lo que de inaprensible cruza por nuestras vidas.

 

 

 

lunes, 25 de noviembre de 2013

VIGENCIA DEL GRAN SHAKESPEARE




            Medita hoy Raúl del Pozo, en uno de esos momentos en que se muestra singularmente lúcido, en su artículo de El Mundo, sobre este tiempo sorprendente que nos ha tocado vivir en que la mentira campa por sus respetos y salta cada día a las pantallas de los televisores, a las ondas de las radios, a las páginas de los periódicos, difundiéndose como si estuvieran adornadas del aroma de la verdad. Quienes, como Raúl y yo, tenemos edad para recordar viejos principios juveniles aprendidos en la escuela (aunque él eso no lo menciona), debemos realmente sentirnos desconcertados, no solo porque decir mentiras era pecado (asunto completamente olvidado y tampoco está mal) sino porque aprehendíamos unos valores vinculados con la verdad y con ella por delante plantábamos cara a los padres, los profesores, los amigos e incluso los desconocidos y si alguien era pillado dejando caer una mentirijillas, aunque fuese liviana, las miradas de los demás caían sobre él como si fuera un delincuente avieso. Y en esa meditación sobre el tema que traigo hoy aquí, apunta el articulista, también con acierto, en la vigencia que alcanzan sobre las tablas de los escenarios los personajes creados por William Shakespeare, aquel monstruo de la creatividad dramática que debería estar ya condenado al olvido, por haber sido superado con creces por situaciones actuales pero al que, sin embargo, hay que seguir recurriendo de manera constante. Yo mismo acudí el otro día en Valencia a una representación de Otelo, que es un auténtico monumento a la mentira. Todos mienten, engañan, traicionan, menos la infeliz Desdémona que grita continuamente su inocencia, sin conseguir ser creída. Probablemente si se hubiera inventado una falsedad, reconociendo una culpa inexistente, habría salvado la vida, como pretendían conseguir los inquisidores (por cierto, contemporáneos del dramaturgo inglés), empeñados en martirizar a sus víctimas con la obsesión de conseguir de ellos una confesión de culpabilidad, importándoles un cuerno que tal cosa fuera verdad o mentira, con tal de conseguir un triunfo sobre la voluntad del reo. En torno a la pareja central pululan criados, soldados, ayudantes, políticos, jerifaltes, urdiendo una trama demencial y perversa. En el mundo de Shakespeare, maestro en la urdimbre de los sentimientos humanos, toman forma dramática el amplio muestrario de las miserias humanas, la venganza, los celos, el deshonor, la infamia, pero sobre todo la mentira, el gran argumento palpable en Hamlet, en El rey Lear, incluso en la aparentemente más dulcificada Romeo y Julieta. Por eso Shakespeare está de modo, por eso continuamos viéndolo y buscándolo, porque ningún otro dramaturgo contemporáneo, español añado, es capaz de montar sobre un escenario una urdimbre semejante, capaz de recrear el gigantesco embuste que la tropa de políticos de todo signo, pero en especial gubernamentales, están representando diariamente. (En la imagen, el Otelo de Orson Welles).

 

domingo, 24 de noviembre de 2013

TABLAS PARA NÁUFRAGOS



En el otoñal (por no decir frío) ambiente de la iglesia de San Miguel, los ánimos se calientan al compás de los versos. Desde el escenario, habitual receptáculo de músicos y músicas, el ritual se cumple respetuosamente, fiel a normas clásicas heredadas, transmitidas, de generación en generación. El poeta o la poeta cubre su turno, acaricia las páginas, unas inéditas, con el aroma de lo nuevo, lo nunca oído o leído, otras extraídas de textos ya antiguos, conocidas, unas y otras surgidas con mimo de labios que sienten el temblor de participar en una experiencia intensa, siempre diferente. Entre las sillas, sustitutas ahora de aquellos vetustos y ceremoniosos bancos eclesiales que durante décadas ofrecieron soporte a espaldas y traseras de los humanos oyentes, flota un amable silencioso, respetuoso, atento. Ni siquiera hay en este caso ese impertinente móvil que de manera inevitable (¿por qué inevitable?) surge ya siempre en cualquier ocasión semejante. El templo ya desacralizado cumple perfectamente también ahora su antiguo papel, transformada la función inicial en esta otra, literaria. Quienes estamos allí asumimos el lema de la invitación: nos sentimos náufragos zarandeados, quizá aupados en una pequeña isla desierta, quizá aferrados a un tronco misteriosamente flotante entre aguas turbulentas. Poesía para náufragos titulan los organizadores a esta cita conquense que acaba de cumplir su segundo y mágico aniversario. Los versos fluyen, en las voces de sus propios autores, quienes parieron estas ideas íntimas, hechas poesía, soporte para los desánimos, estímulo para optimistas, si es que aún quedan gentes de esta especie en un mundo que parece incitarnos constantemente a la desesperanza. Entre las sobrias y potentes columnas de San Miguel, acariciando la elegante bóveda renacentista, las palabras se entremezclan, sustituyendo unas a otras para enhebrar, todas juntas, el misterioso aliento de la belleza. Hay versos de resonancias clásicas, otros aparecen envueltos en sentimientos románticos, los hay rompedores, abruptos, como latigazos en conciencias descreídas, palabras que salen del fondo del diccionario para mostrar un concepto no recogido en las definiciones académicas. El espectador, el oyente, se deja envolver por las palabras, pensando que a él también le hubiera gustado escribir algunas semejantes, sentir el impulso mágico del ritmo y el sentido vital de los versos. Como un náufrago más, como los demás náufragos de este día, la poesía llega a Cuenca para servirnos de tabla de salvación.

 

GENEROSIDAD CALLEJERA



IMÁGENES DE UNA CIUDAD (1)

            Tal como está organizado el mundo moderno nuestras viviendas necesitan de varios instrumentos auxiliares llamados a hacernos la vida más cómoda. Algunos de ellos son dominantes: el agua, la electricidad, el alcantarillado y el teléfono, a los que últimamente (en lugares privilegiados) se va uniendo uno nuevo, el gas. Teóricamente, circulan por el subsuelo, bajo nuestros pies, sin poder verlos, sentirlos, oírlos ni olerlos, surgiendo a la superficie visual cuando es preciso conectarlos a las viviendas. Como los seres humanos son listísimos, hace tiempo descubrieron que hay una fórmula muy práctica para que el sistema funcione correctamente: se unen todas las conducciones en una sola y así se molesta lo menos posible. Ninguno de esos seres listísimos ha debido recalar en Cuenca y por eso los que hay aquí no saben cómo se resuelven estas minucias en otros lugares del mundo. Los alcaldes y concejales sí lo saben, porque lo han dicho muchas veces y yo mismo los he oído: vamos a canalizar todas las conducciones por el subsuelo para no deteriorar el pavimento del casco antiguo ni su imagen. Eso han dicho, doy fe y escrito está. Para demostrar que del dicho al hecho hay algo más que un buen trecho, aquí está este minúsculo fragmento de la Ronda de Julián Romero, en el que prácticamente no hay viviendas (sola la trasera de un hotel) pero en el que se acumulan 23, he dicho bien, 23 tapas de registros variados, formando un sugerente mosaico de necedades urbanísticas, con cuya absurda visión se entretienen algunos turistas mientras comentan jocosamente algunas observaciones sobre la bien que la ciudad de Cuenca conserva su casco antiguo. Y si a alguien este ejemplo no le parece suficiente ni representativo, vaya a ver otro similar: la calle del Colmillo, justo al lado del Ayuntamiento y a un paso de la Plaza Mayor. Verán qué bonito espectáculo.

lunes, 4 de noviembre de 2013

OTRA MUJER, OTRA LÁPIDA




            Es como una lotería. Los números, criminales, sangrientos, crueles, van cayendo aquí o allá, según toca actuar al descerebrado que en algún lugar siente la llamada de una ira irrazonable que va más allá de toda comprensión. No parece haber forma de parar esta cadena. Y ahora, en ese reparto de la suerte desgraciada, el premio gordo ha caído en un pueblo de Cuenca, Villanueva de la Jara, donde este fin de semana se ha vivido el rutinario repertorio de dolor y lamentos, con la no menos rutinaria panoplia de comentarios: nadie se lo esperaba, no habíamos oído nada, no había denuncias, todo parecía normal… Como en las mejores familias. Pero la muerta ahí está, muerta y enterrada. El presunto se quiso matar y, como suele suceder, no acertó y sigue vivo. Qué rara habilidad tienen estos suicidas, que casi nunca aciertan. Y ahí sigue, como presunto asesino, porque en estos casos siempre hay un presunto: felices tiempos aquellos en que los periódicos daban los nombres completos, de víctimas y criminales pero claro, entonces no había libertad de expresión ni de prensa y por eso se podían decir las cosas así, llanamente y a lo derecho. Como ahora hay libertad de todo, los nombres no se escriben y los criminales pasan a la categoría de presuntos, con todas las garantías legales. Menos a la muerta, que no se le garantizó ningún derecho, ni siquiera el más simple, el de poder vivir. Unámonos, pues, compañeros y colegas de humanas experiencias, en el lamento solidario por este suceso que nos ha tocado a los conquenses. Y espero que quienes hace años tuvieron la ingeniosa idea de promover una especie de graffiti en una tapia de la calle Colón, esquina a San Agustín, para ir formando una galería simbólica con lápidas de mujeres muertas, la continúen (porque la idea se detuvo en 2012 y desde entonces ha seguido lloviendo) añadiendo ahora esta otra que nos llega tan de cerca. Al menos para que, viéndola, no se nos olvide esta calamidad.

sábado, 2 de noviembre de 2013

EL SUEÑO DE UN ALFARERO





            Me detengo, con alguna frecuencia, ante la fachada principal del que fue alfar de Pedro Mercedes. Lo hago siempre que paso por allí, paseando por un lugar que me resulta de los más sugerentes de esta ciudad, con el río a un lado, apenas entrevisto desde la calle, la sombra protectora del cerro a otro y las callejas del barrio de San Antón adivinadas, perdiéndose en el revoltijo de rincones, subidas y bajas que forman el entramado urbano. En ese recodo, la galería y el letrero, cada vez más borroso, que recuerda la presencia del taller alfarero, con una abundante vegetación a su alrededor, viene a ser como un oasis ajeno a los ruidos de los coches o al rumor de las personas.

            Cinco años hace ya, más o menos, de la muerte de Pedro Mercedes y aún recuerdo, con una gran viveza, la última visita que le hice, la postrera conversación, las fotos ya definitivas. En sus palabras latía, como siempre desde mucho antes, la preocupación por el destino del alfar, para el que acariciaba el proyecto de su conservación, como ejemplo aún resistente de las viejas técnicas que él como nadie acertó a ejercitar. Había recibido ya promesas, con suficientes garantías, de quienes entonces estaban en las cumbres del poder, que él aceptaba y creía, convencido de que quizá podría tener vida suficiente para verlas convertidas en realidad o al menos en sus inicios.

            No fue así, desde luego, como todos podíamos sospechar entonces y no lo ha sido tampoco más tarde, en los lentos meses que van pasando orlados de nuevas declaraciones, firmas de acuerdo, palabras beneméritas que intentan repartir a diestro y siniestro el consuelo de que algo podrá hacerse, no se sabe bien cuándo ni cómo, porque las argumentaciones, las justificaciones, ya se agotan. Ahora vuelven a sonar voces preocupadas; surgen desde el mismo corazón del barrio al que Pedro estuvo ligado toda su vida y advierten de que el alfar, como ocurre siempre en todas las viviendas que pasan más tiempo cerradas que abiertas, amenaza ya situaciones de claro deterioro. Si en esta ciudad las cosas fueran como deberían ser, no habría que levantar voces de alarma ni que escribir artículos quejumbrosos, porque todo iría como la seda, con puntualidad y eficacia, desde un convencimiento pleno de que el patrimonio es cuestión vital para la supervivencia de una comunidad y no debería perderse de ninguna manera.

            Contemplo, una vez más, mientras escribo, la bonita imagen del alfar y sigo pensando en la belleza del proyecto tantas veces enunciado, a la vez que pienso si el edificio seguirá todavía en pie cuando llegue la hora de que empiece a ser realizado aquel viejo proyecto que recogía el reposado sueño de un alfarero que esperaba pacientemente la llegada de la muerte.

 

           

domingo, 27 de octubre de 2013

LA NUEVA BIBLIOTECA DEL SEMINARIO






            Con la paciencia infinita que milenios de existencia (dos van ya) otorgan a las cosas de la Iglesia, va cobrando forma la nueva Biblioteca del Seminario de San Julián. Sobre ella se han vertido algunas páginas, en ocasiones aisladas, y nunca los ríos de tinta que en verdad se merece. Por lo común, liquidamos el comentario con el aserto de que es la biblioteca más valiosa de nuestra provincia y una de las mejores de España, por el extraordinario número de volúmenes antiguos (incluidos casi un centenar de incunables) que atesora y por la admirable calidad de la mayoría de los títulos. La colección se ha ido formando a lo largo de los siglos, desde que se fundó el seminario, merced a sucesivas donaciones y legados, entre los que no faltan los procedentes de los conventos suprimidos en el siglo XIX y los realizados por diversos obispos y canónigos cultos que, al morir, dejaron sus bibliotecas particulares a este fondo.

            Pero siendo esto singularmente valioso en sí mismo, la biblioteca del seminario ha tenido siempre un pecadillo incorporado: su accesibilidad. Dedicada de manera prioritaria, por no decir única, a los estudiantes y profesores del centro, prácticamente no ha podido estar abierta al público, salvo a aquellos investigadores que, previa autorización, han  podido acceder a un recinto ubicado en los sótanos del seminario, en condiciones que nunca fueron brillantes ni cómodas. Situación que se corrige ahora, tras la remodelación de la iglesia de La Merced, adjunta al mismo edificio del seminario, rehabilitada con gusto y elegancia para proporcionar a Cuenca un nuevo espacio ciertamente digno de la ciudad antigua. De modo parcial, en los últimos años hemos tenido ocasión de ir apreciando este meritorio trabajo, gracias a algunos conciertos celebrados aquí. Ahora, en los últimos meses, un pequeño equipo de obreros manuales, dirigidos por el canónigo Vicente Malabia, responsable de la biblioteca, ponen a punto la instalación mediante la reordenación pausada de los volúmenes, que van siendo trasladado desde el anterior depósito, comprobados en el catálogo y depositados en su ubicación definitiva, con la perspectiva de que en un tiempo quizá no muy lejano la hermosa biblioteca pueda abrirse al público.

            Un fondo antiguo aproximado de 35.000 volúmenes y moderno de más de 40.000 pero la nueva instalación ayudará a desmontar un mito asentado en no se que momento histórico y repetido miméticamente de autor en autor (ya se sabe que los escribientes tienen una gran facilidad para copiar a pies juntillas lo que había dicho otro antes que él), el que atribuye a Alfonso Clemente de Aróstegui el capital fundacional básico de la Biblioteca, a la que habría entregado miles de ejemplares. No es para tanto, porque no pasan de 500 los que existen, sin que ello quiera decir nada, porque realmente la aportación de este intelectual originario de Villanueva de la Jara, de los pocos que realmente son dignos de ese título, fue extraordinariamente valiosa. Y así, entre unos y otros, los libros van siendo distribuidos, colocados, acariciados, hojeados quizá, alineándose cuidadosamente en sus estanterías, en espera de que el público pueda disfrutar de lo que, en verdad, va a ser un hermoso espectáculo, una de las bibliotecas más originales y bellas, objetivamente consideradas, de cuantas pueden verse en el amplio mundo nuestro.

 

 

DESPEDIDAS OTOÑALES



            Intento huir de la tendencia, casi natural en los seres humanos, a lamentar las pérdidas, las desapariciones, los cierres, los abandonos del tipo que sean. Eso, en los tiempos que corren, ciertamente poco favorables, ayudan a extender las ideas pesimistas que, creo yo, nos van invadiendo a todos, arrojándonos en brazos de sentimientos que invitan al abandono de toda esperanza. Y, sin embargo, sabemos que eso es así, será así: saldremos, nos recuperaremos y en el pasado quedará el recuerdo de estos tiempos de tristeza y amargura en el que nos ha sumergido un grupo político de insensatos a la vez que miserables.

            Dicho esto paso al eslabón siguiente que es, pese a todo, lamentar dos pérdidas que no han suscitado ningún comentario plañidero en nadie. Sencillamente, se han producido y ya está.




            Del centro de la ciudad, en el corazón mismo inmediato a Carretera y el parque de san Julián, ha desaparecido de la noche a la mañana la Churrería del Tío Santos, con raíces asentadas en el inicio del siglo XX. De vez en cuando leemos u oímos comentarios referidos a vetustos y entrañables cafés de las ciudades más emblemáticas y singulares del mundo. Los hay en Paris, en Madrid, en Viena, en Berlín, naturalmente. De Cuenca desapareció el que más se podía parecer a ellos, el Colón y ahora lo hace la Churrería, el último local, que yo sepa, que aún conservaba mesas con soporte de hierro y tablero de mármol, en un ambiente cercano, popular, casi castizo, si esa palabra tiene acomodo en Cuenca. La cerraron de la noche a la mañana, sin tiempo para tomar el último café con churros. Lo terrible es que en su lugar aparece un sitio llamado Torus Coffee, cuya sola mención estremece y más aún el interior. Debería haber una ordenanza municipal que en vez de hacer lo de todas -amenazar, castigar y multar- se dedicara a proteger el patrimonio, el auténtico, el de verdad. Pero me da a mí que los concejales no están para esas minucias.

                                       
            Arriba, en lo alto de la ciudad histórica, otro local ha echado el cierre y puesto el letrerito consabido de “se alquila”. Ya fue arriesgada su apertura -lo dije en su momento- y heroica la resistencia del promotor, Gustavo Villalba, pero la Galería Jamete, con su historia y vaivenes a cuestas se despide también y no se si en esta ocasión no será la definitiva, porque los tiempos, siempre los tiempos actuales, no están para alegrías culturales y menos, como es este caso, si no producen un mínimo capital circulante que ayude a mantenerla. Pasaron a la historia aquellos años en que en Cuenca se podía mercadear con el arte, en que había alegría compradora y varios coleccionistas se apuntaban de inmediato a todo lo que colgada en las paredes. En el casco antiguo solo la Jamete mantenía levantado el pabellón y ahora llega el momento de arriarlo. Estaría bien que alguien se atreviera a levantarlo de nuevo. Si ocurre, lo anotaré aquí mismo.
 
 

ADIÓS, AMPARO





       Encuentro, al azar, un lejano comentario, con origen en la triunfal Toledo, en la época aquella en que desde allí, a la sombra de Fuensalida, se generaban noticias, muchas noticias como ésta que voy a comentar, llamadas a ilusionar al pueblo fiel con una perspectiva de futuro que debería situarnos en el mejor de los mundos posibles, a la par -así se decía- que las comunidades más desarrolladas y felices que existir pudiera. La noticia, voy ya al grano, hablaba de los preparativos de la consejería de Educación y Cultura para poner en marcha la Filmoteca Regional, ese gran agente generador de cultura cinematográfica, a la vez que archivo visual de todo lo que fuera posible almacenar. Corría el año 1987 y todo pintaba de color amablemente rosáceo, abanicándonos con el suave aroma de unos proyectos sin fin. Por allí, en ese entorno, pululaban también la Compañía Regional de Teatro y la Orquesta Sinfónica regional. Pues todo, entonces, parecía posible. Si esas cosas estaban ya en Euskadi y en Cataluña, cosa normal y asumible, pero también en Castilla y León, en Valencia, en Galicia, y otros sitios más las estaban preparando, ¿por qué no también aquí? Los sueños, como dice Calderón, sueños son, pero mientras duran producen sensaciones placenteras, si son agradables. Luego, el despertar, ya es otra cosa y al cabo del tiempo, se olvidan.
       En esas cosas pienso mientras me uno a la despedida a Amparo Soler Leal y recuerdo imágenes suyas, como esta, en El crimen de Cuenca, aquella excepcional película de Pilar Miró que debería ocupar un lugar prioritario en esa hipotética Filmoteca de Castilla-La Mancha si alguna vez se hiciera, o de Cuenca solo, que es aún más difícil que la otra. Al fin y al cabo, son meditaciones tontas de un melancólico día otoñal.
 

 

 

viernes, 18 de octubre de 2013

RUINAS EN EL CASTILLO DE MOYA




En algún sitio, con origen que desconozco, ha saltado la alarma sobre el estado cada vez más deteriorado del castillo de Moya. Ciertamente, la noticia resulta sorprendente ahora: el castillo de Moya lleva décadas en progresivo estado de ruina, situación perfectamente conocida por todo el mundo, con la secuela habitual de lamentos de unos y de otros. Si ahora vuelve a recrudecerse la campaña será por algún motivo especial pero me temo que el destino de este nuevo coro de lamentaciones tendrá el mismo destino que los anteriores y ahora con mayor fuerza, porque existe una cosa llamada crisis, que viene al pelo para justificar todos los desmanes. Si hacen lo que están haciendo con la educación, la sanidad, la dependencia, incluso con la comida de un altísimo porcentaje de ciudadanos, ¿a quién importa una ruina más o menos?

            Esta opinión, propia de un cínico o, mejor, de un escéptico en materia de patrimonio, no impide en absoluto que me una a quienes lamentan la que se perfila como nueva pérdida, irreparable cuando se produzca el caso y ojalá aún pasen muchos años para ello. El castillo de Moya,  conserva partes muy destacadas de la primitiva construcción cristiana, pero nada de la anterior fortaleza árabe. El actual fue levantado en el siglo XV y aún pueden apreciarse los matacanes y una impresionante torre, todo ello de piedra sin labrar. Está situado hacia la parte meridional de la villa y por tanto controla todos los accesos no solo de esa dirección, sino también de las inmediatas E y O. La fortaleza está formada por tres recintos que se podían aislar del resto de la villa (ya que se encuentran al mismo nivel) mediante un fuerte muro que lleva consigo un foso excavado. Ese muro tiene una torre cilíndrica en cada extremo; en el centro se abre la impresionante puerta principal, flanqueada por otros dos torreones cilíndricos, ahora muy deteriorados.

            Ahora que los españoles disfrutan cada lunes viendo las andanzas y amoríos de los Reyes Católicos, no estaría de más volver también la mirada hacia esos personajes que aparecen entre bambalinas y en ocasiones saltan al primer plano, Andrés de Cabrera y su mujer, Beatriz de Bobadilla, personas muy cercanas a los monarcas, que premiaron su fidelidad y dedicación con el título de marqueses de Moya. A ellos se debe la consolidación y ampliación de la inicial fortaleza árabe y ellos, sin duda, se removerán en sus tumbas al ver cómo las generaciones presentes se entretienen en ver la TV y no en cuidar su herencia patrimonial.

EL AMIGO JAMETE

 
 


Este sábado, día 19, durante toda la jornada (o sea, hasta las cinco de la tarde, en que cierran las puertas), la Catedral de Cuenca podrá ser visitada al precio (simbólico, dicen) de un euro por cabeza de visitante. Se trata de celebrar el Día de la Catedral, jornada que se pretende realizar cada año a estas alturas iniciales del otoño. Varias son las actividades que el cabildo catedralicio ha preparado, por la mañana en forma de conferencias monográficas sobre distintos aspectos del edificio y por la noche, un concierto con los dos órganos a cargo de Gustav Auzinger y Luca Scandelli.

Dicen los promotores de la idea –que me parece muy positiva, y así lo comento aquí- que la finalidad de esta jornada especial es divulgar entre los ciudadanos una de las joyas del patrimonio conquense y agradecer las ayudas públicas que desde las instituciones ha recibido el templo y también las privadas. Entre las primeras hay que destacar la que recientemente ha destinado el Consorcio Ciudad de Cuenca y está permitiendo una intervención en la emblemática Capilla del Espíritu Santo mientras que entre las aportaciones privadas, cabe mencionar la restauración de los arcosolios de la Capilla de los Caballeros, que se está llevando a cabo gracias a la Fundación Caja Rural de Cuenca-Globalcaja. Y hay también en la nota oficial recuerdos agradecidos para intervenciones anteriores.

No estoy muy seguro de que un alto número de ciudadanos conquenses, adultos y jóvenes, sepan muy bien cómo es y qué tiene la catedral de Cuenca, pero también podría ocurrir lo contrario y quizá la mayoría sí está al tanto. Lo deseo fervientemente, del mismo modo que tengo conciencia clara de que otros muchos elementos monumentales y artísticos de la provincia se encuentran inmersos en la más deplorable de las ignorancias.

Del repertorio de actividades para este sábado hay un pequeño detalle que me ha llamado la atención. Una de las conferencias, la primera del breve ciclo, estará dedicada a realizar una visita guiada sobre El arco de Ramírez de Fuenleal, obra de Étienne Jamet. El lector poco advertido podrá pensar que se trata de un reciente descubrimiento que viene a unirse a otras joyas bien identificadas. No es eso. La autora de la conferencia, Laura María Palacios Méndez, historiadora del arte, persona culta y bien preparada, realmente experta en el asunto que lleva entre manos, ha tenido la humorada (no se si decir pedantería intelectual) de rebautizar así al que todos conocemos como Arco de Jamete. Claro que Jamete era francés, claro que se llamaba realmente Étienne, pero hay una serie de conocimientos y evidencias asentadas por el uso del tiempo, con fuerza suficiente para alcanzar categoría de solidez científica sin necesidad de poner las cosas manga por hombro. Déjennos llamar Esteban Jamete al bueno de Étienne y Arco de Jamete al que desde tiempo inmemorial viene llamándose así y pongan un poco de freno a tantas ansias de introducir modernidades y renovaciones con forzado calzador.

Pero, de todos modos, vayan el sábado, y el domingo y cualquier otro día de la semana y del año, a visitar la catedral y admirar el Arco, como quiera que se llame.

martes, 15 de octubre de 2013

OBJETOS ENCONTRADOS




Como vivimos tiempos ciertamente confusos, no se ha publicitado demasiado (en realidad, yo creo que nada) la notable noticia de que Cuenca tiene a mano un nuevo museo. Sencillamente, hace unas semanas abrió sus puertas y ahí está, en el mismísimo corazón de la ciudad, en la Plaza Mayor o, si queremos hablar con pureza y propiedad, al lado, en la calle Pilares pero, eso sí, con balcones a la plaza, circunstancia que con oportunidad pregonan quienes rehabilitaron este inmueble, al que vienen llamado así, El Balcón de la Plaza. Aquí estaba, y es una referencia histórica conveniente de saber (o recordar) la casa familiar de los Guzmán y Viloria, antigua estirpe de raigambre conquense venida a menos, como tantas otras y aquí, en el edificio debidamente restaurado por una de las personas que más sabe de esas cosas, el arquitecto Arturo Ballesteros, se han intentado diversas opciones de uso, todas ellas condenadas a morir a poco de iniciarse. Como no es cosa de andar entremetiendo noticias del pasado, dejemos estar todos esos proyectos frustrados para volver cuanto antes al del momento presente, con la sencilla esperanza de que las cosas ahora vayan por mejores vericuetos y pueda prosperar durante una larga vida.
Estamos ante uno de los más encantadores recintos palaciegos de estilo rural serrano de cuantos se pueden encontrar en Cuenca. Es inevitable aludir al edificio emblemático de este tipo de construcciones, las Casas Colgadas, cuya imagen surge ante nosotros, en buena manera, a medida que vamos paseando por las salas y encontramos los amplios ventanales abiertos a la Hoz del Júcar (el gran balcón central es impagable) o las más recoletas ventanas a la plaza, la poderosa estructura de madera, generosamente dispuesta tanto en los apoyos como en las techumbres, las hermosas paredes blancas, el potente suelo de baldosa tradicional que bien pudiera haber sido cocida en uno de los antiguos hornos de alfarero... Todo es aquí placentero, invitación a contemplar la belleza, desahogo sensorial para que el espíritu encuentre el sosiego que los políticos y sus circunstancias nos niegan con la sucesión de disgustos que planifican y ejecutan cada día. Por esas salas, siguiendo el juego audaz de subidas y bajadas, entreteniendo la mirada divertida, a veces con inevitable sorpresa, seguimos la ruta que marcan senderos de libertad para ir encontrando los objetos encontrados que Antonio Pérez ha ido coleccionando a lo largo de la vida, para demostrarnos qué importante es caminar por trochas y arcenes con los ojos bien abiertos, viendo en miserables cachivaches cubiertos de polvo y barro las imágenes que los demás, adocenados al fin, no sabemos apreciar.
Tiene Cuenca un nuevo museo, el Museo del Objeto Encontrado, audazmente situado hace años en San Clemente y ahora desplazado desde la señorial villa manchega hasta la capital porque allí, dicen sus regidores (así andan las cosas municipales) no ofrece interés, ni a los naturales del lugar ni a los turistas. Y por eso se ha trasladado hasta la capital, al lado mismo de la Plaza Mayor, en el corazón de esta ciudad antigua que sigue viviendo sueños inmortales pese a las calamidades de cada jornada, para quedar ahora alojado, haciendo vivir al edificio una nueva etapa de su azarosa vida. Ojalá, digo yo, sea la última, y ahora sí el nuevo Museo haya podido encontrar el gran y definitivo objeto, la sede permanente donde alimentar sueños, imaginación y sonrisas.

lunes, 14 de octubre de 2013

FRASES PARA ANOTAR


Es un entretenimiento recomendable, a la par que inocente, anotas algunas frases de interés encontradas aquí y allá, en textos variados. Algunas de ellas, en ocasiones, sirven para ilustrar artículos de uno mismo, porque siempre está bien apoyarse en la sabiduría de otros. Y tras la introducción, el ejemplo.
Lo encuentro en Raúl del Pozo, en su columna de última página en El Mundo donde, cuando no se mete en vericuetos políticos de confusa interpretación, sino que hace lo que mejor sabe, destripar el alma de nosotros, sus contemporáneos, y exponer con la crudeza de una prosa envidiable las circunstancias en que nos movemos, nos ofrece auténticas perlas del buen periodismo, del excelente articulismo que él practica como pocos, para envidia de aprendices.
Y así, hace unos días (el 11 para ser precisos), siguiendo el hilo a los afanes desmedidos de un amplio sector de la derecha cavernícola nacional, por higienizar las calles de Madrid, ciertamente podridas de suciedad y melancolía por el tiempo ido, decía el buen prosista periodístico: "Ni las putas, ni los toros, ni los salteadores del presupuesto ha podido ser erradicados jamás del foro". Amén pues como dice Raúl en el título, "busconas y salteadores" han formado siempre parte de la esencia madrileña y así seguirá siendo.

domingo, 13 de octubre de 2013

LAMPEDUSA, UNA ISLA DE CINE


Esa imagen paradisíaca, la de una hermosa playa mediterránea, límpida y azulada, como corresponde al tópico, ocupada por docenas de hamacas y sombrillas que protegen a los bañistas del cálido sol de las costas sureñas, es la que nos había transmitido el tópico idílico, asentado con brumosas imágenes literarias, desde que su más ilustre hijo y habitante, Giuseppe Tomasi di Lampedusa, nos conmovió con aquel hermoso, melancólico relato, El Gatopardo, que Luchino Visconti llevó al cine en 1963. También estaba bastante idealizada, aunque ya con firmes vinculaciones con la realidad, otra película, esta mucho más reciente, Respiro, dirigida por Emmanuele Crialese en 2002 (la pudimos ver en el Cine Club Chaplin), muy ajustada en la exposición del mundo de pescadores y hoteleros ocasionales que forman el entramado humano de la isla italiana, aunque más cerca de las costas africanas que de las europeas y eso explica el desastre inconcebible (inconcebible antes de que llegáramos a este tiempo nuestro en el que todo ya es posible) que está sufriendo ese tranquilo y cinematográfico reducto isleño. Nada que ver esa imagen de postal con las otras, las reales y dramáticas (y eso que los bondadosos realizadores de TV procuran ahorrarnos dolores a la hora de comer) que nos han llegado estos días, terribles, y más aún cuando desde el extremo tranquilo de la Unión Europea, donde duermen, comen y descansan plácidamente los burócratas del continente, se nos dan buenas palabras que es como decir no estar dispuestos a hacer nada práctico ni útil para conseguir desmontar este terrible negocio y esta insufrible tragedia humana. Lampedusa no es ya una isla bonita, turística, como quisieran sus habitantes, sino una simple escala en el camino hacia el infierno que emprenden cada día cientos de desdichados africanos, convencidos de que es mejor morir en el mar o hacer de gorrillas en las calles de las ostentosas ciudades europeas, que malvivir en sus propios países. Y lo terrible es que quizá tengan razón.

viernes, 11 de octubre de 2013

UNA NUEVA LIBRERÍA EN CUENCA


No hace mucho tiempo me lamentaba del cierre de la librería El Cocodrilo, de tan corta como hermosa vida y antes, con más lejanía, también hubo que lamentar la despedida, abrupta y sin avisar, de Almudí, en pleno Carretería y entre ambas desapareció igualmente una librería pequeñita (Croquis), de vida siempre precaria, pero suficiente para mantener un mínimo receptáculo en el que los libros aspiraban a compartir espacio con bolígrafos y mochilas. Son cosas que vamos aceptando con la mansedumbre que inspira a los seres humanos cuando nos enfrentamos a lo que parece inevitable. Pero miren por dónde, de manera inesperada por no decir asombrosa (y podemos decirlo también: inesperada y asombrosa) surge una librería nueva, con título alusivo a lo que ofrece, Libreralia, situada en uno de los fragmentos que dan forma al corazón de Cuenca, en la plaza llamada de la Constitución, aunque no consigue liberarse del título adjudicado por el habla popular (y que no repetiré aquí, para ver si así se va olvidando). Es una librería no muy amplia, lo cual tiene una virtud, porque obliga a sus dueños a seleccionar lo que exponen, a diferencia de esas otras mamotréticas que ponen a la vista miles de títulos, bien apretaditos, e incluso muy altos, a los que resulta difícil llegar, fastidiando, entre unas cosas y otras, a quienes nos gusta tomar el ejemplar, tenerlo en las manos, pasar hojas, leer la solapa y demás maniobras propias de este entretenimiento. Decir que en Cuenca hay una librería nueva es, desde luego, una noticia singular, que rompe, por ahora, la monotonía de lamentos que vamos desgranando continuadamente en torno a las miserias de la actividad cultural.

jueves, 3 de octubre de 2013

BIBLIOTECAS: UN BIEN ESENCIAL



Muchos ayuntamientos (¿muchos o todos?) tienen problemas. Heredados, claro. Todos los problemas son siempre heredados. Unos los heredan los alcaldes del PP y otros los alcaldes del PSOE, pero todos los heredan. Para arreglar el desaguisado general hay que restringir gastos. No solo eso: algunas potentes maquinarias de hacer dinero amenazan con cortar el suministro de sus productos. Lo están haciendo las eléctricas: cortarán la luz en pueblos y ciudades, avisan, si no se les paga lo mucho que se debe. Lo harán empezando por aquellos servicios que no son esenciales. He ahí la madre del cordero. ¿Qué es esencial? ¿Cómo se define eso? ¿Quién toma la decisión? Sin que nadie de la cara, ya sabemos cuales son los servicios no esenciales. Por ejemplo, las bibliotecas. Es natural. Mantener encendidas todas las noches de todos los días las calles de un polígono sin edificar, eso es esencial; iluminar las calles en las fechas navideñas, eso es esencial; mantener los semáforos funcionando todas las noches aunque por las calles no circule ni un gato despistado, eso es esencial. Una biblioteca no es esencial. Cómo va a ser esencial que la gente quiera leer, libros o periódicos, o sacar ejemplares para llevarlos a su casa. Cómo va a ser esencial una actividad tan poco interesante. Así que cuando llegue la hora, se apagan las luces, se cierran las bibliotecas y ¡hala! a pasear al parque, que hace buen tiempo. Tampoco es esencial, ni importante, ni necesario siquiera, pagar puntualmente el sueldo a los bibliotecarios (que, casualmente, casi siempre son chicas, jovencitas, ilusionadas, encantadas con su trabajo). Estremece saber que hay algunas que llevan meses y meses sin saber lo que es una nómina. Y más aún estremece oír con qué desparpajo (¿o habría que decir desvergüenza?) algunos alcaldes y concejales hablan de cerrar la biblioteca, porque al fin y al cabo, para cuatro viejos que van a leer el periódico y otros cuatro niños que mejor estarían todos en sus casas viendo la televisión, nadie echaría en falta un servicio que no es esencial. En estos tiempos de penuria y desconcierto, quienes tenemos aún un mínimo de sentido común y otro de sentido de la estética (cosa que, como sabemos, incluye también a la ética) deberíamos sentirnos firmes en la reivindicación constante, sin tapujos ni medias tintas, del papel que corresponde a las bibliotecas públicas siempre, en épocas de crisis y en las de bonanza, que algún día volverán, mal que les pese a los agoreros.

 

 

miércoles, 2 de octubre de 2013

LA FANTÁSTICA MÁQUINA REAL



Conviene no perder de vista, menos aún olvidar, este curioso a la vez que inteligente (y más cosas: atractivo, divertido, estimulante) artilugio llamado La máquina real. Aterrizó entre nosotros hace un par de años y cobra vida de manera esporádica, en temporadas aisladas, alejadas en el tiempo, pero siempre capaces de suscitar la admiración de quienes acudimos a contemplarla. No hay noticias de que este invento barroco, integrante de la prodigiosa cultura teatral de aquella época, hubiera tenido entonces cabida en la benemérita ciudad de Cuenca pero como un prodigio de magia, aquí lo tenemos ahora, en este tiempo de pasotismo cultural para ayudarnos a recrear un tiempo ido, perdido quizá, envuelto en la magia de lo desconocido. La máquina real actuaba en corrales de comedias, como las compañías de seres vivos, solo que ella estaba integrada por muñecos articulados movidos por hilos. Eso, a simple vista, se parece a los actuales guiñoles, pero hay una diferencia muy acusada: entonces se interpretaban comedias de verdad, obras completas, con su estructura en actos y con su texto completo, algunos debidos a las primeras figuras de la dramaturgia, como Mira de Amescua y Lope de Vega, cuyas obras El esclavo del demonio y Lo fingido verdadero hna sido representadas de manera repetida por esta versión conquense de La máquina real. Además, como propinas necesarias en aquellas maravillosas representaciones, cuando el teatro era realmente la fiesta nacional (y no el sucedáneo al que ahora se da ese apelativo), había música en directo, entremeses, bailes, charangas, parodias y todo lo que se les pudiera ocurrir a sus responsables para entretener durante varias horas al personal.

La máquina real conquense, reconstruida por el equipo que encabeza Jesús Caballero, es un auténtico escenario a escala, de seis metros de ancho por cuatro cincuenta de alto y cinco de fondo, dotado de los ingenios necesarios para poder representar las comedias barrocas para títeres. Detrás de la boca de la escena se encuentra la maquinaria escénica, formada por cuatro varas de la que se pueden colgar bastidores, luces, poleas y demás elementos necesarios junto con otras tres varas para los telares de decorados, sin que falten el bambalinón y el telón de boca. El responsable de este peculiar y bellísimo montaje nos informa además de que tienen preparados casi 50 muñecos, elaborados de acuerdo con los cánones tradicionales castellanos del siglo XVII, con 80 centímetros de altura las figuras masculinas y 65 las femeninas, tallados unos y otros en madera de tilo, policromados y complementados con los necesarios vestidos elaborados también con tejidos de la época, en especial sedas y terciopelos.

Pero hay algo más, quizá mucho más, que desborda la escueta, quizá fría, descripción técnica o aportación de datos numéricos. Ese algo más se llama encantamiento, belleza, poesía, magia. Estas figuras que ahora nos contemplan, expuestas en la iglesia de San Andrés, vienen a ser como una recuperación fantástica del tiempo ido, una recreación magnífica de situaciones en que las gentes y el teatro se sentían identificados en el común propósito de vivir intensamente la vida, pasando sin transición de la calle y sus circunstancias a los corrales de comedias, como si todo fuera lo mismo, pues en verdad todo venía a ser un fantástico sueño en el que se intercambiaban las vivencias y los encantamientos.

La máquina real descansa ahora, cubierto el compromiso de celebrar aquí con ella el vigésimo aniversario de la formación del grupo de Ciudades Patrimonio de la Humanidad, pero los muñecos siguen existiendo, plácidamente expuestos en San Andrés, donde aún podremos admirarlos algún tiempo más.

 

 

 

sábado, 28 de septiembre de 2013

EL SILENCIO DE LOS CORDEROS





No parece que Artur Mas y sus compañeros de aventuras liberadoras del tirano español haya leído el último artículo de Mario Vargas Llosa, el pasado domingo, en El País. En realidad, posiblemente, el lider oportunista del independentismo catalán no lee ningún otro artículo ni oye nada o a nadie que pueda venir a estorbar el mesianismo de su mensaje. No es un caso raro: lo encontramos a diario, desde hace tiempo, a todos los niveles, singularmente en el político. No leer o no oír, incluso no pensar en otras alternativas, es la mejor forma de poder seguir adelante, impertérrito, ciego en la dirección del camino emprendido. El caso no es exclusivo: se da también entre los escritores, los pintores, los artistas, los futbolistas. Yo no leo las críticas, dicen, para curarse en salud ante la posible adversidad de un comentario. Y así, por eso, el señor Mas no se ha enterado de lo que le dice, a él y a sus compañeros de locura, Vargas Llosa. Me ha sorprendido no la claridad en el juicio, la contundencia del razonamiento sino la fortaleza con que el escritor hispano-peruano arremete contra lo que significa ese ciego y decimonónico nacionalismo aún vigente en una sociedad que se las da de moderna, culta y avanzada. La escritura de Vargas Llosa es limpia, directa, contundente. Merece leerse. Y valorar, como yo hago desde aquí, su capacidad de compromiso para embarcarse en una aventura que le habrá granjeado, estoy seguro, alguna enemistad. Lo contrario de lo que están haciendo muchos intelectuales catalanes, escondidos en la prudencia, para no dar la cara, manifestar su pensamiento o salir a la luz pública para emitir opiniones o escribir artículos que ayuden a desmontar la falacia que el independentismo está organizando. Esta actitud no es exclusiva tampoco de Cataluña ni de este suceso. La tenemos mucho más cerca, aquí mismo, en esta pacífica y dócil tierra conquense donde prácticamente no se mueve una brizna ni hay intelectuales con el valor (y la dignidad) necesarios para ayudar a la ciudadanía a tomar posturas. Aquí todo el mundo está de acuerdo. Hay escritores, pintores, profesores, universitarios, profesionales liberales, altos funcionarios. Todos callan prudentemente, no sea que se oiga el rumor y pase algo desagradable. En su lugar, la única voz que se oye es la de los políticos asumiendo en los medios informativos le papel de “pensadores” para decir, una vez y otra, un día y otro también, el discurso alimentado por la cúpula. Los intelectuales callan. Nadar y guardar la ropa se llama eso. Para que no corra peligro el status social o el sueldo fijo de cada mes. Ahora, en cuanto acabe de escribir esta nota, volveré a leer el artículo de Vargas Llosa, para reconfortarme. Hay gente que sabe dar la cara con su palabra.

 

MAS VALE SONREIR




Pues eso: mientras tengamos a mano el excelente repertorio de humoristas que hay en España, las calamidades que los gobiernos hacen caer sobre nosotros son más llevaderas. Yo también disfruto con el corte que se van a llevar los alemanes cuando descubran que todos sus esfuerzos por llevarnos a la ruina solo ha servido para dejar el país en manos de los chinos. Bendito Forges y compañía...

viernes, 27 de septiembre de 2013

HONORES Y OLVIDOS




                                                                     

La Real Academia Conquense de Artes y Letras ha decidido entregar los títulos de académicos de honor al músico Theo Alcántara y al pintor Julián Grau Santos. Ocuparán los puestos dejados vacantes por los fallecimientos de quienes antes ocuparon esas distinciones, el poeta Eduardo de la Rica y el alfarero Pedro Mercedes.

A simple vista, no hay ninguna relación aparente entre Alcántara, música nacido en Cuenca en 1941 y Grau, pintor nacido en Canfranc en 1937 aunque muy vinculado siempre con la ciudad conquense. Pero entre ellos dos hay una muy peculiar, curiosa relación, que se dirá al final de este comentario.

Theo Alcántara comenzó su preparación musical en el Seminario conquense a los siete años en el coro de niños (los seises) de la catedral. Tras obtener los diplomas de Piano y de Composición en el Real Conservatorio de Música de Madrid al tiempo que realizaba giras como concertista de piano tanto por España como por Francia y el norte de África, se diplomó en dirección en la Mozarteum de Salzburgo donde asistió recibió clases magistrales de Herbert von Karajan, destacó hasta tal punto que fue nombrado director adjunto de las dos principales orquestas de la ciudad, la Camerata Academica y la del Mozarteum y fue galardonado con la Medalla Lilli Lehmann, primera de las numerosas distinciones que iría luego sumando a lo largo de su carrera. Ha sido director musical o artístico de agrupaciones orquestales tan importantes con las de la Ópera de Frankfurt, la Sinfónica de Grand Rapis, la Sinfónica de Phoenix, la Ópera de Pittsburg, la Ópera de Caracas, la Music Academy del West Summer Festival de la californiana localidad de Santa Bárbara o la Sinfónica de Bilbao, así como asesor artístico y primer director de la Filarmónica de Buenos Aires y de la Orquesta estable del Teatro Colón también en la capital argentina, amén de colaborar como director invitado con muchas otras tanto en Estados Unidos como en Hispanoamérica, Europa o Asia, incluyendo nuestro país.

Por su parte Julián Grau Santos hijo de pintores recibió su primera formación  en la Academia de Bellas Artes de Sant Jordi en Barcelona, ciudad de la que luego se traslada a Madrid desde donde viaja en varias ocasiones a París donde conoce de primera mano el hacer pictórico de los impresionistas y postimpresionistas, corrientes artísticas que influirán decisivamente tanto en su técnica como en su estilo pictórico, un estilo respecto al cual cabría hablar de una figuración expresionista de pincelada que a veces roza la abstracción. En 1957 realizó su primera exposición individual en la sala Libros de Zaragoza, iniciando una carrera que ha llevado su obra no sólo por casi toda España sino a países como Francia, Estados Unidos, China o Japón. También ha trabajado con éxito la obra gráfica y la ilustración literaria (especialmente conocida es su labor como ilustrador en el diario ABC) y aunque su labor como paisajista es especialmente valorada, también está considerado como uno de los retratistas más importantes del panorama nacional actual. A lo largo de su vida ha mantenido una muy especial relación tanto artística como personal con Cuenca, ciudad en la que durante muchos años y hasta muy recientemente ha tenido estudio y casa. Asimismo el paisaje conquense ha estado reiteradamente presente en sus cuadros, ha expuesto en varias ocasiones en nuestras salas y siempre ha prestado su colaboración a cuantos proyectos – carteles, revistas, ediciones, muestras - se le han ofertado desde nuestra provincia.

Hasta aquí las referencias (breves, escuetas) biográficas. Ahora queda pendiente saber qué relación hay o puede haber entre dos personas que, probablemente, ni se conocen, a no ser que en alguna ocasión hayan coincidido (en Cuenca o en cualquier parte del mundo). Veamos:

Hace un par de años, el Ayuntamiento de Cuenca regó las calles con un copioso número de nombres de todo tipo, entre ellos bastantes músicos y pintores. Es curioso que entre ese repertorio no estén Theo Alcántara, el músico conquense contemporáneo más importante de cuantos hay en orquestas sinfónicas ni Julián Grau Santos, el pintor que más veces ha pintado calles y paisajes de Cuenca. Curioso, ¿no? Menos mal que la Academia está al quite y reparte honores de manera más equilibrada que el consistorio municipal.

                       

jueves, 26 de septiembre de 2013

EDUARDO ARROYO SE VA


Quedan apenas 15 días, más o menos, para poder disfrutar por última vez de la compañía intangible de Eduardo Arroyo, huésped de Cuenca durante cuatro meses, genial ocupante de varias salas en el Museo de Arte Abstracto, que con esta convivencia ha cubierto una de sus grandes citas temporales, para mi gusto una de las más expresivas, brillantes y comunicativas de su ya largo periplo. En Eduardo Arroyo: retratos y retratos hemos podido ver (ver es poco: palpar, introducirnos, experimental) una colección de más de un centenar de obras, de diversa textura (papel, fotografías, pintura, escultura) como corresponde a un artista total, poliédrico y generoso en su capacidad creativa, abarcando, además, un amplio periodo de tiempo para llevar a cabo ese ingente trabajo que ahora vamos agrupado en las blancas paredes de nuestro Museo por antonomasia. Como se nos explica en el catálogo y en los panales informativos, la serie se encuentra agrupado por un denominador común, el de los retratos (incluyendo los suyos propios), concepto que para Arroyo tiene un significado muy amplio, puesto que incluye personajes reales, figuras históricas y criaturas de ficción, todo ello a su personalísimo gusto, en el que imperan las grandes dimensiones, los colores brillantes y contrastados, la luminosidad y una poderosa capacidad imaginativa para combinarlo todo hasta dar forma a ese mundo personal, que nunca llega a abrumarnos por su grandeza sino ante el que, más bien, nos sentimos muy cercanos. Pero me doy cuenta de que estoy hablando, por rutina de comentarista, dejándome llevar por los conceptos habituales que tienen que ver con la pintura y la escultura, olvidándome por un momento de que el artista es también fotógrafo de los de andar a pie, por la calle y enfocar cualquier cosa que se le pone por delante, mejor si es de tipo corriente, nada de buscar encuadres engolados, personajes de figurón, filtros a la última moda. Lo que sí hace es tomar esas imágenes y sobre ellas, una vez obtenidas en papel, aportar su espíritu satírico para envolverlas en otras texturas, especies de collages, tan sugerentes como, en muchas ocasiones, divertido. Pues divertido resulta siempre, en muy alto grado, esta exposición de Eduardo Arroyo que vive ya sus últimos días entre nosotros.

martes, 24 de septiembre de 2013

NO HUBO MÚSICA EN CUENCA

 

Me hubiera gustado que el nombre de Cuenca estuviera en la lista de la veintena de ciudades que ayer, día 23, vivieron la notable experiencia de ver a sus orquestas sinfónicas en calles y plazas, haciendo música, que es lo que saben, reivindicando su derecho a existir dignamente. No había pancartas, leo en las crónicas del acto, ni se repartieron manifiestos, ni hubo gritos o insultos subidos de tono. Ni siquiera, en contra de lo que es habitual, la policía se dedicó a cargar contra pacíficos manifestantes, aunque también estaban allí, presentes y oyentes: ¿qué tendrá la policía de este país democrático que en cuanto ve un grupo de más de dos acude a vigilar?. Todo era plácido, pacífico, culto, estimulante. La música aplaca a las fieras, exceptuando a la especie dedicada, para nuestro desconsuelo, a la administración de la cosa pública. Los músicos de las orquestas sinfónicas salieron a la calle y las plazas de España, sin distinciones territoriales, para hacer música, que es lo suyo y lo que la gente, nosotros, el público, agradecemos. Estaban allí con sus instrumentos, vestidos como corresponde a músicos de orquesta, serios, bien compuestos, con el director al frente, las partituras y los atriles ante la vista, las manos dispuestas para acariciar esos objetos mágicos de los que pueden surgir sonidos maravillosos, envolventes, ensoñadores. Eran, dicen las crónicas, las siete en punto de la tarde, cuando todas las orquesta al unísono empezaron a desgranar sus melodías, empezando por una común a todas, La gazza ladra, de Gioacchino Rossini y uno imagina, sobrevolando el territorio de esta España de nuestros dolores, el sonido colectivo, surgiendo desde Málaga y Donostia, desde Barcelona y Santa Cruz de Tenerife, desde Badajoz a Valencia pasando, como es natural, por Madrid, rompeolas de todas las calamidades y sostén de todas las esperanzas. Era, debería ser (lo imagino, porque aquí, en Cuenca, reinó el silencio) un maravilloso espectáculo desde el cielo, acariciando el vuelo de las aves mientras a ras de tierra unos públicos entregados aplaudían a esos músicos que, con su arte, pretendían llamar la atención del triste destino a que han sido castigados por un poder omnímodo, injusto, insensible. Hubiera sido bonito que en esta ciudad, a cuyos dirigentes se les cae la baba hablando de la música y de la cultura, también participáramos de este singular fenómeno capaz de animar las perspectivas esperanzadas del país. No estuvo Cuenca en el concierto colectivo, nacional, y bien que lo siento. Quizá porque no hay aquí una orquesta sinfónica, proyecto frustrado pese a tropecientos intentos y pese también a la buena, benemérita voluntad, de quienes a otros niveles siguen haciendo música. (Por cierto: si en algún momento encuentran ustedes, navegando por la red, algo sobre la Orquesta Sinfónica de Cuenca no se alarmen: es Cuenca, sí, pero del Ecuador. Cosas que pasan). La foto que acompaña estas palabras es de la Joven Orquesta de Cuenca, actuando en un concierto veraniego, en la Plaza de la Merced.
 

 

 

 

 

MÁS VALE TARDE QUE NUNCA


La frase, desde luego, se presta a todos los tópicos del mundo y por ello se repite hasta la saciedad en cuanto hay una ocasión propicia. Esta, desde mi punto de vista, lo es: llevamos más de doce años esperando la llegada de este momento y si los destinos de la burocracia y la economía no lo tuercen, ahora podremos vivir la experiencia tanto tiempo postergada. Pues se cumplen ya, y parece mentira, doce años desde que en una mala hora nos secuestraron el uso y disfrute de Mangana, la torre, la plaza y sus alrededores. Esta es la medida de la impotencia y la incompetencia, que por lo general suelen ir de la mano. Ya casi nos hemos olvidado de qué es lo que pretendían hacer cuando empezaron a picar en busca de estas venerables ruinas, en las que se mezclan el antiguo alcázar árabe, los restos del palacio de los Hurtado de Mendoza, cimientos de la barriada de Santa María y quien sabe cuántas cosas más, cuya búsqueda ansiosa siempre encuentra justificaciones e incluso se nos despierta la ilusión, contemplando otros ejemplos similares, de que allí pueda encontrarse un nuevo yacimiento que, cual Pompeya, nos traiga a la luz de este siglo los fulgores de un pasado remoto. Por lo visto hasta ahora, no creo que el resultado final tenga mucho que ver con ese horizonte de esplendor sino más bien con un modesto recinto plagado de piedras informes que difícilmente servirán para recrear un espacio museístico de los que dejan admirados a los turistas bobalicones. El proyecto ya fue presentado hace unas semanas, en vísperas de que la piqueta y los albañiles entraran aquí para poner manos a las obras; la expectación era tanta, singularmente de gentes del casco antiguo, que el salón se llenó y de él salieron más dudas que certezas. No está bien aplicar el escepticismo como sistema y si lo está el conceder siempre un mínimo beneficio a la posibilidad de que de esta zarabanda salgo algo digno de ver. En cualquier caso algo no podrán quitarnos: recuperar la plaza de Mangana, volver a estar a los pies de la torre, acercarnos a su borde para contemplar, enfrente, el cerro de la Majestad y a los pies el rumoroso Júcar acariciando el barrio de San Antón. Entramos, si todo va bien, en el tramo final que nos permitirá, a los que hemos podido sobrevivir, recuperar el corazón del casco antiguo de Cuenca. Por eso, más vale tarde que nunca.