jueves, 19 de abril de 2018

HUBO UNA SALA LLAMADA EL ALMUDÍ



Cada vez que paso por las Escalerillas del Gallo no puedo evitar una mirada melancólica (o sea, un tanto entristecida) al pequeño receptáculo que hay junto a ella, cerrado, decrépito, en el que todavía aletea, como una mirada al pasado, el letrero que dice Sala El Almudí. Probablemente soy de los pocos que miran hacia ese lugar y quizá de los todavía menos que cae en la cuenta de lo que dice ese letrero. Claro que también hay que considerar que pertenezco al mínimo número de personas que tuvo algo que ver con esa sala y su  mantenimiento activo.
Todo lo que se refiere a tratar del pasado corre el riesgo de parecer como perteneciente a otro mundo, si tenemos en cuenta la rapidez, la aglomeración de sucesos que vienen condicionados por la actualidad de cada momento. Asumo ese riesgo y miro hacia atrás. Antes de que existieran muchas de las cosas que hoy conocemos, el Ayuntamiento preparó un mínimo recinto descuidado, en la planta baja y lateral de El Almudí, para que sirviera de sala de exposiciones y allí, en ella, aterrizamos un buen día unos cuantos aventureros de esa cosa insignificante que llamamos cultura. La abrimos con cuatro perras, sin presupuesto, sin dotación alguna, ni de material ni de personal y la pudimos mantener abierta un buen tiempo, hasta que llegaron posibilidades mejores y otras perspectivas ambientales.
En la fachada de este pequeño recinto sigue luciendo el letrero. Probablemente -ya lo he dicho- nadie lo lee, nadie cae en la cuenta de que en él se dice. Y quizá llegará un tiempo en que se olvide por completo lo que significa. Antes de que llegue ese momento, lo anoto aquí, para que se sepa. Si es que a alguien le importa.


martes, 17 de abril de 2018

QUÉ COSA ES LA DEMOCRACIA



Tantas páginas, libros ya, se han consumido desde que comenzó el suceso de Cataluña, que parece cosa de broma querer añadir algo más, siquiera unas líneas, desde este remoto lugar llamado Cuenca, tan ajeno a reivindicaciones, protestas o lo que sea que están pretendiendo los catalanes (la mitad de los catalanes, empeñados en pisotear a la otra mitad). Pero como el cuerpo me pide decir algo, lo diré, aunque sea cosa leve. Y es que desde que estamos siendo machacados, literalmente hablando, con este asunto, hay un aspecto, una palabra, que me tiene alterado, soliviantado o cualquier otro sinónimo que se quiera utilidad. Me sorprende el abuso desmedido que los independentistas hacen del concepto “democracia”. Lo tienen constantemente en la punta de la boca, como si ellos fueran los únicos demócratas, cuando en realidad lo que están haciendo es lo contrario, es decir, atropellar de manera constante los más sencillos y básicos principios de la democracia. En esto, como en tantas otras cosas, se aprecia la mano nefasta de Mariano Rajoy y sus compañeros de desventura gubernamental. Porque como se ha dicho de manera reiterada, el gran problema que venimos arrastrando en estos meses es la falta de capacidad que ha tenido el gobierno, desde el primer día, para desmontar el artificio de los independentistas y ejercer una sana labor pedagógica para hacer llegar a todo el mundo, empezando por los propios catalanes, la falacia de utilizar la palabra, el concepto democracia, para intentar implantar un sistema autoritario, una auténtica dictadura de unos sobre otros. La democracia es otra cosa, y bien lo sabemos los que durante muchos años no la tuvimos. Pero el gran fracaso de este insípido gobierno que padecemos es su falta de respuesta, su impotencia para llamar a las cosas por su nombre de verdad. Y así podemos asistir al bochornoso espectáculo de ver cada día como miles de personas pisotean la democracia, la de verdad, diciendo que son demócratas y que quieren la democracia. Y ahora, encima, van los sindicatos, oportunistas ellos, y se suman también al carro. Se ve que ya huelen la hora del reparto del botín.

lunes, 16 de abril de 2018

ENTRELÍNEAS, PARA APRENDER Y DISFRUTAR


Hay obras menores, pero muy meritorias. Hay trabajos que se cruzan ante nuestros ojos un día y otro, a lo largo de mucho tiempo y quizá por eso, por su frecuencia en llegar hasta nosotros, nos parece cosa tan habitual, tan enraizada en la existencia cotidiana, que apenas si se da valor o importancia a lo que significa. Lo pienso ahora, viendo la pequeña, sencilla, bonita, agradable revista Entrelíneas, que edita la Biblioteca Municipal de Cuenca, en cuyo último número, el de abril de este año, campea en lo más alto el número 127. Ese es un número importante, un número considerable, tras el que se esconde un trabajo sistemático, metódico y, sobre todo, constante. Esta es una palabra que, pese a formar parte del vocabulario habitual de los humanos, tiene un uso muy esporádico. Aquí mismo, en Cuenca, conocemos multitud de invenciones que solo han durado una edición y algunas, muchas también, dos o tres, antes de perderse en el limbo de los sueños frustrados. Entrelíneas llega al 127, para hablarnos de escritores, de libros, de novedades, de cosas que dicen quienes se dedican a este bonito oficio, además de comentarnos noticias y, en definitiva, de abrir nuestros horizontes para entremos en ese mundo tan atrayente, en el que muchos -ojalá pudiera decir todos- nos encontramos tan a gusto.


viernes, 13 de abril de 2018

REENCUENTRO CON ELVIRA DAUDET




Dediqué un comentario a Elvira Daudet el 22 de enero de 2015, en ese momento para celebrar su reaparición en el ámbito de las letras, tras un largo periodo de silencio y de escritura. Ahora llega otra noticia, relacionada con la aparición de un nuevo libro y eso es muy interesante porque quiere decir que la gran poeta (¿o se dice poetisas?) ha retomado de manera plena su actividad literaria y eso es una muy buena noticia. No conozco todavía el libro y por tanto no estoy en condiciones de escribir un comentario propio, pero tomaré el que le ha dedicado Alfonso González-Calero que me parece, a priori, coincidente con lo que yo mismo podría decir:

“La poesía de Elvira Daudet está atravesada en todos sus poros por la realidad, y por los elementos que la conforman: el dolor, el amor, el desamor, la lucha por la vida, la búsqueda de la verdad, etc. Periodista, curtida como corresponsal en diversos países y en numerosos medios (ABC, Pueblo, Informaciones, El Independiente, La Tarde de Madrid, etc.) Elvira Daudet suma más de 50 años de vinculación con la poesía; una poesía que nace de lo común, de la reflexión sobre lo humilde y sencillo de la vida; sobre el dolor que unifica a casi todos los humanos. El crítico literario, director de la editorial Bartleby que lo publica y prologuista del libro, Manuel Rico, la define como una “poeta de lectores devotos, emociones hondas, sentimentalidad a flor de piel y lenguaje forjado en la lectura atenta y renovada de nuestros clásicos”. Su acertado texto introductorio la sitúa en el contexto de la poesía femenina de la postguerra, con poca presencia en aquellos años, que ha ido afortunadamente equilibrándose después. Sus poemas son el reflejo de una mujer que ha luchado y vivido, y que con las palabras ha indagado en los sinsabores de la vida: “Me estoy desmoronando; ya no os sirvo//soy una vieja encina que disuelve la noche// Pero aunque lo parezca, no me rindo”.

Del amor y sus frutos amargos. Madrid, 2017. Editorial Bartleby. Introducción: Manuel Rico. 160 pp.



RECORDANDO A COLL



No hay en Cuenca mucha costumbre de colocar placas callejeras en recuerdo de que en tal sitio, esta casa o aquel lugar nació o vivió un escritor, menos aún un artista, y eso que de ambas especialidades hemos tenido algunos dignos ejemplares por aquí. Por eso, porque no hay costumbre, sorprende que al Ayuntamiento se le haya ocurrido (animado, eso sí, por la insistencia de algunos fieles devotos del protagonista) situar una placa de esas en la fachada del edificio en que, tras la guerra, y quedar abandonado por su madre, vivió el niño José Luis Coll. De ella salió, ya adulto, para emprender la aventura vital, a caballo entre el periodismo, la literatura y el espectáculo, que finalmente habría de darle un reconocido nombre y fama. La placa quedó al descubierto hace unos días, contando con la mínima presencia de un par de regidores municipales, otro par de amigos y varios familiares, incluida la viuda de Coll. Faltó el calor popular que siempre se agradece en estos eventos y faltó, desde luego, que en el Ayuntamiento hubiera una mínima preocupación estética para cuidar debidamente el sitio elegido y así la placa queda entre pintadas y colgajos de cables muy al estilo conquense. Pero salvo este puntazo crítico, siempre necesario en una ciudad tan descuidada, el detalle estuvo bien, sobre todo porque es algo tan insólito por aquí que llama la atención su puesta en práctica. Deberán pasar lustros hasta que una ceremonia así se repita, ya lo verán.


LA CRUZ YA ESTÁ TRANQUILA



Me pregunto si ha merecido la pena tanta resistencia, ese empecinamiento en mantener sobre la cruz la leyenda alusiva a José Antonio Primo de Rivera, con el añadido decorativo de yugos y flechas. Me pregunto si, sabiendo lo que al final debería ocurrir de todos modos, tenía alguna utilidad, no se si para la intimidad de alguien o para el bienestar colectivo, esa resistencia pasiva, ese negarse a acatar lo que dispone la ley, ese contencioso, largo y cansado, a través de los tribunales. Seguramente, alguien, o algunos, los que han mantenido esta situación un año tras otro, con su periódica cuota de aparición en los medios informativos, mientras corrían comentarios de acá para allá, habrá (o habrán) encontrado alguna satisfacción en este ridículo suceso.
Terminó la historieta. Al final, sucedió lo que desde el comienzo estaba señalando que debería suceder: ya no hay leyenda, ya no hay simbología fascista. Y, de paso, como estrambote final, esta Semana Santa, los turistas paseantes por la plaza del Obispo Valero no han tenido ocasión para burlarse ni para hacerse fotos que llevar en la galería del móvil para luego mostrarla alegremente en reuniones de amigos y comentar con jolgorio las cosas de Cuenca.
Ya no hay leyenda. La cruz, ahora, permanece solitaria, muy expresiva, acorde con lo que es el sitio, la esquina entre la catedral y el palacio episcopal. Y, de paso, han limpiado el lugar de las infames llamaradas de pintura que manos aviesas y torpes habían lanzado sobre él.
Y los que temían el alboroto incendiario de los nostálgicos del tiempo ido (y que no volverá, espero que nunca jamás) se han conformado con el habitual repertorio de mensajes insultantes, que esa parece ser la más extendida utilidad de las redes sociales. Luego, nada, paz y tranquilidad.
Verdaderamente, no merecía la pena tanto esfuerzo.


EN LA PÉRDIDA DE ANTONIO HERRERA




Desde su Sevilla natal, de la que salió para ocupar la cátedra de Geografía e Historia en el entonces recién creado instituto de Enseñanza Media “Hervás y Panduro”, en Cuenca y a la que regresó para permanecer ya en ella de manera constante, nos llega este primero de marzo la noticia de la muerte de Antonio Herrera García, dotado de la antigua y casi extinguida profunda vocación por la docencia junto con una inagotable capacidad hacia la búsqueda del conocimiento y la verdad. A pesar de nuestra diferencia de edad (tenía ya 90 años al fallecer) fuimos compañeros de residencia y convivencia en el Colegio Menor “Alonso de Ojeda”, donde pudimos compartir inenarrables veladas en torno a las cuestiones del momento pero, sobre todo, históricas, su pasión. De él aprendí lo que no se enseña en ningún aula en especial a desbrozar la esencia de las cosas y apartar las fútiles anécdotas que para muchos son el fundamento de sus relatos. Durante su estancia en Cuenca desarrolló una amplísima labor divulgadora en la prensa local sobre historiografía conquense, con recensiones de libros, trabajos de investigación, conferencias, etc. Esa labor, de extraordinaria importancia, quedó reflejada además en varias publicaciones. La primera, del máximo interés, fue la edición de una de sus conferencias, Cuenca musulmana (1966), el primer acercamiento serio y ordenado a uno de los periodos más apasionantes y a la vez más desconocidos de la historia de la provincia. En Hemeroteca Conquense (1969) realizó un índice sistemático de varias series de artículos de interés históricos publicados en diversas etapas en los periódicos locales, destacando en especial la serie dedicada a las biografías escritas por José M. Alvarez Martínez del Peral y la que lleva la firma de Juan Giménez de Aguilar. A estas dos publicaciones capitales se añadió en 1977 un trabajo de alta especialización, una Bibliografía Básica de títulos históricos sobre Cuenca, inserta en el volumen dedicado a publicar las actas del I Simposio Internacional de Historia de Cuenca. Veinte años después de su inicial publicación, siendo yo responsable de este sector en el Ayuntamiento de Cuenca, le propuse llevar a cabo una nueva edición que sirviera para recuperar ese texto y ponerlo al día, sacándolo del efectivo anonimato en que había sido escondido por su inicial edición. Mi sorpresa fue que no solo aceptó, con la bonhomía y excelente disposición que siempre tuvo hacia mí, sino que además me devolvía el texto original formado por 450 fichas con otras 200 más de nuevo cuño, haciendo así un total de 663 citas bibliográficas que configuran el que, para mi gusto, es uno de los libros más importantes editados en Cuenca en los últimos 25 años y del que me siento especialmente orgulloso, por haber sido responsable de su publicación y por permitirme confirmar en un hecho práctico la amistosa relación que durante cuatro inolvidables años tuve con la excelente persona que acaba de morir. Su peculiar sentido para la ironía, expresada con un inconfundible gracejo andaluz, me hace todavía sonreír desde la distancia, amainando así la tristeza que me produce su muerte.